La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

El rumor no corrió por el Aurora.

Corrió la verdad.

O eso parecía, que era mucho peor.

El rumor, por lo menos, tiene la decencia de despeinarse un poco.

Se contradice, se tropieza, cambia de nombre a mitad del pasillo, se le nota el hambre de escándalo.

La verdad, en cambio, o lo que la gente decide llamar verdad porque viene impresa con márgenes limpios, logo reconocible y una firma al final, camina más recta.

Entra en las tablets, se copia en chats internos, aparece en capturas recortadas, se comenta en voz baja en el comedor y, cuando quieres darte cuenta, ya no importa que tú no hayas escrito nada, porque media escuela ha visto una hoja donde dice que sí y la otra media está esperando a que te defiendas para comprobar si suenas culpable.

La lista falsa no estuvo ni tres minutos en el tablón central.

Tres minutos.

Ciento ochenta segundos, más o menos. Menos de lo que tardaba el comedor en quedarse sin pan decente.

Menos de lo que tardaba un profesor del Aurora en decir “contexto” tres veces.

Menos de lo que tardaba Nora en oler chocolate dentro de una mochila cerrada.

Y, sin embargo, bastó para que la fotografiaran desde seis ángulos, para que circulara por grupos de casa, para que alguien recortara solo mi nombre al pie y lo ampliara con una flecha roja, porque al parecer hasta los linchamientos internos tenían aspiraciones de diseño.

LOS INTOCABLES DE LA RUTA C.

Publicado por The Lookout. Coordinación: Alma Vera García.

Qué frase tan limpia.

Qué mentira tan bien vestida.

Arriaga arrancó la hoja del tablón con una rapidez que, de haber llegado dos minutos antes, quizá habría servido de algo.

Luego ordenó cerrar el vestíbulo principal y mandó a los alumnos a sus casas.

Eso no hizo que nadie dejara de mirar; solo consiguió que nos miraran caminando.

Rodrigo Mencía bajó la escalera con una calma que no me gustó nada.

Darío iba detrás, pero no pegado a él, no como antes.

Había entre los dos un espacio nuevo, pequeño y lleno de electricidad.

Tomás Cuervo parecía ofendido, lo cual habría sido más convincente si Amina no lo hubiera visto empujar a Iván durante la prueba pública y salir de zonas donde no debía estar.

Hugo se quedó en mitad del vestíbulo, leyendo la lista arrancada en la mano de Arriaga como si acabara de verse a sí mismo convertido en un problema que no había elegido.

Nicolás, todavía pálido por el golpe de la sala baja, soltó una risa seca.

—Perfecto —dijo—. Ya está.

Nadie le preguntó qué estaba. No hacía falta.

Él estaba.

Hugo estaba.

Rodrigo estaba.

Darío estaba.

Yo estaba.

The Lookout estaba.

Todos colocados en una lista falsa que parecía acusación y, al mismo tiempo, parecía prueba de que habíamos decidido acusar.

Era una trampa de esas que se cierran en dos direcciones.

Si decíamos que la lista era falsa, parecíamos asustados por haber ido demasiado lejos.

Si callábamos, parecía confirmación. Si publicábamos una aclaración, violábamos el bloqueo del protocolo.

Si no publicábamos, otros hablaban por nosotras.

Una maravilla. El Aurora siempre había sido un colegio caro, pero quien estuviera diseñando aquello estaba cobrando en veneno puro.

—No lo hicimos —dijo Celia.

Lo dijo una vez.

Luego otra.

No para convencer a nadie, creo. Para no dejar que el aire se llenara solo de la versión contraria.

—No lo hicimos. The Lookout no publicó eso. No salió de nuestra sala.

Elvira la miró.

—Celia, necesito que guardes silencio hasta que podamos registrar…

—No —dijo Celia.

Fue tan raro escucharle ese no a Elvira que hasta yo me quedé quieta. Celia, que podía discutir con un diccionario en la mano pero seguía creyendo, en el fondo, que el procedimiento era una herramienta y no solo una jaula, acababa de negarse delante de medio vestíbulo.

—No voy a guardar silencio sobre la autoría de algo falso —continuó—. Puedo no dar detalles. Puedo esperar a declarar. Pero no voy a permitir que conste en el pasillo que The Lookout ha publicado una lista que no hemos hecho.

Nora, a su lado, levantó la barbilla.

—Eso. Lo que ha dicho la señora precisión, pero con más mala leche.

Elvira apretó la mandíbula.

—Constará que lo negáis.

—Constará que es falso —dijo Martina.

Su voz no fue alta. No necesitó serlo. A veces Martina tenía una forma de hablar que hacía que una sala bajara el volumen por educación.

Arriaga dobló la hoja falsa y la metió en una funda transparente que alguien le había dado.

Su cara seguía siendo controlada, pero el control empezaba a parecerle pequeño.

La palabra ataque todavía flotaba desde la sala baja, y ahora una lista falsa acababa de demostrar que el ataque no solo era físico, técnico o administrativo.

