Capítulo 11 #2
Sí, bajamos. Elvira delante, con linterna y comunicador.
Bruno detrás pese a todas las recomendaciones médicas y humanas.
Hugo a su lado. Yo detrás de ellos con Martina, Celia y Laura.
La escalera era tan estrecha que no podíamos ir todos juntos.
Eso me puso nerviosa. Más de lo habitual.
Cada escalón parecía diseñado para recordar tobillos rotos.
La piedra estaba húmeda en los bordes. La barandilla tenía zonas recién limpiadas, demasiado brillantes frente al metal oscuro del resto.
Amina habría odiado no estar allí para decirnos exactamente qué significaba cada mancha.
—No toquéis la barandilla —dijo Bruno.
—¿Por qué? —preguntó Martina.
—Tiene grasa.
Elvira se detuvo.
—¿Estás seguro?
—Brilla distinto.
Saqué el móvil y encendí la linterna. Era verdad. En un tramo de la barandilla, justo antes de un giro, había una película fina, casi transparente. Como aceite. Como algo puesto para que una mano resbalara si alguien bajaba deprisa o intentaba sujetarse.
—Joder —dije.
—Lenguaje técnico aceptado —murmuró Hugo.
La escalera se abría al final en un pequeño rellano con dos puertas.
Una al patio de mantenimiento, cerrada con una cadena nueva.
Otra a una sala baja, quizá almacén, quizá cuarto de material, quizá otra palabra bonita para un sitio donde el Aurora guardaba lo que no quería explicar. La puerta estaba entornada.
Dentro había luz.
No amarilla de farol. Blanca, temblorosa, de tubo viejo.
Y Nicolás estaba en el suelo.
Al principio pensé que estaba muerto.
No es una frase que me guste escribir dentro de mi cabeza, pero fue lo primero.
Estaba tumbado de lado, cerca de una mesa volcada, con el uniforme manchado de hollín y una mano cerrada contra el pecho.
Había cristales pequeños alrededor, restos de papel quemado, un farol antiguo roto y una línea de sangre en su sien.
No mucha. Pero la sangre, cuando aparece en un suelo que no debería tenerla, siempre parece más de la que es.
—Nicolás —dijo Hugo, y su voz se rompió un poco.
Elvira entró con cuidado.
—No toquéis nada.
—Está en el suelo —dije—. Igual priorizamos que respire.
Bruno ya se había agachado a un metro, sin tocarlo.
—Respira.
Me apoyé en el marco porque, durante un segundo, las piernas no me parecieron un sistema fiable.
Hugo se arrodilló junto a Nicolás, pero Elvira le sujetó el hombro.
—Espera. Enfermería viene.
—Tiene sangre.
—Lo sé.
Nicolás abrió los ojos.
No del todo. Lo suficiente.
—No fui yo —murmuró.
Tres palabras.
No preguntó dónde estaba. No dijo qué pasó. No dijo ayuda. Dijo no fui yo.
Porque ya sabía cómo iba a verse.
Y, por desgracia, tenía razón.
La escena estaba escrita con una claridad asquerosa.
Nicolás, vinculado a Arriaga, con información sobre 2014, desaparecido justo después de mencionar la escalera baja, encontrado en una sala oculta cerca del patio de mantenimiento.
A su lado, un farol roto. En el suelo, papeles quemados.
En su mano, algo que Elvira vio antes de que pudiéramos detenerla.
—Nicolás, abre la mano —dijo.
Él negó con la cabeza, confundido, dolorido.
—No.
—Abre la mano.
—No fui yo.
Hugo miró a Elvira.
—Espere a enfermería.
—Necesito ver si hay riesgo activo.
—Es una prueba, no una bomba —dijo Bruno.
Elvira lo miró.
—No sabemos eso.
Bruno apretó la mandíbula, pero no contestó.
Nicolás abrió la mano al final. Dentro tenía un fragmento de papel chamuscado, doblado sobre sí mismo. El borde estaba negro. En el centro se veía parte de un sello antiguo del Instituto Aurora y tres letras mecanografiadas:
…ASIGN…
Celia inhaló.
—Reasignación.
—O asignatura —dije, porque mi cabeza decidió aferrarse a lo absurdo durante medio segundo.
Nadie se rio.
También había una cinta negra pegada al borde del fragmento. La misma clase de cinta que habíamos visto en el patio de mantenimiento. La misma estética triste de quien cree que el mal con material de papelería resulta más profundo.
Elvira no tocó el papel. Lo miró. Luego miró a Nicolás.
—¿Cómo has llegado aquí?
—No sé.
—Nicolás.
—No sé.
—¿Quién te llamó?
Él cerró los ojos, como si intentar recordar le doliera físicamente.
—Mensaje.
—¿De quién?
Abrió los ojos y me miró.
No.
No.
—De Alma —susurró.
El mundo hizo esa cosa horrible de estrecharse.
—Yo no te mandé nada.
—Lo sé.
