Capítulo 15
La Vigilia cancelada no hizo que el colegio pareciera más seguro.
Hizo que pareciera ofendido.
Eso era lo primero que notaba una al caminar por el pasillo después del gimnasio: el Aurora no tenía cara de haber evitado una tragedia, sino de que alguien le había arruinado una tradición preciosa.
Las telas de las casas seguían colgadas en las barandillas, los faroles ceremoniales seguían apagados en vitrinas provisionales, las frases sobre confianza compartida seguían impresas en carteles de papel caro y, de pronto, todo aquello resultaba obsceno.
No por feo. Por bonito. Porque el edificio insistía en estar bonito mientras Celia llevaba un corte en el antebrazo, Hugo movía el hombro con dificultad, Amina cojeaba, Bruno tenía la muñeca inmovilizada, Irene una venda en la frente, Iván un padre convertido en código y yo la sensación creciente de que la Ruta C no caminaba por los pasillos: los pasillos caminaban para ella.
Tomás Cuervo fue llevado a convivencia como sospechoso visible.
No lo dijeron así, claro. Dijeron que lo acompañaban para “recoger su versión de los hechos” después de que varios testigos lo vieran cerca de la estructura de faroles antes de que se moviera.
Recoger su versión. Qué frase más amable para alguien que iba pálido, con la mandíbula apretada y la mirada buscando a Rodrigo Mencía como quien busca una salida de emergencia.
El problema era que Rodrigo no estaba en el gimnasio.
O, si estaba, había aprendido a estar ausente con muchísima eficacia.
Darío tampoco. Qué casualidad tan bien vestida.
Roldán no dejó que nadie tocara la estructura. Tampoco dejó que ningún prefecto retirara la cartulina hasta que Elvira la fotografió, la embolsó y dejó constancia de la frase en voz alta.
H-03 cayó mejor.
Escucharla de nuevo fue como tragarse un trozo de cristal.
Iván no estaba allí, y eso fue un alivio tan grande que casi me mareó.
Pero el alivio duró poco, porque la frase no necesitaba que Iván la oyera para existir.
Iba a llegarle. Todo llegaba en el Aurora.
La diferencia era si llegaba con una persona delante o con una captura recortada en una tablet.
Y yo prefería mil veces estar delante, aunque no supiera qué hacer con la cara cuando le dijeran que alguien estaba usando la caída de su padre como chiste interno de un juego macabro.
—No se lo digas tú sola —me dijo Martina, como si me leyera la nuca.
Estábamos en el pasillo del gimnasio, esperando a que enfermería revisara a Celia y a Hugo.
Nora se había sentado en el suelo con la espalda contra la pared, abrazada a sus rodillas, sin comer nada.
Eso ya empezaba a parecer un síntoma serio.
Amina hablaba con Elvira y Roldán, señalando la rueda liberada, la cinta negra y el ángulo exacto de la estructura.
Bruno estaba a mi lado, demasiado quieto.
Desde que la estructura había empezado a rodar hacia Nora y Celia, no había soltado una sola frase inútil. En él, eso era casi un colapso.
—No pensaba decírselo sola —respondí.
—Sí pensabas.
—Lo estaba considerando de una forma madura y acompañable.
—Alma.
—Vale. Sí. Lo pensaba.
Martina no me regañó. Peor. Me miró con cariño.
—Ya no puedes cargar con todos los golpes antes de que lleguen.
—No intento cargar con todos.
—Intentas que los demás se enteren de lo malo cuando tú ya has tenido tiempo de sufrirlo por ellos.
Me quedé callada.
Qué manía la suya con identificar mis mecanismos más feos y ponerles nombre sin pedir permiso.
—Eso no funciona —dijo.
—Ya lo sé.
—No lo sabes del todo.
—Estoy aprendiendo.
—Lo sé.
Lo dijo con una ternura que me dio ganas de discutir, porque era más fácil que agradecer. No hice ninguna de las dos cosas. Pequeño avance, supongo.
Roldán salió del gimnasio con Elvira. Detrás venía Tomás, flanqueado por dos prefectos.
Ya no intentaba parecer arrogante. Eso lo hacía más joven.
Más débil. Más feo de mirar, en realidad, porque una parte de mí quería odiarlo limpio.
Tomás había rozado a Iván durante la prueba.
Había estado cerca de la estructura. Había sido visto saliendo de zonas donde no debía.
Se reía de Darío, orbitaba a Rodrigo, hablaba demasiado fuerte, empujaba lo justo, miraba a los becados como si fueran muebles con beca.
Era culpable de muchas cosas. Pero quizá no de todo.
Y el Aurora tenía una tradición maravillosa: cuando alguien era culpable de algo pequeño y visible, servía estupendamente para tapar algo enorme.
Tomás me miró al pasar.
—Yo no escribí eso —dijo.
No “yo no moví el carro”. No “yo no manipulé la rueda”. No “yo no empujé a nadie”. Dijo eso. La frase. H-03.
—¿Y lo otro? —pregunté.
Elvira se giró.
—Alma.
Tomás tragó saliva.
—Yo no escribí eso.
Lo repitió, como si fuera lo único que podía defender sin mentir.
—Pero sabías lo del farol equivocado —dije.
Su cara se cerró.
—No sé nada.
—Mentira.
—No sé nada.
—No saber nada no te sale tan bien como crees.
Tomás dio un paso hacia mí, pero uno de los prefectos lo sujetó del brazo.
—Tú no entiendes cómo funciona esto.
La frase era tan de manual del Aurora que casi me cansó antes de doler.