Era narrativo. La Ruta C no estaba dejando pistas para que las encontráramos.

Estaba dejando versiones para que el colegio las creyera antes de que nosotras pudiéramos respirar.

—El alumnado se retira a sus casas —ordenó Arriaga—. The Lookout queda temporalmente suspendido mientras se revisa la suplantación de identidad y la impresión no autorizada.

—¿Suspendido? —pregunté.

—Temporalmente.

—Qué palabra tan amable para una mordaza con fecha flexible.

—Alma.

—No, no me “Alma”. Acaban de usar el logo del periódico para plantar una acusación falsa y su primera respuesta es cerrar el periódico.

—Mi primera respuesta es conservar pruebas, impedir más publicaciones falsificadas y evitar que el daño se extienda.

—El daño ya se extendió. Tiene capturas.

—Precisamente.

—Precisamente nada. Si cierran The Lookout ahora, todo el mundo va a creer que la lista era nuestra.

Arriaga me sostuvo la mirada.

—Si no lo cierro, cualquiera puede seguir publicando en vuestro nombre.

—¿Y si quien publicó tiene acceso institucional? ¿También va a cerrar convivencia? ¿La Fundación? ¿Las credenciales? ¿Los despachos? ¿O solo es fácil cerrar lo que hacemos nosotras?

Hubo un silencio peligroso.

No porque yo hubiera dicho algo brillante. Ojalá. Sino porque lo había dicho delante de demasiada gente. La mitad del vestíbulo estaba siendo evacuada lentamente, pero lentamente en el Aurora significaba que treinta alumnos podían oírte mientras fingían ajustarse la bufanda.

Rodrigo Mencía se acercó entonces.

No a mí directamente. A Arriaga. A Elvira. A la escena. Lo hizo con el aplomo de alguien que había aprendido que las situaciones incómodas podían convertirse en escenario si entrabas con la postura correcta.

—Mi nombre está en esa lista —dijo.

—Lo sabemos —respondió Arriaga.

—El de mi familia también, aunque no aparezca completo.

—Rodrigo, esto se investigará.

—Espero que sí. Porque si un periódico estudiantil puede publicar acusaciones falsas contra alumnos y familias durante una actividad institucional, entonces el problema de convivencia es más grave de lo que se nos ha dicho.

Ahí estaba.

La víctima perfecta.

No porque no tuviera derecho a enfadarse por una lista falsa.

Lo tenía. Ese era el veneno. La lista era falsa.

Rodrigo podía decir la verdad y usarla contra nosotros al mismo tiempo.

Podía colocarse en el lugar de atacado sin mencionar que todo el ataque había sido diseñado para que él pudiera estar allí, impecable, ofendido, razonable, con media escuela mirando.

—No la publicamos —dije.

Rodrigo giró hacia mí.

—Eso tendrás que demostrarlo.

—Qué curioso. Cuando casi nos matan, tenemos que esperar revisión. Cuando aparece tu nombre en una hoja falsa, de pronto la carga de la prueba se vuelve velocísima.

—Ayer una alumna resultó herida después de recibir un mensaje supuestamente tuyo. Hoy Nicolás aparece en una sala oculta después de recibir un mensaje supuestamente tuyo. Ahora aparece una lista firmada por ti. Entenderás que desde fuera…

—Desde fuera se ve justo como alguien quiere que se vea.

—O como tú no quieres que se vea.

Bruno dio un paso hacia mi lado.

No dijo nada.

No hizo falta.

Rodrigo lo miró, luego miró la férula.

—Sada, tú también estás en una situación incómoda.

—No tanto como tú, parece.

—¿Perdón?

—Yo al menos sé quién me empujó para no caerme encima de Alma. Tú todavía estás decidiendo quién te conviene que te haya atacado.

La frase fue seca. Precisa. Muy Bruno. Rodrigo perdió la sonrisa, si es que alguna vez había tenido una.

Darío, desde atrás, soltó una risa baja.

—Bonito equipo, Vera.

—Y tú sigues intentando decidir si formas parte o si solo ladras desde la verja —contesté.

Su cara cambió.

No mucho.

Pero sí.

Rodrigo levantó una mano, sin tocarlo, y Darío se calló. Otra vez la correa invisible. Otra vez la prueba de que Darío podía hacer ruido, pero no decidir cuándo dejar de hacerlo.

Arriaga intervino antes de que aquello terminara en pelea.

—Basta. Rodrigo, tu queja queda registrada. Alma, The Lookout queda suspendido temporalmente, no sancionado. La diferencia importa.

—La diferencia también debería notarse.

—Se notará si colaboráis.

Colaborar. Otra palabra que a veces significaba “ayúdanos a ayudarte” y otras “quieta mientras cerramos la puerta”. Yo ya no sabía distinguirlas bien. O quizá sí, y por eso dolían.

Nos mandaron a nuestras casas.