Capítulo 17
Elvira tardó tres minutos en llegar al patio central.
Los conté.
Pero no bajé.
—No bajes —dijo Bruno.
—No estoy bajando.
—Lo digo por si tu cuerpo decide independizarse.
—Mi cuerpo y yo estamos en conversaciones.
—Que gane la parte que está quieta.
Me giré para mirarlo. Tenía la muñeca inmovilizada, ojeras y esa expresión de persona que llevaba dos días intentando detener carros, puertas, rumores, impulsos ajenos y quizá los propios sin demasiado éxito.
Por una vez no le contesté con una frase afilada.
O no inmediatamente. A veces una también podía cansarse de defenderse de quien solo estaba intentando que siguiera entera.
—Voy a quedarme aquí —dije.
Bruno parpadeó, como si la frase hubiera llegado en un idioma nuevo.
—Bien.
—No pongas cara de milagro.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Pues intenta mejor.
Hugo soltó una risa breve. Duró poco. Se le apagó casi enseguida.
Su mirada volvió al patio, pero yo sabía que estaba viendo otra cosa: a su hermano en la foto de Ruta C/03, a Maël diciendo por teléfono que no había tocado el farol, que no había empujado, que solo había mirado.
A veces el silencio heredado era peor que una confesión, porque no tenía bordes claros.
Una confesión decía: hice esto. El silencio decía: estuve allí mientras alguien lo hacía y luego aprendí a vivir como si no.
Elvira apareció por el lateral del patio con Gómez Rivas, Roldán y dos personas que no reconocí, probablemente del equipo externo que Falcón había exigido después del desastre del gimnasio.
No venía Arriaga. Tampoco Falcón. Eso me pareció inteligente o preocupante, y a estas alturas las dos cosas solían parecerse demasiado.
Martina llamó a Celia y Amina. No por voz. Mensaje corto: Punto 4. Patio central. No bajar. Venid a galería biblioteca. Celia respondió en menos de diez segundos: No tocar. Fotografiar desde arriba. Llego. Amina: Voy. Mirad quién mira. Nora: ¿Punto 4 es comida? No. Voy igual.
—Nora no estaba en el grupo —dijo Martina, mirando la tablet.
—Nora está en todos los grupos por combustión espontánea —respondí.
Abajo, Elvira ordenó detener la retirada de estructuras.
Los operarios se apartaron. Gómez Rivas se agachó junto al número sin tocarlo.
Sacó una regla, una linterna, una cámara pequeña.
Roldán revisó los soportes ya movidos. Uno de los técnicos externos fotografió el suelo desde varios ángulos.
Todo muy correcto. Todo muy lento. Me ardían las piernas de ganas de bajar.
No por valentía. Por ansiedad. Por esa sensación estúpida de que, si no estás encima de una prueba, la prueba puede desaparecer o empezar a mentir por su cuenta.
—Respira —dijo Martina.
—Estoy respirando.
—Como si quisieras demandar al oxígeno.
—Es que hoy me cae mal.
Celia llegó casi sin hacer ruido, lo cual era raro en alguien tan cargada de carpetas. Se plantó junto a nosotras, sacó el móvil y fotografió desde arriba. Amina llegó después, cojeando un poco, pero con la mirada afilada. Nora, naturalmente, apareció con una bolsa de frutos secos.
—No digáis nada —pidió—. Es para estabilidad emocional del grupo.
—Nadie iba a decir nada —respondió Celia.
—Tu cara siempre dice cosas.
Amina no miraba el número. Miraba los bordes del patio, las ventanas, las columnas, los pasillos de acceso.
—Rodrigo está en la galería de Cumbre —dijo.
No lo había visto. Seguí la dirección de su mirada.
En el primer piso, al otro lado del patio, una figura permanecía junto a una ventana alta.
Rodrigo Mencía. Impecable incluso desde lejos, que ya era una forma de violencia.
No estaba solo. Darío se apoyaba detrás de él, medio oculto por la cortina.
Tomás no estaba, claro. Tomás estaba retenido en convivencia, probablemente descubriendo que ser útil para los poderosos no te convertía en poderoso.
—¿Nos están mirando? —preguntó Nora.
—Sí —dijo Amina—. Pero no el número. Nos miran a nosotros mirando el número.
—Qué meta —murmuré—. El Aurora inventó la vigilancia contemplativa.
Elvira levantó la vista hacia la galería de la biblioteca.
Nos vio. Yo esperaba una señal de regaño, una orden de apartarnos, una mirada de “alumnas, por favor, retirarse de la escena”.
En cambio, hizo algo nuevo: nos señaló con dos dedos y luego señaló su propia cámara.
Como diciendo: queda registrado que estáis arriba. Testigos. No intrusas.
Pequeña victoria.
Ridícula.
Importante.
Gómez Rivas dijo algo a Elvira. Ella se agachó, miró el suelo y luego ordenó retirar con cuidado la base del soporte que todavía quedaba cerca.
Al levantarla, apareció una segunda marca bajo la madera.
No era otro número. Era una palabra escrita con la misma tiza negra, casi pegada al borde interior, invisible desde el patio, visible solo desde arriba o al desmontar.
CASA
Celia dejó de respirar a mi lado.
—No —susurró.
Amina amplió la imagen con el móvil.
Número 4.
Casa.