—Pues explícame —dije.
Tomás miró a Elvira, luego al prefecto, luego al pasillo vacío detrás de nosotros. Tenía miedo. No de mí. Ni de Elvira. De alguien que no estaba allí.
—No puedo.
—Qué sorpresa.
—Alma, basta —dijo Elvira.
Esta vez no sonó como amenaza. Sonó como cuidado de escena. Tomás estaba a punto de decir algo o de romperse, y el pasillo no era sitio. Eso también lo entendí tarde. Otra costumbre mía.
Se lo llevaron.
Bruno se acercó a mi lado.
—No es el centro.
—No.
—Pero tocó algo.
—Sí.
—O le hicieron tocar algo.
Miré hacia el final del pasillo, por donde Tomás acababa de desaparecer.
—También.
Nora levantó la cabeza desde el suelo.
—Me molesta muchísimo sentir un gramo de pena por Tomás Cuervo.
—No es pena —dijo Celia, saliendo de enfermería con una tirita grande en el antebrazo—. Es reconocimiento de utilidad estructural.
Nora la miró.
—Celia, te quiero, pero cuando hablas así parece que estás intentando consolar a una silla.
—Tomás puede ser responsable y usado al mismo tiempo —dijo Celia.
—Eso sí lo entiendo.
Hugo salió después, moviendo el hombro con cuidado.
La enfermera le había puesto una bolsa de frío y le había recomendado no participar en actividades físicas, recomendación que, vista nuestra relación reciente con el mobiliario, parecía fácil de cumplir si el mobiliario no decidía participar por nosotros.
—Rodrigo no estaba en el gimnasio —dijo Hugo.
—Ya lo notamos —respondí.
—No, quiero decir que según Cumbre estaba en reunión de casa con dos prefectos.
—Coartada limpia —dijo Amina, acercándose.
—Demasiado limpia —añadió Laura desde el extremo del pasillo.
Otra aparición suya. Ya ni me sobresalté. Evolución o agotamiento.
—¿Dónde estabas? —preguntó Martina.
—Intentando averiguar por qué Darío tampoco estaba.
—¿Y?
Laura metió las manos en los bolsillos de la americana.
—Porque estaba con Rodrigo.
—¿En la reunión de casa? —preguntó Celia.
—Eso dicen.
—¿Y tú qué dices?
Laura miró hacia la escalera.
—Que vi a Darío salir de la zona de vestuarios cinco minutos antes de que se moviera la estructura.
El pasillo se quedó quieto.
—¿Lo viste tú? —preguntó Amina.
—Sí.
—¿Puedes probarlo?
—No.
—¿Te vio él?
Laura tardó un segundo.
—Creo que sí.
—Genial —dije—. Otro punto para el deporte de riesgo llamado mirar cosas.
Laura sonrió sin ganas.
—No te pongas celosa. Tú sigues liderando.
Roldán volvió a aparecer y pidió que nos dispersáramos.
El gimnasio quedaba cerrado, la clase cancelada, Tomás retenido para declaración y todos los heridos o casi heridos debían pasar por enfermería o residencia.
La Vigilia, ya cancelada, ahora parecía un cadáver administrativo del que todavía salían humo, cristales y comunicados.
Iván se enteró antes de que llegáramos a la biblioteca.
No por nosotras. Por supuesto que no. Una alumna de segundo, con buena intención y cero criterio, le enseñó una captura de la cartulina en el pasillo de ciencias.
Cuando lo encontramos, estaba sentado en un banco junto a Berta, con la mirada perdida en el suelo y el teléfono de Salvat en la mano.
Su madre venía en camino, pero todavía faltaban horas.
La frase ya había llegado antes que ella.
H-03 cayó mejor.
Me senté a su lado.
No dije nada.
Qué novedad.
Iván miraba la pantalla apagada del teléfono.
—¿Cayó? —preguntó.
No me miró al decirlo.
—No lo sabemos.
—Pero cayó.
—Eso parece.
—Mi madre no dijo nada de una caída.
Berta, al otro lado, habló con cuidado:
—Puede que no lo supiera completo. O puede que no estuviera preparada para decirlo.
—O puede que mi padre tampoco se lo contara.
Nadie respondió.
Iván levantó la vista hacia mí.
—¿Crees que lo empujaron?
La pregunta me atravesó.
Porque la respuesta honesta era no lo sé. La respuesta que él temía era sí. La respuesta que yo temía era que quizá ni siquiera hizo falta empujarlo: bastó con un farol, una puerta, una barandilla, una versión oficial y el peso de un colegio entero diciendo que había caído solo.
—Creo —dije despacio— que alguien quiso que todos pensaran que cayó por su culpa.
Iván apretó el teléfono.
—Eso no responde.
—Ya.
—Quiero una respuesta.
—No la tengo.
—Pero tú siempre buscas respuestas.
—Sí. Y a veces me gustaría arrancarlas a mordiscos, pero no las tengo todavía.
Iván soltó aire por la nariz. No era risa.
—Mi padre odiaba los faroles.
—¿Te lo dijo?
—No. No así. Pero en casa nunca poníamos velas. Mi madre decía que le daban manía. Una vez, de pequeño, llevé un farol de papel del colegio para una fiesta. Lo vio y se puso… raro. Me pidió que lo sacara de casa. Yo pensé que estaba exagerando.
Se le quebró la voz en la última palabra.
Berta le puso una mano cerca, sin tocarlo. Iván no se apartó, pero tampoco la cogió.
—No lo sabías —dijo Martina, que se había sentado en el suelo frente a él.
—No.