La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Durante unos segundos, nadie tocó a Iván.

Iván no lloró al principio.

Eso fue lo peor.

El llanto, por lo menos, da una dirección al dolor.

Lo saca. Lo vuelve líquido, visible, casi manejable para quien no sabe qué hacer con las manos.

Iván, en cambio, se quedó de pie junto a la mesa de la biblioteca, con la silla caída detrás, mirando la foto de su padre adolescente.

Su padre con uniforme de Bruma, su padre en una ruta de faroles, su padre antes de convertirse en una frase familiar cuidadosamente doblada: estuvo en un colegio interno un tiempo, lo pasó mal, se fue, no le gustaba hablar de eso.

Una de esas frases que en las casas se repiten hasta que parecen explicación, cuando en realidad son puertas cerradas con cinta adhesiva.

Salvat fue la primera en moverse. No hacia Iván. Hacia la puerta.

La cerró.

Luego bajó la persiana interior del cristal, esa que yo ni siquiera sabía que existía porque, por lo visto, la biblioteca también tenía párpados.

Después se acercó al mostrador, apagó el timbre de acceso y puso un cartel que decía CONSULTA DE ARCHIVO EN CURSO.

NO INTERRUMPIR. Muy Salvat. Si se acababa el mundo, ella seguramente pondría un cartel de “fin del mundo en proceso, mantengan silencio”.

—Nadie sale todavía —dijo.

Iván levantó la cabeza.

—Tengo que llamar a mi madre.

—Sí —respondió Salvat—. Pero no desde la red del colegio y no solo.

—No puedo… —Se le rompió la voz por primera vez—. No puedo enterarme de esto y no llamarla.

Martina se acercó despacio.

—Claro que no.

—Mi madre me dijo que mi padre no hablaba del colegio porque lo había pasado mal. No que le hubieran… no que…

No terminó la frase.

Porque no teníamos todavía el verbo correcto.

Esa era una crueldad nueva. No podíamos decir expulsado sin saber.

No podíamos decir culpado sin expediente completo.

No podíamos decir destruido en voz alta delante de su hijo, aunque la palabra se sentara entre nosotros con toda la comodidad del mundo.

Baja voluntaria asistida. Reasignación de responsabilidad.

Casa limpia. El Aurora había inventado frases para que el verbo real no tuviera que aparecer nunca.

—Iván —dije.

Me miró.

Y me arrepentí de haber dicho su nombre porque no tenía nada útil después.

Cero. Alma Vera García, alumna con historial de meterse en sitios prohibidos, experta en detectar mentiras impresas, incapaz de decirle a un chico que acababa de descubrir el nombre administrativo de la herida de su padre algo que no sonara inútil.

—No sé qué decirte —admití.

Iván tragó saliva.

—Eso está bien.

—¿Sí?

—Sí. Porque si me dices que todo va a salir bien, creo que me voy.

Nora soltó una risa pequeñísima, rota.

—Sabio. Odio cuando la gente dice eso.

—Todo no va a salir bien —dijo Martina con suavidad—. Pero no vas a estar solo con esto.

Iván miró la foto otra vez.

—Él estuvo solo.

Nadie contestó.

Porque, por lo que sabíamos, era verdad.

Salvat sacó su propio dispositivo, no la tablet escolar, sino un teléfono pequeño que parecía anterior a la caída del Imperio romano y por eso mismo de pronto me inspiró muchísima confianza.

—Puedes llamar desde aquí —dijo—. Sin altavoz. Pero me gustaría que Berta estuviera presente o cerca. Y, si tu madre acepta, que mañana venga al centro o hable con una adulta que no dependa de la Fundación.

—¿Usted?

—Yo no soy orientadora ni dirección.

—Mejor —dije.

Salvat me lanzó una mirada que habría ordenado libros por sí sola.

—Pero puedo acompañar el primer contacto —añadió—. Y puedo dejar constancia de que tú no recibiste este documento por canales ordinarios y que no lo buscaste.

Iván miró el teléfono como si fuera otra clase de farol: uno que iluminaba algo que quizá habría preferido no ver.

—No sé si mi madre va a querer hablar.

—Entonces no la obligas —dijo Martina—. Le dices lo que viste y le preguntas qué necesita.

Iván asintió. Sus dedos temblaban cuando marcó.

Salvat se apartó con él hacia el rincón de la hemeroteca.

No lo bastante lejos para desaparecer de nuestra vista, sí lo suficiente para que no oyéramos todo.

Eso fue delicado. En medio de tanto horror, la delicadeza se notaba como agua fría en una quemadura.

No escuché la voz de su madre. Solo la de Iván, baja, entrecortada.

—Mamá… estoy bien. No, estoy bien. De verdad. Estoy con una profesora… No, no me ha pasado nada ahora. Mamá, necesito preguntarte algo de papá.

La palabra papá hizo que Nora bajara la vista.

Celia cerró la libreta.

Amina se giró hacia la ventana.

Yo miré la foto de Héctor Luján.

No se parecía muchísimo a Iván, pero sí lo suficiente.

El mismo modo de mantener los hombros un poco hacia dentro, como si pidiera perdón por ocupar aire.

El mismo pelo castaño claro. La misma expresión de estar intentando entender una regla que nadie había explicado completa.

En la foto, Héctor sostenía un farol con las dos manos.

A su lado había otros cuatro alumnos. Uno estaba tachado por un reflejo o por un daño del papel.

Otro tenía una cinta de Cumbre. Otro de Atlas.

Otro de Lumbre. La Ruta C, pensé, no era una ruta de casas. Era una ruta de jerarquías.

