La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—¿Y si no quiero tiempo?

—Lo entiendo.

—¿Pero?

—Pero a veces el tiempo evita que otros decidan por ti antes de que tú sepas qué quieres decir.

Martina me miró con una sorpresa suave. Probablemente porque era una frase razonable y no parecía robada. Me habría sentido orgullosa si no estuviéramos rodeados de fantasmas administrativos.

Berta llegó poco después. Al ver a Iván, no lo llenó de preguntas.

Se sentó a su lado, le ofreció agua y le dijo que su madre podía venir sin pasar por recepción principal si lo prefería.

Eso me gustó. Mucho. La entrada principal del Aurora estaba diseñada para impresionar a quienes llegaban de fuera; no era el sitio adecuado para una mujer que venía a confirmar que la institución que había roto a su marido acababa de llamar a su hijo.

Falcón llegó con Salvat. No Arriaga. No todavía. Cerraron la biblioteca durante el resto de la tarde por “revisión de archivo”, una excusa tan buena que casi parecía nuestra. Falcón miró las fotos, escuchó el relato y luego pidió ver el anuario original. Cuando leyó Héctor Luján, se quedó quieta.

No fingió reconocerlo. Tampoco fingió no reconocerlo.

—Este nombre aparece en una lista de bajas antiguas —dijo.

—¿Voluntarias? —pregunté.

Falcón levantó la vista.

—Sí.

—Qué sorpresa.

—Alma.

—No, perdón, es que ya empiezo a entender el dialecto. Baja voluntaria asistida significa “lo empujamos y luego escribimos que saltó”.

Iván cerró los ojos.

Me odié.

—Perdón —dije enseguida—. Iván, perdón. No tenía que decirlo así.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—Pero es verdad, ¿no?

No supe contestar.

Falcón sí.

—Es posible que lo sea.

La voz de Falcón fue baja. Pero no esquivó. Eso tenía un precio. Se notaba.

—Voy a pedir el expediente de Héctor Luján al archivo físico de la Fundación —dijo—. También el convenio de beca de Iván.

—¿Puede hacerlo? —preguntó Celia.

—Como directora, sí. Como directora que probablemente va a incomodar al patronato, también.

—¿Y eso la detiene? —preguntó Amina.

Falcón la miró.

—No.

Me habría gustado creerla por completo. No pude. Pero la creí un poco, y en el Aurora un poco ya era casi una religión.

La tarde quedó suspendida de manera rara.

Las clases seguían, pero no seguían. The Lookout estaba cerrado, pero trabajábamos más que nunca.

La Vigilia estaba pausada, pero la Ruta C seguía avanzando por debajo de todo.

Iván se quedó con Berta y Salvat. Irene insistió en quedarse también, no para investigarlo sino para acompañarlo.

Martina apoyó la idea. Yo no. O sí. Mi primera reacción fue decir que era peligroso, que Irene ya había sido usada, que Iván la arrastraría más al centro sin querer.

Pero luego los vi sentados juntos, los dos con tazas de té de la biblioteca, los dos heridos por la misma historia de maneras distintas, y cerré la boca.

No todo lo que dolía era imprudente.

Qué rabia daba aprender.

A última hora, Educación Física no se canceló.

Eso, sí, me pareció una falta de respeto cósmica.

El profesor Roldán nos reunió en el gimnasio cubierto, bajo el argumento de que después de una jornada emocionalmente intensa era saludable “volver al cuerpo desde un lugar seguro”.

Yo miré la mano vendada, la muñeca de Bruno, la rodilla de Amina, la frente de Irene y las manos raspadas de Iván —aunque Iván no estaba allí— y decidí que alguien debería revisar la relación del Aurora con la palabra seguro.

Pero Roldán no era mala persona. De hecho, era de los pocos adultos que parecían recordar que teníamos pulmones, músculos y nervios además de expedientes.

Había preparado ejercicios suaves por casas: movilidad, coordinación, trabajo en parejas, nada de competición.

El gimnasio estaba iluminado, con las gradas plegadas, las cuerdas recogidas y el material revisado. Lo dijo tres veces. Revisado.

Cada vez que alguien decía revisado, un objeto del Aurora ganaba ganas de caerse.

Bruno no participó. Se sentó en el banco lateral con Mauro, fingiendo que mirar una clase de movilidad era una actividad digna.

Amina tampoco hizo ejercicios de impacto; Roldán le asignó observación técnica, lo cual le sentó mejor que a su rodilla.

Yo podía participar parcialmente, siempre que no apoyara fuerte la mano vendada.

Martina decidió hacer pareja conmigo porque, según ella, “necesitaba supervisión adulta no adulta”.

Nora fue emparejada con Celia y convirtió cada estiramiento en un comentario sobre la opresión del isquiotibial.

Hugo estaba con su grupo de Cumbre. Nicolás no había venido; Berta le había dado permiso para saltarse actividades tras el golpe.

Por primera vez en días, casi todo parecía controlado.

Casi.

En una esquina del gimnasio, habían colocado los soportes ceremoniales de faroles retirados del patio para revisión.

No los faroles antiguos R-C/03. Los nuevos, etiquetados, limpios, inútilmente bonitos.

Estaban sobre una estructura metálica con ruedas, cubierta por una lona transparente.

No me gustó. No porque hicieran nada. Precisamente porque estaban ahí, quietos, como actores esperando escena.

—No mires los faroles —dijo Martina mientras estirábamos.

—No los miro. Los vigilo preventivamente.

—Alma.

—Tengo una relación complicada con la iluminación.

Roldán nos hizo desplazarnos por estaciones.

Equilibrio, coordinación, respiración. Respiración.

Genial. Me tocó pasar junto a la estructura de faroles en la tercera estación.

La lona estaba bien sujeta. Las ruedas, bloqueadas.

Las etiquetas plateadas visibles. Roldán había hecho su trabajo. Eso debería haberme tranquilizado.

Entonces vi una cinta negra bajo una de las ruedas.

No alrededor.

Debajo.

Como calzo.

Me detuve.

—Martina.

Ella siguió mi mirada y se quedó helada.

No gritamos. No corrimos. Aprendizaje, otra vez. Levanté la mano buena hacia Amina. Ella, desde el lateral, vio mi gesto y miró la rueda. Su cara cambió.

Bruno se puso de pie.

—Roldán —dijo.

Demasiado tarde.

Tomás Cuervo, que no debería estar cerca de nuestro grupo pero siempre parecía orbitar objetos problemáticos con una inocencia de manual barato, pasó por detrás de la estructura y rozó algo con el pie.

Una rueda se liberó. La estructura se movió apenas.

Muy poco. Pero el gimnasio tenía una ligera inclinación hacia el centro, porque todo edificio antiguo conserva un modo secreto de fastidiarte la vida.

La estructura empezó a rodar.

Lenta al principio.

Luego no tanto.

Hacia la estación donde Nora y Celia estaban sentadas en el suelo.

—¡Apartaos! —grité.