La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Yo me quedé despierta mirando el techo. Martina respiraba en su cama, no sé si dormida o fingiendo otra vez.

La foto de Iván ya no estaba sobre el escritorio.

Salvat se la había llevado en una funda, junto con una copia certificada de las imágenes del documento y una nota escrita de puño y letra por Celia que describía el orden exacto de aparición, parpadeo y desaparición del archivo.

Celia escribiendo actas de madrugada era una de esas cosas que me hacían creer todavía en la civilización.

A las seis y media, el altavoz de Bruma sonó con su campanilla de siempre.

La voz informó de que las actividades de la Vigilia quedaban suspendidas durante la jornada, que las clases continuarían con normalidad, que The Lookout permanecería cerrado por revisión técnica y que el alumnado debía abstenerse de difundir capturas relacionadas con la publicación no autorizada del día anterior.

Clases con normalidad.

Claro.

Porque si algo distinguía al Aurora era su fe inquebrantable en que una podía estudiar sintaxis después de que una red oculta intentara convertirla en culpable de tres escenas distintas.

El desayuno fue peor que el anterior, lo cual tenía mérito.

La lista falsa había hecho su trabajo durante la noche.

Nadie necesitaba decir nada abiertamente.

Bastaban los ojos. Alumnos que miraban mi mano vendada y luego apartaban la vista.

Alumnos que miraban a Bruno y susurraban.

Alumnos que miraban a Hugo con desconfianza nueva, como si la lista hubiera logrado algo que ninguna prueba había logrado: volver sospechoso su apellido en ambos sentidos.

Si su familia era poderosa, quizá protegía.

Si aparecía en una lista falsa de intocables, quizá algo habría.

Si ayudaba a Alma, quizá se estaba salvando.

El rumor era una máquina de muchas bocas y ninguna conciencia.

Nicolás apareció tarde.

No debería haber ido al comedor. Tenía un golpe en la cabeza, ojeras, un informe de enfermería y la excusa perfecta para desayunar en su habitación.

Pero apareció. Caminó desde la entrada hasta la mesa de Cumbre con la espalda recta y la cara de quien no iba a darle al colegio el placer de verlo esconderse.

Rodrigo Mencía lo observó desde el extremo de la mesa.

Darío también. Tomás Cuervo se inclinó hacia otro chico y dijo algo que no oí.

Nicolás sí debió de oírlo, porque sonrió sin humor.

Luego cambió de dirección.

Y vino hacia nuestra mesa.

Eso sí levantó cabezas.

—Genial —murmuró Nora—. Más espectáculo sin carbohidratos suficientes.

Nicolás se detuvo frente a mí.

—Tenemos que hablar.

—Buenos días a ti también. ¿Cómo va la posible conmoción?

—Con ganas de conversación privada.

—Eso suena a síntoma.

—Alma.

No sonó como él. Sonó cansado. Asustado debajo de la capa.

Martina se levantó.

—Sala de estudio pequeña. Ahora.

—Tengo clase en veinte minutos —dijo Celia.

—Qué suerte que el colapso institucional respete timbres —dijo Amina.

Fuimos a la sala de estudio pequeña, la que estaba junto al comedor y tenía cristales en la parte superior de la puerta. No era privada, pero sí visible. Eso, curiosamente, nos convenía. En el Aurora, los lugares completamente cerrados habían perdido prestigio.

Nicolás esperó a que la puerta se cerrara.

—Me llegó un mensaje a las cinco de la mañana.

—¿De quién? —preguntó Bruno.

Nicolás sacó la tablet y la dejó sobre la mesa.

Esta vez no era de “Alma”. Era anónimo.

Tercer punto preparado. La sangre vieja firma mejor en manos nuevas.

Debajo, una imagen adjunta.

La misma foto del documento Horizonte que habíamos visto en la tablet de Iván. Pero recortada.

Solo se veía la esquina inferior.

A. Arri…

—Joder —dije.

—¿Se lo enviaron también a Iván? —preguntó Nicolás.

Nadie contestó rápido.

Eso fue respuesta.

Se echó hacia atrás, con una risa corta y rota.

—Claro. Claro que sí.

—Nicolás… —empezó Martina.

—No. No hagas voz de Martina.

—Es mi voz.

—Pues no la uses ahora.

Martina no se ofendió. Eso era lo peor. Entendió que él estaba a dos centímetros de romperse por el lado de la rabia.

—Querían que lo supieras —dijo Celia.

—Querían que todos lo supieran menos yo hasta que ya fuera tarde —respondió Nicolás—. O querían que pareciera eso. Ya no sé. Felicidades al psicópata de las rutas, ha conseguido que incluso mi propia paranoia me parezca poco sofisticada.

—El documento puede ser real —dije.

—O puede ser trampa.

—Sí.

—Y si es real, mi familia ayudó a destruir a alguien.

No dije nada.

Hay silencios que son cobardía y silencios que son respeto. Esperé estar usando el segundo.

Nicolás miró por el cristal de la puerta. Afuera, los alumnos iban hacia clase. Un chico de Cumbre miró hacia dentro, vio a Nicolás con nosotras y apartó la vista demasiado rápido.

—Cuando era pequeño —dijo—, oía a mi madre decir que el Aurora había salvado a chicos que luego “no supieron estar a la altura”.

Esa frase. No supieron estar a la altura.

Siempre pensé que hablaba de gente desagradecida.

Becados que recibían ayuda y luego fallaban.

