La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Patronato, Fundación, dirección y archivo administrativo.

—O sea, las mismas zonas donde podría estar quien manipula esto —dije.

—Sí —dijo Falcón.

Ahí estaba otra palabra extraña.

Sí.

No “no necesariamente”. No “hay que tener cuidado”. Sí.

Elvira apoyó una carpeta sobre la mesa.

—También hay otra cosa. La lista falsa del tablón salió de la impresora administrativa del pasillo de orientación. Usuario registrado: N. Arriaga de la Serna.

Nicolás cerró los ojos.

—Por supuesto.

Hugo dio un golpe suave con la mano sobre la mesa.

—Nicolás estaba con nosotros cuando apareció la lista.

—La impresión se lanzó antes —dijo Elvira—. A las 17:39.

—A esa hora estaba en la sala baja —dijo Bruno.

—O camino de ella —añadió Celia.

—Después de recibir un mensaje falso de Alma —dijo Martina.

Elvira levantó una mano.

—Lo sabemos.

—Pero el registro dice Nicolás —dije.

—Sí.

—El alumno equivocado.

Nadie me preguntó qué quería decir.

Todos lo entendieron.

La Ruta C no solo fabricaba culpables sin protección. También podía fabricar culpables con apellido, si convenía, para tapar al verdadero operador o para hacer que el grupo se destrozara defendiendo a alguien que no terminábamos de confiar.

Nicolás se sentó de nuevo. Esta vez no parecía arrogante, ni irónico, ni siquiera enfadado. Parecía agotado de una forma que no debería pertenecer a alguien de nuestra edad.

—Así que yo imprimí una lista donde me acusaba a mí mismo, atraí a Irene con un mensaje de Alma, me golpeé en una sala baja con un farol antiguo y luego me envié un recorte que apunta a mi familia —dijo—. Qué planificación tan creativa.

—El problema —dijo Arriaga— es que desde fuera no lo verán así.

—Desde fuera —repitió Nicolás—. Me encanta ese sitio. Siempre hay alguien viviendo ahí y opinando de cerca.

Yo casi sonreí. Casi.

—Hay que proteger a Nicolás —dijo Berta.

—No soy Irene —respondió él.

Irene levantó la cabeza.

—Yo tampoco soy Irene en ese sentido.

Nicolás la miró, confundido.

Ella se puso roja, pero siguió:

—Quiero decir que no soy una categoría de persona que necesita que la protejan porque sí. Me usaron. A ti también. No tienes que hacerte el fuerte para demostrar que no eres como yo.

La sala entera se quedó quieta.

Nicolás tragó saliva.

—No quería decir eso.

—Ya lo sé.

—Perdón.

—Vale.

Fue un intercambio pequeño. Pero a mí me pareció enorme.

Porque el Aurora nos empujaba a convertirnos en funciones: becada problemática, nuevo sustituto, chica frágil, chico protegido, apellido útil, intocable, testigo, culpable.

Y, durante un segundo, Irene le había arrancado la etiqueta a Nicolás de la mano antes de que él se la pegara a sí mismo.

Falcón cerró la carpeta.

—Nicolás queda apartado de las actividades de la Vigilia y bajo acompañamiento hasta que se revise la suplantación de usuario.

—¿Apartado o protegido? —pregunté.

—Protegido —dijo Berta.

—Apartado —dijo Nicolás.

Los dos tenían razón.

—The Lookout sigue suspendido —añadió Arriaga—, pero autorizo una declaración breve, revisada por Salvat y Berta, negando autoría de la lista falsa y comunicando que hay indicios de suplantación de identidad en varios dispositivos.

—¿Sin nombres? —preguntó Celia.

—Sin nombres.

—¿Sin mencionar el documento Horizonte? —pregunté.

—Sin mencionarlo hasta verificar autenticidad.

—Qué casualidad que la prudencia siempre se ponga delante de lo que puede tocar a la Fundación.

Arriaga me miró.

—Y delante de lo que puede destruir a Nicolás si es una prueba plantada.

Me callé.

Otra vez.

Empezaba a ser irritante que, de vez en cuando, la prudencia no fuera solo cobardía.

—Está bien —dije.

Nora abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—He dicho que está bien.

—No, lo he oído. Estoy procesando el fenómeno.

—No abuses.

La declaración de The Lookout salió a las trece horas, firmada por la redacción completa y supervisada por Salvat.

Fue breve, seca, casi aburrida. Decía que la lista del tablón no había sido elaborada ni publicada por The Lookout, que existían indicios de uso indebido de formato y suplantación de identidad, que la redacción colaboraría con la investigación técnica sin renunciar a su derecho a informar con pruebas contrastadas.