Nicolás se acercó a la foto sin tocarla.

—Mi familia sabía su nombre —dijo.

No fue una pregunta. Fue un descubrimiento tardío.

—Quizá no todos —dijo Hugo.

Nicolás lo miró con una sonrisa sin alegría.

—No me rescates tan rápido. No me lo merezco todavía.

—No estaba rescatándote.

—Sí estabas.

Hugo no respondió. Quizá porque Nicolás tenía razón. Quizá porque en el fondo Hugo también necesitaba creer que no todos los apellidos heredaban lo mismo con la misma claridad.

—El mensaje decía que el tercer punto estaba preparado —dijo Amina—. Y después: “Ahora sí elegisteis bien.”

—Entonces el tercer punto era identificar a H-03 —dijo Celia.

—O identificar a Iván como hijo de H-03 —añadió Bruno.

—No es lo mismo —dijo Martina.

—No —respondí—. Es peor.

Porque si el objetivo hubiera sido solo que encontráramos a Héctor Luján, la ruta podía terminar en archivo.

Doloroso, sí. Grave, sí. Pero archivo. En cambio, al enviarle el documento a Iván, al incorporarlo como suplente, al fotografiarlo, al empujarlo durante la prueba, al hacerlo mirar a su padre desde dentro de la misma institución, la Ruta C estaba haciendo otra cosa.

No nos estaba mostrando una víctima antigua.

Estaba construyendo una víctima nueva con la vieja.

Iván volvió del rincón diez minutos después.

Tenía los ojos rojos, pero seguía sin llorar del todo. Salvat caminaba detrás de él, más seria de lo que la había visto nunca.

—Mi madre viene mañana —dijo Iván.

—Bien —respondió Martina.

—Dice que mi padre no murió meses después.

Nicolás levantó la cabeza.

—¿Qué?

Iván tragó saliva.

—Murió hace cuatro años.

El mundo se movió de sitio otra vez.

—Pero tú dijiste… —empecé, mirando a Nicolás.

Él negó, pálido.

—Yo dije lo que se decía en mi casa. Que el chico de la Ruta C murió después. Meses después. O eso creí entender.

—Quizá “murió” no era literal —dijo Celia.

—O quizá era otra muerte —dijo Amina—. Social. Académica. Beca, expediente, futuro.

Nora se abrazó a sí misma.

—Qué gente tan enferma hay que ser para llamar morir a que le arruinaron la vida y seguir comiendo sopa.

Iván miró la foto.

—Mi madre dice que él se fue del colegio antes de terminar el curso.

Que volvió cambiado. Que nunca quiso estudiar después.

Que trabajó en cualquier cosa. Que cuando yo nací decía que jamás me dejaría entrar en un sitio así.

Pero después… —Se le quebró la voz—. Después él murió y llegó la beca.

Mi madre dijo que era una oportunidad. Que papá habría querido que yo tuviera algo mejor.

Algo mejor.

El Aurora tenía un talento especial para convertir las esperanzas de los muertos en formularios de admisión.

—¿La beca vino del Programa Horizonte? —preguntó Celia.

—No sé. Mi madre no dijo Horizonte. Dijo Fundación Aurora.

Silencio.

Fundación Aurora.

Otra puerta.

—Trajeron al hijo —dijo Amina.

—No sabemos si “trajeron” —dijo Martina, aunque su voz no sonó convencida.

—Le dieron una beca al hijo del chico al que limpiaron en 2014 —respondió Amina—. Eso no es casualidad. Es control, culpa o amenaza. Quizá las tres.

Iván se sentó despacio.

—¿Creéis que me dieron la beca por mi padre?

Nadie quería responder.

Yo tampoco.

Pero él no necesitaba una mentira con lazo.

—Creo que tenemos que averiguarlo —dije.

Asintió, como si hubiera esperado algo peor y algo peor fuera precisamente no saber.

—Mi madre dijo otra cosa —añadió—. Cuando le pregunté por Ruta C, se quedó callada. Luego dijo: “Tu padre siempre decía que el farol no era suyo.”

La frase cayó sobre la mesa.

El farol no era suyo.

El farol equivocado.

Tomás Cuervo diciendo que el farol equivocado había terminado en el patio.

El farol de Atlas junto a Irene. El farol R-C/03 en la galería oeste.

El farol roto junto a Nicolás. En 2014, quizá a Héctor Luján también le habían colocado un farol que no era suyo para demostrar que había hecho algo que no había hecho.

Un objeto. Un registro. Un relato. La fórmula perfecta.

Celia escribió la frase en mayúsculas.

EL FAROL NO ERA SUYO.

Nora se pasó una mano por el pelo.

—Nunca pensé que iba a odiar tanto lámparas decorativas.

Salvat miró el reloj.

—Tengo que informar a Falcón.

—¿Y a Arriaga? —preguntó Nicolás.

—A Falcón primero.

Esa diferencia importó. Mucho.

—Iván —dijo Salvat—, vas a quedarte en biblioteca conmigo hasta que venga Berta. Después decidiremos dónde es más seguro que pases la tarde.

—No quiero que me escondan.

—No te estamos escondiendo.

—Sí.

Salvat suspiró.

—Sí. Un poco. Porque ahora mismo hay una diferencia entre que te quiten voz y que te saquen del pasillo donde alguien la está usando contra ti.

Iván miró hacia mí. Como si esperara que yo tradujera. Qué manía con creer que yo tenía subtítulos para el horror.

—Te están dando tiempo —dije—. No silencio.