Capítulo 11 #3
Su cara cambió al ver a Nicolás. Por primera vez, de verdad. No fue un gesto institucional. Fue algo familiar, aunque no cálido: un sobresalto, una preocupación incómoda, quizá el recuerdo de que los apellidos también tenían cuerpos capaces de sangrar.
—Nicolás —dijo.
—No fui yo —repitió Nicolás.
Alonso se detuvo.
—Nadie ha dicho que fueras tú.
—Lo van a decir.
Otra vez esa frase. Esa lucidez del alumno que entiende el relato antes de que el adulto lo pronuncie.
Arriaga miró la sala. El farol. El papel. Mi cara. La tablet rota. Elvira le resumió lo esencial: mensaje suplantado, acceso a sala baja, farol R-C/03, fragmento de informe antiguo, golpe, puerta cerrada, barandilla con posible grasa en la escalera.
—¿Barandilla con grasa? —repitió Arriaga.
—Sí —dijo Bruno—. En el tramo de bajada. Si alguien corría, podía caer.
—¿Hay fotos?
Celia levantó el móvil.
—Sí.
Arriaga no discutió. Tampoco suavizó. Solo dijo:
—Bien.
Bien. Qué palabra más pequeña para un pasillo lleno de pruebas de que alguien había preparado una caída o una escena o ambas cosas.
—Esto no puede seguir llamándose incidencia —dije.
Arriaga me miró.
—No lo llamaré incidencia.
La respuesta fue tan inesperada que casi me desarmó.
—¿Cómo lo llamará?
—Ataque.
Silencio.
Ataque.
La palabra bajó por la escalera, tocó la barandilla manchada, pasó por el farol roto, por el papel chamuscado, por la sangre de Nicolás, por la muñeca de Bruno, por la rodilla de Amina, por la frente de Irene, por mi mano vendada. Ataque. Una palabra fea, directa, no apta para folletos. Por fin.
Elvira cerró los ojos un segundo, como si la palabra le costara y aliviara a la vez.
—Entonces suspenda la Vigilia —dijo Martina.
Arriaga miró hacia la puerta.
—La Vigilia queda suspendida hasta nueva orden.
No sé quién respiró primero. Quizá todos.
Pero el alivio duró poco, porque en el Aurora las palabras tardías siempre llegaban después de que alguien hubiera tenido tiempo de colocar la siguiente ficha.
El comunicador de Elvira sonó.
—Control a prefectura. Se solicita presencia en tablón central. Ha aparecido una publicación no autorizada.
Elvira respondió:
—¿Qué publicación?
Hubo estática.
Luego la voz contestó:
—Una lista. Parece una lista de culpables. Está firmada por The Lookout.
Nos miramos.
No hizo falta correr para saber que ya era tarde.
Corrimos igual.
Llegamos al vestíbulo central entre alumnos apartados, prefectas intentando bloquear la vista y un murmullo que subía por las escaleras como humo.
En el tablón principal, donde esa mañana había estado el programa de la Vigilia, alguien había clavado una hoja grande, impresa con el formato de The Lookout.
Logo, tipografía, márgenes. Muy bien hecho. Demasiado.
Título:
LOS INTOCABLES DE LA RUTA C
Debajo, una lista de nombres.
Rodrigo Mencía.
Darío Mencía.
Tomás Cuervo.
Nicolás Arriaga de la Serna.
Hugo Ferrán del Valle.
Alonso Arriaga.
Fundación Aurora.
Y al final, en letras más pequeñas:
Publicado por The Lookout. Coordinación: Alma Vera García.
No era nuestro.
No era mío.
Pero estaba allí, delante de medio colegio, justo después de encontrar a Nicolás en una sala baja con un farol roto y un fragmento de informe quemado.
El alumno equivocado.
La lista equivocada.
La firma equivocada.
Todo equivocado con una precisión perfecta.
Nora llegó detrás de mí, aún con el pelo húmedo de enfermería. Celia se puso blanca. Martina me agarró la mano sana. Bruno se quedó inmóvil a mi lado.
Rodrigo Mencía apareció en lo alto de la escalera principal.
Leyó su nombre.
Luego leyó el mío.
Y sonrió.
No mucho.
Lo justo para que entendiera que alguien acababa de darle permiso para declararse atacado.
Arriaga arrancó la hoja del tablón con una rapidez que por fin no fue elegante. Demasiado tarde. Varias tablets ya estaban levantadas. Varias fotos ya circulaban. El rumor ya tenía forma, logo y firma.
The Lookout acusaba sin pruebas.
Alma señalaba culpables.
Nicolás aparecía en la lista después de ser encontrado en una sala oculta.
Hugo quedaba manchado.
Darío quedaba señalado.
Rodrigo quedaba convertido en víctima pública de una campaña.
Y la Fundación Aurora, por primera vez, aparecía escrita junto al resto.
Me quedé mirando el hueco que dejó la hoja en el tablón.
Un rectángulo más claro sobre el corcho.
Otra marca fantasma.
Alguien no había intentado matar a Nicolás aquella tarde.
No principalmente.
Lo había colocado en el sitio exacto para que, al aparecer la lista falsa, todos quisieran creer que The Lookout había perdido el control.
Y que yo, por fin, había cruzado la línea.
Arriaga se volvió hacia mí.
No parecía enfadado.
Eso fue peor.
Parecía consciente de que la palabra ataque ya no bastaba.
—Alma —dijo.
—No lo hicimos.
—Lo sé.
Lo dijo rápido. Firme.
Pero alrededor, el vestíbulo ya no escuchaba igual.
Los alumnos miraban la hoja arrancada, a Rodrigo, a Nicolás, a Hugo, a mí.
No importaba que Arriaga lo supiera.
No importaba que Elvira lo registrara.
No importaba que Celia tuviera horarios, fotos, pruebas, capturas.
El relato ya había salido corriendo.
Y esta vez no llevaba farol.
Llevaba mi nombre.