Es cómodo pensar eso cuando tienes diez años y un apellido que abre puertas.

Luego llegas aquí y ves que estar a la altura significa otra cosa.

Hugo lo miraba fijamente. Quizá reconocía demasiadas palabras de su propio comedor familiar.

—¿Qué significa? —preguntó Irene, que había entrado con nosotras y no había hablado hasta ahora.

Nicolás la miró.

—Significa no caer donde te han empujado.

A Irene se le tensó la cara. No lloró. Tampoco bajó la vista.

—Entonces el problema no era la altura —dijo ella.

Nicolás tragó saliva.

—No.

A veces Irene decía una frase y te dejaba sin suelo. Empezaba a preocuparme que el Aurora no la hubiera subestimado tanto como nosotras creíamos.

Celia abrió su libreta.

—Necesitamos saber quién era H-03.

—No lo sé —dijo Nicolás.

—Pero quizá puedes averiguarlo.

—Eso quieren.

—Sí —dijo Celia—. Pero también lo necesitamos.

Ahí estaba otra vez la trampa. No seguir la pista era dejar al alumno de 2014 sin nombre.

Seguirla era caminar por una ruta preparada.

El atacante nos estaba obligando a elegir entre prudencia y justicia, como si fueran enemigas.

Qué cabrón. O qué cabrona. O qué estructura.

Porque a veces el mal no era una persona con capa negra y paciencia teatral; a veces era una serie de permisos, silencios, accesos y adultos que miraban hacia otro lado hasta que un alumno aprendía a imitar el método.

—Mi tío Álvaro se fue de la Fundación en 2017 —dijo Nicolás—. Vive en Santander. No responde a mi padre desde hace años.

—¿Puedes contactarlo? —preguntó Bruno.

—No tengo su número.

—Pero puedes conseguirlo —dije.

Nicolás me miró.

—Sí. Y eso me convierte en la puerta perfecta. Otra vez.

No pude decir que no. Porque sí.

—Entonces no lo haces solo —dijo Martina.

Nicolás soltó una risa.

—¿Ahora también me vais a proteger?

—No te emociones —dije—. Es protección limitada por desconfianza mutua.

—Qué alivio.

—Pero Martina tiene razón. Si buscas a Álvaro, lo hacemos sabiendo que quizá quieren que lo busques.

—¿Y qué hacemos si lo encuentro? ¿Le pregunto si firmó la destrucción de un becado en 2014? ¿Hola, tío, cuánto tiempo, una duda: cuando en casa decíais “no estuvo a la altura”, queríais decir que le plantasteis un farol y le quitasteis la beca?

Nora, que hasta entonces estaba apoyada contra la pared, muy callada, dijo:

—Podrías suavizar el saludo.

Nicolás la miró.

—Gracias.

—De nada. Soy buena en diplomacia alimentaria.

El casi chiste no arregló nada. Pero permitió respirar.

La clase empezó sin nosotros. Nadie se movió.

Al final, Martina envió un mensaje a Valdés diciendo que estábamos con Berta por seguimiento de incidencias.

Técnicamente era mentira, pero una mentira pequeña puesta contra una mentira grande a veces se sentía casi higiénica.

No duró mucho. Berta apareció en la sala de estudio diez minutos después, como si hubiera olido su nombre en el sistema.

—No estáis conmigo —dijo.

—Todavía —respondió Nora.

Berta miró a Nicolás. Luego la tablet. Luego a mí.

—¿Qué ha pasado?

Le contamos lo mínimo y lo suficiente. El mensaje anónimo. El recorte del documento. Las fotos de la noche anterior, que Salvat ya tenía. Berta escuchó sin interrumpir y luego hizo algo inesperado: llamó a Arriaga.

—No —dijo Nicolás.

—Sí —dijo Berta.

—No voy a sentarme con Alonso para que me explique que todo es más complejo.

—No te he pedido permiso para avisar de una amenaza recibida en tu dispositivo después de una agresión física.

Agresión.

Otra palabra nueva.

Me quedé mirándola.

—¿Ya podemos decir agresión?

Berta me miró.

—Yo la voy a decir.

Qué cosas. A veces una quería odiar a todos los adultos por eficiencia y venía uno a estropear la generalización.

Arriaga llegó con Falcón y Elvira. No con séquito. No con carpeta grande. Llegó rápido. Eso me importó aunque no quisiera. Nicolás se puso de pie al verlo.

—No me digas que me tranquilice —dijo.

Alonso se detuvo.

—No iba a hacerlo.

—No me digas que espere.

—Tampoco.

—No me digas que mi familia…

—Nicolás —lo cortó Arriaga, y por primera vez le habló sin el barniz completo—, no sé quién firmó ese documento.

No sé si ese documento es auténtico. Y si es auténtico, no sé todavía qué parte de mi familia, de la Fundación o del centro participó.

Pero sé que te han enviado ese recorte para colocarte en medio.

Y no voy a permitir que cargues con una firma que quizá ni siquiera es tuya.

Nicolás se quedó callado.

Yo también, y eso ya era noticia.

Falcón tomó la palabra.

—Salvat me informó del documento a primera hora. Se ha iniciado búsqueda en archivo histórico externo del Programa Horizonte.

—¿Externo? —preguntó Celia.

—Fuera del servidor escolar —dijo Falcón—. Copias físicas, convenios, registros de becas.

—¿Quién tiene acceso? —preguntó Amina.

Falcón dudó. No por no saber. Por saber demasiado.