Capítulo 11
La enfermería del Aurora empezaba a parecer una segunda sala común, solo que con peor decoración y más olor a antiséptico.
Amina estaba sentada en una camilla con la rodilla al aire, una gasa apoyada sobre la piel raspada y la expresión de alguien que odiaba muchísimo haber sido dañada por un suelo.
No por una persona, no por una puerta, no por una trampa, sino por un suelo.
En ella eso tenía sentido. Amina podía aceptar que un enemigo la atacara.
Lo que le parecía personalmente ofensivo era que una superficie mal explicada hubiera conseguido tirarla antes de que ella terminara de leerla.
Nora estaba a su lado, con polvo todavía en el pelo pese a que la enfermera le había pasado una toalla húmeda y con una manta sobre los hombros que llevaba como si fuera una capa de superviviente indignada.
Bruno ocupaba una silla cerca de la puerta, la muñeca inmovilizada otra vez con más firmeza, porque al tirar de Elvira durante el chispazo había decidido recordarle a su cuerpo que las lesiones no mejoran cuando una las usa como herramienta.
Yo estaba apoyada contra la pared, con mi mano vendada dentro del bolsillo y la sensación muy clara de que si la enfermera me veía tocarme la venda otra vez me sedaría por compasión o por hartazgo.
Irene e Iván estaban en el pasillo, con Martina.
Celia había ido a buscar a Salvat, o Salvat había ido a buscar a Celia, ya no lo sabía.
Las dos se atraían en situaciones de crisis como carpetas con imán.
Hugo había desaparecido cinco minutos para hablar con Maël otra vez, aunque todos sabíamos que esa conversación iba a ser menos una llamada y más una excavación con uñas.
Laura se había quedado fuera, cerca de la puerta, escuchando demasiado bien. Nicolás no estaba.
Eso último empezó siendo un dato.
Luego se convirtió en agujero.
—¿Dónde está Nicolás? —pregunté por tercera vez.
—No lo sé —dijo Bruno.
—Lo dices como si no te molestara.
—Me molesta muchísimo. Estoy intentando no levantarme.
—Qué maduro.
—Sí. Me está sentando fatal.
Nora, desde la camilla de al lado, levantó una mano.
—Propongo que declaremos a Nicolás oficialmente desaparecido de la categoría “chico raro con información útil” y lo ascendamos a “problema con piernas”.
—No ha desaparecido —dijo Amina, aunque no sonó convencida—. Se fue con Elvira para explicar lo de la escalera baja.
—Eso fue hace veinticinco minutos —dijo Bruno.
—Veintisiete —corregí.
Nora me miró.
—Celia te está contagiando.
—Fue Celia quien lo dijo antes de irse.
—Ah, vale. Entonces solo estás infectada, no perdida.
La enfermera, que estaba limpiando la rodilla de Amina, nos miró con el cansancio de una mujer que había estudiado para curar adolescentes y acababa vendando conspiraciones.
—Si no dejáis de hablar de desaparecidos, escaleras y puertas, voy a avisar a dirección.
—Dirección ya está avisada de sí misma —murmuré.
—Alma —dijo Bruno.
—¿Qué? Ha sido bajito.
—Cada vez menos.
La enfermera terminó con Amina y le puso una venda flexible. “Raspadura superficial”, dijo. Amina la miró como si acabara de insultar a su inteligencia.
—Me caí porque una trampilla estaba mal asegurada.
—Y por suerte solo tienes una raspadura superficial.
—No es “solo” si era evitable.
La enfermera suspiró.
—No he dicho que no importe. He dicho que no necesitas puntos.
Amina se quedó un segundo sin respuesta.
Luego asintió. Eso era lo que estaba empezando a pasar en el Aurora, y por eso quizá las cosas se estaban volviendo más peligrosas: algunos adultos empezaban a corregir el idioma sin negar el daño.
No todos. No siempre. Pero bastaba un poco para que la mentira oficial tuviera menos sitio donde dormir.
Elvira entró en enfermería con la camisa ligeramente arrugada, el moño menos perfecto y una mancha de polvo en la manga.
Seguía siendo Elvira, claro. El edificio podía arder y ella probablemente encontraría una forma de quedar perpendicular al caos.