Elvira no tocó la palabra. La fotografió.
Gómez Rivas pasó la luz rasante. Debajo de la tiza, en la piedra, había una hendidura vieja, como si alguien hubiera escrito allí antes o como si el soporte hubiera raspado siempre el mismo lugar.
Roldán revisó el soporte de madera. Uno de los técnicos externos llamó a otro.
Todo se volvió más serio. No más dramático. Más serio, que era mejor.
—Casa —dijo Hugo.
La palabra le salió mal.
—Casa de los Intocables —murmuró Nora.
Nadie le pidió que no dijera eso.
Ya no parecía un título exagerado de artículo falso.
Ya no parecía una metáfora mía, cosa que habría sido bastante mala para mi reputación interna.
Parecía una palabra enterrada debajo de la decoración oficial, escondida bajo un soporte ceremonial, esperando a que alguien retirara la madera y mirara la piedra.
Elvira llamó a Falcón por comunicador.
—Directora, tenemos segunda marca bajo soporte central. Tiza negra. Texto: CASA. Asociada a número cuatro. Solicito cierre del patio y revisión completa de bases ceremoniales.
Esta vez no dijo incidencia.
No dijo objeto.
No dijo anomalía.
Dijo marca.
Dijo cierre.
Algo se estaba moviendo.
Falcón respondió con estática y una frase que no alcanzamos completa.
Pero al cabo de dos minutos el patio quedó cerrado.
Los operarios salieron. Los técnicos externos se quedaron.
Las puertas laterales fueron bloqueadas.
Desde la galería de Cumbre, Rodrigo se apartó de la ventana.
Darío no. Darío siguió mirando un segundo más. Luego desapareció también.
—Eso no le gustó —dijo Amina.
—¿A Rodrigo o a Darío? —preguntó Martina.
—A Rodrigo.
—Darío parecía… —empecé.
—Asustado —dijo Hugo.
Lo miramos.
—Sí —añadió él—. Darío parecía asustado. Rodrigo parecía molesto.
La diferencia importaba.
No sabía todavía por qué, pero importaba.
Falcón llegó al patio con Arriaga cinco minutos después.
También Berta y Salvat. Eso ya no era una revisión técnica; era una reunión del núcleo adulto frente a una palabra escrita en el suelo.
Me habría encantado oírla. Naturalmente, estábamos demasiado lejos.
Pero las caras hablaban bastante. Falcón escuchó a Elvira.
Arriaga miró la palabra CASA y luego el soporte.
Salvat miró hacia arriba, hacia nosotras, y sostuvo la vista un instante.
No sonrió. No hizo falta. Sabía que no habíamos bajado.
Sabía que habíamos llamado. Sabía que, por una vez, la trampa había tenido que ser documentada por adultos antes de que mi nombre entrara corriendo en la escena.
—Creo que hemos hecho algo bien —dijo Martina.
—No lo digas muy alto —respondí—. El edificio puede oír y tomarlo como desafío.
La investigación del punto 4 duró toda la tarde.
No nos dejaron quedarnos en la galería de biblioteca más de veinte minutos.
Elvira subió personalmente y nos pidió retirarnos a la sala común de Bruma o a biblioteca bajo supervisión.
Yo abrí la boca. Martina me pisó suavemente el pie.
Acepté. Con dignidad moderada. Elvira me miró como si hubiera esperado más resistencia.
—Gracias —dijo.
—No abusemos de momentos extraños.
—No era mi intención.
—Bien, porque yo tampoco sé cuánto me dura.
Bajamos por el interior, no por la escalera que daba al patio.
Ese detalle fue idea de Amina. “No tomemos la ruta que alguien espera que tomemos”, dijo.
A veces Amina hablaba y una sentía que el suelo se reorganizaba debajo de la frase.
En la sala común de Bruma estaban Irene e Iván con Berta.
Clara Marín se había marchado a hacer llamadas, pero volvería al día siguiente para una reunión formal con Falcón y, por lo visto, con un abogado.
No lo dijo como amenaza. Lo dijo como una madre que había aprendido de golpe que el dolor sin documentos se lo comían los despachos.
Iván levantó la vista al vernos.
—¿Qué pasó?
Martina se sentó frente a él.
—Encontraron otra marca bajo el soporte del patio.
—¿Otra amenaza?
—Una palabra —dije—. Casa.
Iván no preguntó qué casa. Eso me rompió un poco.
—Casa limpia —dijo.
—Quizá.
—Casa de los Intocables —añadió Irene.
La frase en su boca sonó distinta. Menos artículo falso. Más descubrimiento triste.
Berta miró hacia la puerta, asegurándose de que no hubiera nadie escuchando.
—Ese término aparece en el artículo plantado y ahora en la marca. Puede que quien esté moviendo esto quiera forzaros a usarlo.
—O puede que sea el término real y el artículo plantado lo usara para contaminarlo antes —dijo Celia.
—También.
—Me encanta cuando todo puede ser trampa y prueba a la vez —dijo Nora—. Es muy cómodo para dormir.
Iván miraba sus manos.
—Mi padre decía “la casa” a veces.
Todos nos quedamos quietos.
—¿Qué decía? —preguntó Salvat, que había entrado justo detrás y cerró la puerta.
Iván buscó en la memoria con la cara de quien intenta abrir un cajón oxidado.