La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

No “acompañaron”. No “sugirieron retirarse”.

Nos mandaron. Elvira caminó con nosotras hasta Bruma y, por primera vez, no intentó corregir cada comentario que soltaba Nora.

Quizá porque Nora no soltaba ninguno. Eso fue peor.

Mucho peor. Nora subía las escaleras con los puños cerrados dentro de las mangas, la boca apretada y la mirada fija en cada escalón.

Amina cojeaba un poco por la rodilla, pero no aceptó ayuda.

Celia caminaba demasiado recta. Martina sostenía la funda con la fotografía de Iván y la copia de la lista falsa como si llevara dos animales venenosos.

Irene iba entre nosotras, con los ojos muy abiertos.

Iván se había quedado con Berta, oficialmente para “acompañamiento preventivo”.

Yo no sabía si eso me tranquilizaba o me daba ganas de romper una ventana.

Al llegar a la sala común de Bruma, ya había alumnas esperando.

No muchas.

Suficientes.

Algunas eran de nuestro curso. Otras, nuevas.

Había caras asustadas, caras curiosas, caras que querían creer en nosotras y caras que querían creer que no, porque si nosotras también podíamos fabricar acusaciones, entonces el mundo volvía a ser más cómodo: nadie tenía que mirar demasiado, nadie tenía que admitir que una institución entera podía estar fallando de nuevo, nadie tenía que preguntarse por qué siempre eran las mismas personas las que terminaban cerca de humo, puertas y listas.

Elvira se plantó junto a la entrada.

—No habrá asamblea informal.

—Qué pena —dijo Nora, por fin—. Yo ya había traído trauma para compartir.

Elvira la miró.

—Nora.

—No, en serio. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a la habitación y esperamos a que media casa piense que The Lookout hizo una lista de culpables porque alguien la imprimió bonito?

—La suspensión implica no difundir comentarios sobre la investigación.

Celia dio un paso al frente.

—Pero sí podemos negar autoría.

Elvira respiró hondo.

—Podéis decir que negáis la autoría y que se está investigando.

—Qué generoso —dije.

Martina me tocó el brazo antes de que siguiera. Luego se volvió hacia la sala común. No subió la voz. Martina no necesitaba subirla. Tenía esa claridad que, cuando aparecía, hacía que incluso las alumnas de último escucharan.

—The Lookout no publicó esa lista —dijo—. Nadie de esta redacción la escribió, la imprimió ni la colocó en el tablón. Hay pruebas de suplantación de identidad, hay una investigación abierta y se nos ha pedido no difundir detalles. Eso es todo lo que podemos decir ahora.

Una chica de último levantó la mano sin darse cuenta, como si estuviéramos en clase.

—Pero usaba vuestro formato.

—Sí —dijo Celia—. Y por eso es más grave.

—¿Y si alguien de The Lookout la hizo sin decíroslo?

Nora soltó una risa. No bonita.

—Porque lo primero que haríamos si quisiéramos acusar falsamente a medio colegio sería firmarlo con el nombre de Alma justo después de que media institución esté esperando que Alma haga una estupidez. Brillante plan. Nos descubren en siete minutos, pero oye, la tipografía queda monísima.

—Nora —dijo Elvira.

—No. Es que ya está bien. No somos idiotas. Impulsivas, sí. Hambrientas, algunas. Con tendencia a meternos en líos, muchas. Pero no idiotas.

Una alumna nueva, una chica bajita con gafas, preguntó desde el fondo:

—¿Entonces quién fue?

Nadie respondió.

Ese era el problema.

Negar la lista falsa no bastaba si no podíamos ofrecer otra historia. El vacío siempre lo llenaba alguien con más rapidez, más poder o menos escrúpulos.

Elvira cerró la intervención.

—Se informará cuando haya conclusiones verificadas. Hasta entonces, se prohíbe compartir imágenes de la lista o especular sobre alumnado mencionado en ella.

—Demasiado tarde —dijo Amina.

Elvira la miró.

Amina señaló la sala.

—Ya la tienen.

Varias chicas bajaron la vista a sus tablets.

Elvira no dijo nada. Porque no podía desinventar una captura. Nadie podía.

Esa noche, la residencia de Bruma fue un animal inquieto.

No hubo gritos. No hubo llantos públicos.

No hubo pelea en pasillo. Eso habría sido demasiado simple.

Hubo puertas cerrándose más rápido de lo normal.

Hubo susurros en baños. Hubo tablets apagándose cuando alguien entraba.

Hubo una alumna de segundo que dejó una nota bajo la puerta de The Lookout —ahora precintada— que decía solo: Yo os creo.

