La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—No sé. No era una frase completa. Cuando se enfadaba con algo del trabajo, o con una carta del banco, o con una noticia de colegios privados en la tele. Decía: “La casa siempre gana”. Mi madre pensaba que hablaba de casinos. Mi padre hacía ese tipo de chistes tristes. Yo también lo pensé.

La casa siempre gana.

Nora dejó la bolsa de frutos secos sobre la mesa.

—Bueno, oficialmente odio las casas. Todas. Incluso Bruma. Lo siento, niebla, no es personal.

Celia escribió la frase.

—La casa siempre gana.

—Eso suena a red, no a lugar —dijo Amina.

—Y a juego —añadió Bruno.

—La Vigilia, los puntos de ruta, los sustitutos, elegir culpable —dijo Martina—. Todo está planteado como juego.

—Pero no es un juego —dijo Iván.

—No —respondí—. Por eso les gusta llamarlo así.

Berta se sentó con nosotras. No como adulta al frente. Como alguien que entendía que la conversación ya había dejado de caber en un despacho.

—Tenemos que diferenciar tres cosas —dijo—. La Ruta C de 2014. La red que permitió limpiar lo ocurrido. Y la persona o personas que están reactivando símbolos ahora.

—¿Y si son las mismas familias? —pregunté.

—Familias pueden ser continuidad sin que las mismas personas sean ejecutoras.

—Eso suena a frase de Arriaga.

—Es una frase útil aunque pueda usarla Arriaga.

Qué fastidio cuando los adultos razonables no eran fáciles de caricaturizar.

—En 2014 estaban Héctor Luján, Tomás Cuervo mayor, Álvaro Mencía, Claudia Arriaga y Maël Ferrán del Valle —dijo Celia—. Ahora están Iván Luján, Tomás Cuervo menor, Rodrigo Mencía, Nicolás Arriaga y Hugo Ferrán del Valle.

El paralelismo cayó sobre la mesa.

No perfecto.

Peor.

Reconocible.

—No —dijo Hugo.

—No digo que seáis iguales —aclaró Celia enseguida.

—Pero nos han colocado en las mismas casillas.

—Sí.

Iván levantó la cabeza.

—Entonces yo soy mi padre.

—No —dije con demasiada fuerza.

Él me miró.

—Perdón —añadí, bajando el tono—. No. No eres tu padre. Están intentando que ocupes su sitio.

—¿Y si no puedo evitarlo?

La pregunta fue tan simple que me dolió.

Nadie podía prometerle que sí. No después del patio, del gimnasio, de la lista, de los mensajes, de las marcas. Pero tampoco podíamos dejar la pregunta ahí, como si fuera sentencia.

—No lo evitas solo —dijo Irene.

Iván la miró.

Irene tenía las manos en el regazo, la venda ya casi innecesaria en la frente, la espalda recta. La chica que llegó sin querer dar problemas acababa de decir la frase más importante de la tarde.

—Eso es lo que cambia —añadió ella—. Tu padre estuvo solo. Tú no.

Iván cerró los ojos un segundo.

No lloró.

Pero la frase le entró.

A mí también.

Falcón nos convocó al aula de prensa a última hora, no a The Lookout, porque The Lookout seguía precintado y la ironía parecía demasiado gruesa incluso para el Aurora.

Estábamos nosotras, Bruno, Hugo, Nicolás, Laura, Iván, Irene, Salvat, Berta, Elvira, Falcón y Arriaga.

Nora dijo que aquello parecía una asamblea clandestina con permiso administrativo, descripción bastante exacta.

El aula de prensa tenía ordenadores apagados, persianas a medio bajar y una pizarra blanca. Falcón cerró la puerta.

—Lo que se diga aquí queda registrado por mí y por Salvat —dijo—. No por convivencia. No por Fundación. Por dirección y archivo académico.

Arriaga no protestó. Eso me llamó la atención.

—La marca del patio —continuó Falcón— conecta con otras marcas halladas bajo dos soportes ceremoniales retirados posteriormente.

Celia se inclinó hacia delante.

—¿Más marcas?

Falcón asintió.

—En otro soporte apareció una línea: NO TODOS ENTRAN. En el último, una palabra incompleta: INTOC…

La habitación se quedó helada.

Casa.

No todos entran.