Lo dijo enseguida. Gracias a Dios. O gracias a lo que quedara allí abajo.
—Lo sé —repitió—. Por eso vine.
—¿Qué decía? —preguntó Bruno.
Nicolás tragó saliva. Le costaba respirar bien. El humo viejo, el golpe, el miedo. Todo.
—Que habías encontrado… la puerta baja. Que necesitabas que viniera solo porque Hugo estaba vigilado. Que no avisara a nadie. Decía… decía una frase que tú no usarías.
—¿Cuál?
—“No me falles ahora.”
Me dio náuseas.
No porque fuera mío. Precisamente porque no lo era.
Era una versión cruel de mí. Una Alma inventada por alguien que entendía mis relaciones lo suficiente para usarlas mal, pero no lo suficiente para hacerlas humanas.
Yo podía ser muchas cosas. Pesada, ácida, imprudente, insoportable antes del desayuno.
Pero no le diría a Nicolás no me falles ahora.
Eso era de alguien que creía que la culpa funcionaba igual en todos los idiomas.
—No era ella —dijo Hugo.
La rapidez con que lo dijo me tocó. No esperaba eso de Hugo, o no todavía. Lo dijo como si ni siquiera hubiera que discutirlo.
—El mensaje —dijo Elvira—. Necesito verlo.
Nicolás intentó moverse y gimió. Tenía la tablet en el bolsillo interior de la chaqueta, o eso dijo. Elvira la sacó con cuidado, delante de todos. La pantalla estaba agrietada. Al encenderla, apareció el mensaje. Remitente: Alma Vera García. Mi foto. Mi código. Igual que con Irene.
Nicolás, encontré la puerta baja. No puedo pedirle a Hugo que venga, lo están mirando. Necesito que vengas solo. No me falles ahora. A.V.
A.V.
Ni siquiera A.V.G.
A.V.
—Ese “A.V.” es una mierda —dije.
Martina me miró, sorprendida por el lugar exacto de mi indignación.
—¿Qué?
—Yo no firmaría A.V. como si fuera una poeta muerta en un anuario.
—Alma —dijo Bruno—, creo que hay argumentos mejores.
—Sí, pero ese también cuenta.
Nicolás soltó una risa mínima, que se le convirtió en tos. Bien. Si podía reírse, aunque fuera un poco, no estaba tan lejos. Esa fue la lógica desesperada que mi cabeza decidió adoptar.
Enfermería llegó con Salvat y Gómez Rivas detrás.
La enfermera revisó a Nicolás, le hizo preguntas, le limpió la sangre de la sien y determinó que tenía un golpe, irritación por humo leve y posible conmoción.
“Leve” volvió a salir. Esta vez nadie dijo nada porque estábamos demasiado ocupados viendo cómo intentaba incorporarse sin caerse.
Gómez Rivas revisó el farol roto. No era ceremonial actual. No tenía etiqueta plateada. En la base, incluso partida, se veía el código:
R-C/03
Otro.
—¿Cuántos faroles R-C/03 hay? —pregunté.
Gómez Rivas no contestó.
—¿Cuántos? —insistí.
—No debería haber ninguno.
—Vamos progresando. Ya pasamos de “objeto fuera de inventario” a “objeto que no debería existir”. Precioso.
Salvat se acercó al papel chamuscado sin tocarlo. Se puso las gafas.
—Ese sello es antiguo.
—¿De qué año? —preguntó Celia.
—No puedo asegurarlo así.
—Pero puede intuir.
Salvat miró a Elvira. Luego a nosotras.
—Formato de informes previos a 2016.
—2014 —dijo Hugo.
—Podría ser.
Nicolás, sentado ya contra la pared, se llevó una mano a la cabeza.
—Estaba en la mesa cuando entré. El farol también. Luego la puerta se cerró. Intenté salir. Se apagó la luz. Algo cayó. No recuerdo el golpe.
—¿Viste a alguien? —preguntó Bruno.
Nicolás negó.
—Oí pasos arriba. Y una voz.
—¿Qué voz?
—No sé.
—¿Masculina? ¿Femenina?
—No sé. Distorsionada por la puerta. Dijo… dijo que algunos nombres siempre encontraban salida.
Laura se cruzó de brazos.
—Eso suena a Mencía.
—Eso suena a medio Aurora —dije.
—Pero Mencía lo diría con más satisfacción.
Elvira pidió registrar todos los objetos.
Gómez Rivas fotografió el panel eléctrico antiguo de la sala baja, el farol roto, la mesa volcada, el suelo y la puerta.
Celia también. Amina no estaba y aun así sentí que la escena le debía una disculpa por existir sin ella.
Salvat se ocupó de que el fragmento chamuscado se guardara en una funda, no en una carpeta de convivencia. Pequeño detalle. Gran diferencia.
Arriaga llegó cuando Nicolás ya estaba en pie con ayuda de Hugo.
Demasiado tarde o justo a tiempo, según la versión que una quisiera construir.