Capítulo 14 #3
Celia se giró. Nora también. La estructura venía cargada de faroles nuevos, metal, cristal y madera.
No era un carro enorme, pero pesaba lo suficiente para hacer daño si golpeaba a alguien sentado.
Roldán corrió desde el centro. Hugo también.
Bruno dio un paso automático y se detuvo con un gesto de dolor al mover la muñeca.
Yo corrí sin pensar, que era mi especialidad peor valorada.
Martina me siguió.
No llegábamos.
Hugo sí.
Se tiró contra la estructura desde un lateral, empujándola con el hombro.
No la detuvo del todo, pero cambió su dirección.
La estructura chocó contra una colchoneta apilada en vez de contra Nora y Celia.
Dos faroles cayeron al suelo y se rompieron.
Cristales. Metal. Un estruendo que rebotó por todo el gimnasio.
Silencio.
Luego Roldán gritando que nadie se moviera.
Nora, en el suelo, muy pálida, dijo:
—Empiezo a pensar que la decoración quiere matarnos.
Celia no contestó. Tenía un corte pequeño en el antebrazo por un cristal que había saltado. Hugo estaba de rodillas, con una mano en el hombro. No parecía grave. Claro. Nada parecía grave hasta que alguien lo escribía así.
Yo llegué hasta ellas, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
—¿Estáis bien?
Nora me miró.
—Como alguien diga leve, le muerdo.
Roldán llegó, luego Amina, luego Bruno, luego Martina. El profesor revisó a Hugo, a Celia, a Nora. Mandó cerrar el gimnasio. Esta vez no esperó a dirección. No dijo incidencia. No dijo accidente. No dijo material mal asegurado. Dijo:
—Esto ha sido manipulado.
Así, delante de todos.
Me habría gustado abrazarlo.
No lo hice porque una debe respetar ciertos límites con profesores de Educación Física que acaban de salvar la dignidad del lenguaje.
Amina se agachó junto a la rueda. No tocó. Señaló.
—La cinta negra estaba funcionando como calzo. Si se retiraba, la rueda quedaba libre.
—Tomás pasó por ahí —dije.
Tomás, al otro lado del gimnasio, levantó las manos.
—Yo no hice nada.
La frase ya sonaba vieja.
Roldán lo miró.
—Tú te quedas.
Tomás abrió la boca, la cerró. Por primera vez, no había Rodrigo cerca para ordenar ni Darío para reír. Solo un profesor adulto, un carro roto, cristales en el suelo y demasiados testigos.
Bruno se acercó a mí.
—¿Te has hecho daño?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Has corrido hacia un carro otra vez.
—Técnicamente, esta vez corrí hacia mis amigas.
—Eso no mejora nada.
—Mejora el motivo.
—Alma.
Lo miré.
—Estoy aprendiendo, pero no tan rápido.
Bruno cerró los ojos un segundo. Luego soltó aire, casi una risa sin alegría.
—Ya lo veo.
Hugo se levantó con ayuda de Roldán. Tenía el hombro dolorido, pero entero. Celia observaba su propio corte con irritación, como si su brazo hubiera cometido una falta de ortografía.
—Estoy bien —dijo.
Nora se giró hacia ella.
—Retira eso.
—Estoy funcional.
—Mejor.
En el suelo, entre los faroles nuevos rotos, había algo que no pertenecía al material revisado.
Un trozo de cartulina blanca, doblado dos veces.
Roldán lo vio antes que yo.
—Nadie toca.
Amina lo fotografió. Celia también, con el brazo sangrando y una concentración feroz. Roldán se puso guantes del botiquín de pared y abrió la cartulina sobre una colchoneta.
Dentro había una sola frase.
H-03 cayó mejor.
El gimnasio entero desapareció por un segundo.
O quizá fui yo.
No lo sé.
Iván no estaba allí. Gracias a Dios. Gracias a algo.
Pero su padre sí. Su padre estaba en esa frase.
Héctor Luján convertido otra vez en unidad de comparación, en caída antigua, en burla.
H-03 cayó mejor. Mejor que quién. Mejor que nosotras.
Mejor que la estructura. Mejor que Hugo.
Mejor que Celia. Mejor que cualquiera que intentara no ocupar el sitio asignado en la ruta.
Roldán leyó la frase y se quedó quieto.
—Esto se terminó —dijo.
No sé si se refería a la clase, a la actividad, a la paciencia o al mundo tal como el Aurora intentaba redactarlo. Pero lo dijo con una claridad que hizo que varios alumnos bajaran la vista.
Elvira llegó cinco minutos después.
Luego Berta.
Luego Arriaga.
Esta vez, cuando Arriaga vio los cristales, la estructura desplazada, el corte de Celia, el hombro de Hugo y la cartulina, no dijo nada durante varios segundos. Después miró a Roldán.
—¿Su valoración?
Roldán contestó sin dudar.
—Manipulación deliberada de material. Riesgo físico evidente. Y mensaje dirigido a un alumno no presente.
Arriaga asintió.
—La Vigilia queda cancelada.
No pausada.
No revisada.
Cancelada.
La palabra cayó como un farol al suelo.
Tarde, pensé.
Pero cayó.
Yo miré la cartulina.
H-03 cayó mejor.
El tercer punto no era solo encontrar a Iván.
Era herir alrededor de él para que la historia antigua aprendiera a pronunciar su nombre.
Y mientras el gimnasio se vaciaba, mientras Tomás era escoltado por Roldán y Elvira, mientras Bruno se quedaba demasiado cerca de mí sin decir nada, entendí una cosa que me dio más miedo que la amenaza misma.
La Ruta C ya no necesitaba que fuéramos hacia sus puertas.
Había aprendido a traer sus puertas hasta nosotros.