La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Daño reputacional.

Irene con un corte en la frente. Amina con la rodilla raspada. Bruno con la muñeca inmovilizada. Nicolás con sangre en la sien. Pero gracias a Dios alguien pensaba en la reputación.

Seguí leyendo.

The Lookout quedará temporalmente suspendido mientras se revisan accesos, plantillas, equipos y permisos asociados. Esta medida no constituye sanción, sino protección del canal y de sus integrantes.

Protección.

Otra vez.

Las actividades de la Vigilia permanecerán pausadas durante veinticuatro horas, a la espera de una revisión técnica y pedagógica. El Instituto Aurora reafirma su compromiso con una convivencia basada en la responsabilidad, la confianza y la verdad.

—Técnica y pedagógica —leyó Nora por encima de mi hombro—. ¿Qué coño es una revisión pedagógica de un farol homicida?

—Nora —dijo Martina, pero sin fuerza.

El comunicado no decía ataque.

No decía suplantación.

No decía Nicolás fue atraído con un mensaje falso.

No decía Irene fue usada en una trampa.

No decía alguien manipuló luces, puertas y cámaras.

Decía publicación no autorizada. Señalamiento. Daño reputacional. Protección del canal.

Arriaga había dicho ataque abajo, frente a la sangre y el farol roto.

Arriba, en la plataforma oficial, la palabra había desaparecido.

Quizá él no había redactado el comunicado.

Quizá sí y había perdido una pelea. Quizá la Fundación tenía más manos que una sola persona.

Daba igual. La versión oficial había llegado antes que el desayuno.

La versión oficial siempre llegaba antes.

A medianoche, alguien llamó a nuestra puerta.

Tres golpes suaves.

Martina y yo nos quedamos heladas. Nora, que se había quedado en nuestra habitación pese a las normas porque nadie tenía energía para echarla, levantó una zapatilla como arma. Celia, desde el suelo, cerró la libreta. Amina apagó la luz de la mesa.

—¿Quién? —pregunté.

—Soy yo —dijo una voz.

Iván.

Abrimos.

Estaba en el pasillo con el pijama bajo el abrigo, la bufanda de Bruma mal colocada y una tablet contra el pecho.

—Perdón —dijo enseguida—. Sé que dijiste que no viniera solo, pero Berta me acompañó hasta la escalera y luego… no quería que nadie lo viera.

—Iván —dije, con una paciencia que se me rompía por los bordes—. Esa frase es exactamente lo contrario de lo que hablamos.

—Lo sé. Pero es que esto llegó a mi cuenta.

Entró. Cerramos.

Nos enseñó la tablet.

No era un mensaje anónimo.

Era un archivo adjunto enviado desde una dirección interna sin nombre visible. Un documento escaneado, borroso, viejo. En la parte superior se leía:

PROGRAMA HORIZONTE — REASIGNACIÓN DE BENEFICIARIO

Celia se puso de pie tan rápido que casi tiró la libreta.

—¿Cuándo llegó?

—Hace diez minutos.

Abrí el archivo con cuidado, sin descargarlo del todo. Amina fotografió la pantalla. Martina se inclinó.

El documento estaba incompleto. Solo una página. Sellos antiguos. Líneas negras tapando nombres. Pero en mitad del texto se leía una frase:

Ante la imposibilidad de sostener el informe original sin afectar a familias protectoras del programa, se recomienda reasignar responsabilidad disciplinaria al alumno beneficiario externo, código H-03, garantizando su baja voluntaria asistida.

Baja voluntaria asistida.

Me dieron ganas de romper algo.

Debajo, una nota manuscrita, apenas visible:

Ruta C resuelta. Casa limpia.

Casa limpia.

No Casa de los Intocables todavía.

Pero casi.

Nora se tapó la boca.

Celia susurró:

—Carpeta 03.

Amina amplió la esquina inferior.

Allí había iniciales de firma.

No completas.

Solo dos letras y un apellido parcial.

A. Arri…

El aire se fue de la habitación.

Arriaga.

O Arriaga antes de Alonso.

O alguien de su familia.

O alguien que quería que pensáramos eso.

Todo podía ser prueba y trampa al mismo tiempo. Esa era la crueldad perfecta.

Iván nos miraba, pálido.

—No sabía qué hacer.

Esta vez no le dije que no viniera. No le dije que era peligroso. No le dije que lo estaban usando. Todo eso ya lo sabía. O estaba empezando a saberlo, que era peor.

Le dije:

—Has hecho bien en traerlo.

Se le llenaron los ojos de alivio.

Y entonces, antes de que pudiéramos guardar el archivo, la pantalla parpadeó.

El documento desapareció.

No se cerró.

No se archivó.

Desapareció.

En su lugar apareció una línea negra, centrada, sin remitente:

Tercer punto preparado. Elegid bien al culpable.

Iván soltó la tablet como si quemara.

Martina lo agarró antes de que cayera al suelo.

Nadie habló.

Fuera, en el pasillo de Bruma, todo estaba en silencio.

Dentro, nosotras mirábamos una pantalla vacía donde acababa de borrarse la primera prueba real de que Horizonte, Ruta C y la limpieza de culpables estaban conectadas.

Celia levantó el móvil muy despacio.

—Tengo fotos —dijo.

La voz le temblaba.

Pero tenía fotos.

Y en ese momento, por primera vez en toda la noche, sentí algo parecido a una victoria.

Pequeña.

Sucia.

Asustada.

Una victoria al fin.

Porque la versión oficial podía llegar antes que el desayuno.

Pero nosotras habíamos empezado a guardar migas antes de que limpiaran la mesa.