La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—¿Nunca?

—Dijo una vez “el chico de la montaña”. Pensé que hablaba de una excursión.

Cumbre. La montaña. Las casas tenían símbolos preciosos para cosas horribles.

—Álvaro Mencía es familiar de Rodrigo —dijo Laura, desde la puerta.

No sabía cuándo había llegado. Naturalmente.

—Tío —añadió—. Hermano del padre de Rodrigo. Vive fuera, pero sigue ligado al patronato por la rama familiar.

—¿Y Rodrigo sabe? —pregunté.

Laura me miró.

—Rodrigo sabe demasiadas cosas como para estar siempre sorprendido en el momento exacto.

Esa frase merecía marco.

Falcón se puso de pie.

—Voy a convocar a Rodrigo Mencía.

—Con cuidado —dijo Salvat.

—Con muchísimo cuidado —añadió Berta—. Si quien está moviendo esto quiere que señalemos a Mencía, puede estar preparando otra capa.

—O puede ser Mencía —dije.

—O ambas —respondió Berta.

Qué bonito. La verdad nunca venía sola en el Aurora; traía primas.

Hugo salió de la biblioteca antes de que terminara la reunión.

No huyó. Solo salió. Yo lo seguí después de mirar a Martina.

Ella asintió. Bruno hizo ademán de venir, pero le negué con la cabeza.

Esta vez me dejó ir con Martina. No porque no quisiera acompañarme.

Porque entendió que no era mi peligro el que importaba en ese pasillo.

Encontramos a Hugo en la galería de la biblioteca, junto a una ventana que daba al patio central.

Afuera, los faroles de la Vigilia estaban siendo retirados por personal de mantenimiento externo.

Los bajaban uno a uno, los metían en cajas, quitaban las telas de las casas, desmontaban el escenario.

Parecía el final triste de una fiesta que, en realidad, nunca había debido empezar.

Hugo miraba cómo desmontaban la montaña de Cumbre.

—Mi hermano me enseñó a atarme la corbata —dijo.

No supe qué responder. Martina tampoco.

—Cuando llegué al Aurora, me dijo que no hiciera preguntas delante de los adultos equivocados. Yo pensé que era consejo de hermano mayor. Ahora no sé si era miedo o entrenamiento.

—Puede ser las dos cosas —dijo Martina.

Hugo soltó aire.

—Eso no lo mejora.

—No.

—Siempre pensé que mi apellido abría puertas —dijo—. Y era verdad. Lo que no sabía era que también cerraba otras para que no viera lo que había dentro.

Me apoyé junto a él, a una distancia prudente. A veces acompañar era no tocar.

—Hugo, que Maël mirara y callara no significa que tú tengas que repetirlo.

—Qué frase más fácil.

—Sí. Facilísima. Yo misma la odiaría.

Eso consiguió sacarle una sombra de sonrisa.

—¿Qué hago? —preguntó.

No me lo preguntaba a mí exactamente. O sí. Pero no como si yo tuviera autoridad. Más bien como se pregunta en voz alta frente a un precipicio por si el eco devuelve algo útil.

—No lo sé —dije—. Pero quizás empiezas por lo contrario de mirar y callar.

Martina añadió:

—Y sin intentar pagar tú toda la deuda de tu familia. Eso también sería otra forma de ponerte en el centro.

Hugo asintió despacio.

—Iván no va a perdonarme.

—No tiene por qué —dije.

—Ya.

—Y tú no necesitas que te perdone para hacer lo correcto.

Hugo me miró.

—Cada vez das consejos más incómodos.

—Estoy evolucionando hacia señora desagradable.

—Siempre hubo potencial.

—Gracias.

Nos quedamos mirando cómo retiraban los faroles.

Abajo, en el patio, un operario levantó uno de los soportes de madera. Detrás, pegada a la base, quedó al descubierto una pequeña marca de tiza negra sobre la piedra. No se veía desde el centro. Solo desde arriba.

Un número.

4

Se me heló la sangre.

Martina lo vio al mismo tiempo.

Hugo también.

Ninguno se movió.

Bruno, desde la puerta de la biblioteca, siguiendo nuestra mirada, también lo vio.

Cuarto punto.

La Vigilia estaba cancelada. Los faroles se retiraban. Tomás estaba retenido. Iván protegido. Nicolás vigilado. The Lookout suspendido. Las rutas cerradas.

Y aun así la Ruta C acababa de marcar el siguiente punto en el patio central, justo debajo de la decoración oficial, como si hubiera estado ahí desde antes de la ceremonia.

Como si todo lo que habíamos vivido hasta entonces no hubiera sido más que una preparación.

—No —dije.

Martina me agarró la muñeca.

—Alma.

—No.

Pero esta vez no era una negativa a quedarme quieta.

Era otra cosa.

Era la primera vez que vi el número y no sentí ganas de correr hacia él.

Sentí ganas de rodearlo.

De mirarlo desde lejos.

De no darle la escena.

De aprender, por una maldita vez, que una trampa también podía ser derrotada sin meter el pie dentro.

—Llamemos a Elvira —dije.

Bruno me miró como si acabara de presenciar un milagro de dificultad media.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No pongas esa cara.

—No sé qué cara.

—La de “Alma ha usado una neurona preventiva”.

—No iba a decirlo.

—Lo has pensado.

—Sí.

Hugo soltó una risa breve. Pequeña. Dolorida. Viva.

Martina fue a buscar a Elvira.

Yo seguí mirando el número 4 en la piedra.

No era el final de la ruta.

Lo sabía.

Pero quizá, por primera vez, alguien del otro lado iba a descubrir que no todos los juegos se ganaban encendiendo faroles.

Algunos se ganaban aprendiendo cuándo no acercarse a la luz.