Intoc…

—Casa de los Intocables —dijo Nora, muy bajo.

Falcón no la corrigió.

—No podemos afirmar aún que ese sea el término original —dijo—. Pero sí que quien dejó las marcas quería dirigirnos hacia esa expresión.

—¿Y el número 4? —preguntó Bruno.

Gómez Rivas no estaba, pero Elvira leyó de una hoja.

—La marca se encontraba bajo el soporte desde antes de la retirada. No sabemos si fue escrita durante el montaje o antes. No había cámara directa del punto porque el propio soporte bloqueaba el ángulo.

—Conveniente —dijo Amina.

—Sí —respondió Elvira.

Otro sí. El Aurora se estaba llenando de síes raros.

—¿Qué representa el 4? —preguntó Nicolás.

Falcón miró la pizarra. Luego escribió los nombres de 2014 y, al lado, los actuales.

Héctor Luján — Iván Luján

Tomás Cuervo — Tomás Cuervo

Álvaro Mencía — Rodrigo Mencía

Claudia Arriaga — Nicolás Arriaga

Maël Ferrán del Valle — Hugo Ferrán del Valle

—Si seguimos el orden de la foto que llegó a la habitación de Alma —dijo Falcón—, el cuarto nombre de 2014 es Claudia Arriaga. El cuarto nombre actual sería Nicolás.

Nicolás se puso rígido.

—Otra vez yo.

—Podría ser —dijo Berta—. O podría ser precisamente una forma de que pensemos en ti.

—Me encanta ser hipótesis y cebo —murmuró él.

Arriaga habló por primera vez.

—Claudia Arriaga es mi prima.

Nicolás lo miró.

—¿Está viva?

—Sí.

—¿Dónde?

—Madrid. Abogada. Vinculada al patronato hasta hace dos años.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

La pregunta salió con rabia, y no solo de Nicolás. Yo también quería hacerla. Hugo también. Iván quizá más que nadie.

Arriaga aceptó el golpe sin moverse.

—Porque no sabía que Claudia estuviera implicada en Ruta C. Sabía que mi tío Álvaro trabajaba con Horizonte. Sabía que había habido una baja problemática en 2014. No sabía que Claudia aparecía en la foto.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora voy a llamarla.

—¿Solo?

—No —dijo Falcón.

La rapidez de Falcón fue hermosa. Arriaga la miró. Ella sostuvo la mirada.

—No —repitió—. No más llamadas familiares sin registro. No más información entrando por vínculos privados sin control. Si Claudia Arriaga forma parte de esta historia, se la convoca oficialmente.

Nicolás soltó aire.

—Gracias.

Lo dijo tan bajo que casi no se oyó.

Arriaga sí lo oyó. Y no respondió. Bien. A veces una disculpa no dicha era mejor que una frase institucional mal puesta.

—Hay otra cosa —dijo Laura.

Todos la miramos.

Ella parecía haber estado esperando el momento, o quizá decidiendo si el momento la merecía. Laura tenía esa manera de manejar información como quien sostiene una copa que puede romperse o cortarte.

—Álvaro Mencía no va a venir si lo convocan. Pero Rodrigo puede hablar con él.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Falcón.

—Porque Rodrigo lo llama cuando algo amenaza a la familia.

—¿Lo has visto? —preguntó Elvira.

—Lo oí. Ayer, después de la lista falsa. Dijo: “Tío Álvaro, han usado la ruta.” No dijo “han mencionado”. No dijo “han inventado”. Dijo usado.

El silencio tuvo forma de golpe.

Tío Álvaro.

Han usado la ruta.

Rodrigo sabía.

Quizá no todo. Pero sabía que Ruta C era algo que podía usarse.

—¿Puedes declarar eso formalmente? —preguntó Falcón.

Laura dudó.

Ahí apareció la Laura real: la chica que sabía moverse cerca de los intocables, sí, pero también la que podía perder protección si hablaba demasiado alto.

No era cobarde. O no solo. Era alguien que había sobrevivido socialmente aprendiendo cuándo una frase te podía dejar fuera de las cenas correctas, de los favores correctos, de los apellidos que te cubrían aunque no fueran tuyos.

—Sí —dijo al final.

No sonó épico.

Sonó carísimo.

—Bien —dijo Falcón.