Nora la encontró y se echó a llorar de rabia, no de ternura, según ella, aunque nadie se lo discutió porque una aprende a respetar las mentiras pequeñas que la gente necesita para no sentirse desnuda.

Celia intentó reconstruir la secuencia técnica de la lista falsa.

The Lookout no había tenido acceso al servidor desde antes de la ceremonia.

Nuestra sala estaba cerrada. Las cámaras del pasillo funcionaban, pero justo en la franja de aparición de la lista había “pérdida parcial de imagen” durante cuatro minutos.

Cuatro. Qué precisión tan mala. El archivo impreso, según el registro preliminar que Elvira consiguió filtrar sin filtrar, había salido de una impresora administrativa, no de la nuestra.

Pero el documento estaba maquetado con una plantilla antigua de The Lookout que solo debería estar en nuestro archivo histórico.

—¿Archivo histórico de The Lookout? —pregunté.

Celia asintió.

—Copias antiguas, modelos, cabeceras, formatos de años anteriores. Están en la carpeta compartida.

—¿Quién tiene acceso?

—Nosotras. Supervisión de prensa. Biblioteca. Comité de Convivencia desde el nuevo protocolo.

—Y cualquiera con permisos administrativos —dijo Amina.

—Exacto.

—Maravilloso —dijo Nora—. Sospechosos: nosotras, medio colegio adulto y el espíritu de la transparencia.

Martina estaba sentada en mi cama, leyendo una y otra vez la lista falsa. No los nombres. La estructura.

—No es una acusación real —dijo.

—Eso ya lo sabíamos —respondí.

—No, quiero decir que no está pensada para señalar culpables de verdad.

Está pensada para mezclar categorías. Rodrigo y Darío como alumnos sospechosos.

Nicolás y Hugo como posibles implicados o testigos.

Alonso Arriaga y la Fundación como adultos/poder institucional. Todo junto. Sin jerarquía. Sin hechos.

—Una lista que parece valiente pero no demuestra nada —dijo Celia.

—Una lista que suena exactamente a lo que ellos quieren que parezca The Lookout cuando nos desacreditan —añadió Martina.

Amina, desde el escritorio, amplió una foto de la hoja.

—Hay algo más.

Nos acercamos.

—La lista tiene siete entradas —dijo.

Conté.

Rodrigo. Darío. Tomás. Nicolás. Hugo. Alonso Arriaga. Fundación Aurora.

Siete.

La Mesa 7.

Qué cansancio, de verdad. Qué manera de reutilizar heridas como si fueran decoración temática.

—Quieren que parezca que copiamos el patrón del año pasado —dije.

Celia asintió lentamente.

—Como si Alma estuviera obsesionada con repetir estructuras: Mesa 7, Ruta C, intocables.

—Relato persecutorio —murmuró Martina.

La frase volvió a la habitación como un olor malo.

A.V.G.

Tendencia a construir relato persecutorio.

Todo encajaba demasiado bien si una aceptaba la mentira.

Alma ya veía patrones en todas partes. Alma convertía cualquier incidente en sistema.

Alma buscaba culpables con apellido. Alma firmaba listas.

Alma arrastraba a The Lookout. Alma exponía a alumnos nuevos.

Alma era el peligro que decía perseguir.

Me senté en el suelo porque la cama estaba demasiado lejos, o porque de pronto todo pesaba de una forma rara.

—Lo están haciendo bien —dije.

Nadie me corrigió.

Eso fue lo peor.

—Sí —dijo Amina.

—Amina —murmuró Martina.

—Mentir no ayuda. Lo están haciendo bien.

Nora se sentó a mi lado en el suelo, me empujó una galleta contra la rodilla y dijo:

—Pues nosotras tendremos que hacerlo mejor.

Era una frase simple. Casi tonta. Funcionó.

A las once, cuando el horario de silencio ya estaba en vigor y Elvira había pasado por el pasillo con cara de no estar para adolescencias, recibimos el comunicado oficial.

Llegó a todas las tablets.

Comunicado del Instituto Aurora y la Fundación Aurora.

Lo abrí con la sensación de estar entrando en una habitación donde alguien ya había decidido qué versión de mí iba a esperar sentada.

El texto decía:

Durante la tarde de hoy se detectó una publicación no autorizada en el tablón central, utilizando indebidamente el formato de The Lookout y mencionando a varios alumnos, familias y miembros de la comunidad institucional.

El centro condena cualquier señalamiento sin pruebas, así como el uso de canales estudiantiles para generar alarma, división o daño reputacional.