Nora luchó por incluir “no somos imbéciles” en alguna parte.

Perdió. Celia prometió bordarlo en una servilleta para uso interno.

La reacción fue inmediata y desigual. Algunas alumnas de Bruma nos creyeron más.

Algunos alumnos de Lumbre compartieron la declaración.

Atlas la leyó como si fuera un documento legal, lo cual, sinceramente, era casi halagador.

Cumbre se partió en dos: los que cerraron filas con Rodrigo y los que empezaron a preguntarse por qué Nicolás aparecía como usuario de una impresora si estaba siendo atacado.

La casa, por su parte, hizo lo que mejor sabía hacer: fingir que el problema era demasiado elegante para ser discutido en voz alta.

A la tarde, después de clases incompletas y miradas completas, Hugo consiguió un número.

No de Arturo Arriaga.

De Maël.

—Me respondió —dijo, encontrándonos en el pasillo de biblioteca—. No quiere hablar por llamada. Dice que si queremos saber quién era H-03, busquemos en los anuarios de 2014 a los alumnos que no aparecen en las fotos de final de curso pero sí en las de la Vigilia.

Celia se enderezó como si alguien hubiera encendido su alma.

—Ausencias comparadas.

—Exacto —dijo Hugo—. Dice que el nombre no estará en el informe. Pero sí en las fotos antes de que lo borraran del relato.

—Biblioteca —dijo Martina.

—Biblioteca —repitió Nora—. Por fin una misión con sillas.

Salvat nos permitió consultar anuarios bajo su supervisión.

No dijo que sí enseguida. Nos hizo firmar un registro, dejar las tablets sobre la mesa, usar lápices y guantes para ciertos álbumes.

Muy Salvat. Muy irritante. Muy correcto.

Durante dos horas revisamos fotos de 2014: ceremonias, casas, equipos, salidas, concursos, la Vigilia, excursiones, grupos de beca, final de curso.

Buscábamos a alguien que apareciera en unas y desapareciera en otras. Un fantasma estadístico.

Lo encontró Irene.

Naturalmente.

—Aquí —dijo.

La foto de la Vigilia de 2014 mostraba un grupo con faroles. Ruta C/03 al pie. Cinco alumnos. Uno de ellos, un chico delgado, pelo oscuro, uniforme de Bruma, sonreía poco. En la lista de nombres impresa debajo, el suyo aparecía borroso por desgaste, pero legible:

Héctor Luján.

Iván, que estaba sentado a nuestro lado, dejó de respirar.

—Luján —dijo Nora.

Celia pasó páginas. Foto final de curso, 2014. Bruma. Héctor Luján no estaba. Foto de becarios del programa Horizonte, inicio de curso. Allí sí.

Héctor Luján. H-03.

Iván se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—No —dijo.

No fuerte. No dramático. Peor.

—Iván —dijo Martina.

—Mi padre se llamaba Héctor.

La biblioteca entera pareció volverse de piedra.

—Pero él no estudió aquí —dijo Iván—. O sea, no lo decía. Mi madre decía que estuvo en un colegio interno un tiempo, pero que lo pasó mal y se fue. Que no le gustaba hablar de eso.

Nadie se movió.

Yo miré la foto.

Héctor Luján, H-03, Ruta C, baja voluntaria asistida.

Iván Luján, suplente de Bruma, foto bajo la puerta, sustituto.

La Ruta C no había elegido a Iván solo porque era nuevo.

Lo había elegido porque era hijo del alumno limpiado en 2014.

El suelo se abrió un poco debajo de todo.

Iván miraba la foto de su padre con una cara que no voy a olvidar. No era solo dolor. Era la violencia de descubrir que tu vida tenía una habitación cerrada y que otros llevaban años usando la llave.

Entonces su tablet, sobre la mesa de Salvat, vibró.

Nadie la tocó.

La pantalla se encendió sola.

Mensaje sin remitente.

Ahora sí elegisteis bien.

Salvat dijo una palabra.

Nora se tapó la boca.

Celia fotografió la pantalla con manos temblorosas.

Yo miré a Iván, luego a la foto de Héctor Luján, luego al mensaje.

Y entendí que el tercer punto no era Nicolás.

Nicolás había sido el alumno equivocado.

El alumno correcto, el que la Ruta C había estado esperando desde el principio, estaba sentado con nosotros en la biblioteca, temblando frente a una foto de su padre.

Iván Luján.

Sustituto de Bruma.

Hijo de H-03.

Y alguien acababa de enseñarnos que no solo sabía nuestros movimientos.

Sabía nuestras herencias.