Pero ya no parecía intocable. El chispazo del cuarto oculto la había rozado más de lo que quería admitir.
—Amina, Nora —dijo—. Necesito tomar declaración cuando enfermería autorice.
Nora se incorporó.
—Yo puedo declarar ahora mismo: nos encerraron, casi nos freímos, el cuarto existe y no aparece en el plano. Fin. ¿Quieres que lo ponga en formato boletín?
—Quiero que lo digas exactamente, sin adornos y con horarios aproximados.
Nora parpadeó.
—Ah.
—¿Ah?
—Nada. Esperaba más censura.
—Yo también esperaba menos cuartos ocultos —dijo Elvira—. Estamos todos reajustando expectativas.
Me habría reído si no estuviera demasiado pendiente de la puerta.
—¿Dónde está Nicolás? —pregunté.
Elvira me miró.
—Pensaba que estaba con vosotros.
El silencio cambió.
No fue enorme. No hizo falta. Bruno se levantó de la silla y la enfermera dijo su nombre con tono de advertencia médica, pero él ya estaba de pie. Amina bajó la pierna de la camilla. Nora se quitó la manta.
—No —dijo la enfermera—. Vosotras dos no vais a ninguna parte.
—Nicolás dijo escalera baja —dije.
Elvira sacó el comunicador.
—Equipo de prefectura, localización de Nicolás Arriaga de la Serna. Último punto conocido: galería de retratos, traslado a revisión de incidencia. Confirmad posición.
Estática.
Luego una voz.
—No consta en sala de revisión.
Otra voz.
—No consta en Cumbre.
Otra.
—No consta en comedor.
Miré a Bruno.
Bruno me miró a mí.
No hizo falta decirlo.
Salimos.
La enfermera protestó, Elvira intentó ordenar algo, Nora anunció que iba aunque tuviera que arrastrarse “con dignidad y manta”, y Amina sencillamente se puso de pie con una mueca de dolor que habría negado bajo juramento.
Al final, Elvira se impuso de una manera que no admitió discusión: Nora y Amina se quedaban con la enfermera y Salvat, que acababa de entrar; Bruno, Martina, Celia, Hugo, Laura y yo iríamos con ella hacia la escalera baja.
No porque fuéramos un equipo de investigación, por supuesto.
Oficialmente éramos testigos relacionados con la incidencia.
Qué bonito. El Aurora podía convertir hasta una persecución en trámite.
Cruzamos el pasillo principal casi corriendo, aunque Elvira insistía en llamarlo “paso rápido”.
El edificio seguía iluminado tras el apagón parcial.
Demasiado iluminado, de hecho. Las lámparas parecían más blancas, más duras, como si alguien hubiera subido la luz para demostrar que no tenía nada que esconder.
Los alumnos estaban siendo conducidos a sus casas.
La Vigilia había quedado “pausada”, palabra que Falcón había anunciado por altavoz con una serenidad que seguramente le costó años de entrenamiento o una relación muy sana con la negación.
En la escalera central nos alcanzó Hugo, que venía del ala de Cumbre con el móvil del colegio en la mano y la cara de quien acababa de oír algo que no quería.
—Maël no responde —dijo.
—¿Desde cuándo? —preguntó Celia.
—Desde que le mandé la foto del cuarto.
—¿Le mandaste la foto? —preguntó Elvira.
Hugo se detuvo medio segundo.
—Sí.
Elvira apretó la mandíbula, pero siguió andando.
—Luego hablaremos de difusión de material sensible.
—Luego hablaremos de que tenía razón sobre la puerta que no aparecía —contestó Hugo.
Yo lo miré con admiración involuntaria.
—Bienvenido al lado desagradable.
—No me felicites. Estoy de muy mal humor.
—Mejor. Aquí rendimos más así.
Laura apareció desde un pasillo lateral.
—Nicolás no está con Arriaga.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Martina.
—Porque Arriaga está con Falcón en el despacho acristalado y tiene cara de no saber dónde está Nicolás o de saberlo demasiado tarde. No sé cuál de las dos me gusta menos.
—¿Darío? —pregunté.
Laura negó.
—No lo he visto.
—¿Rodrigo?
—Tampoco.
Genial. Dos alumnos peligrosamente interesantes fuera de plano justo cuando Nicolás desaparecía camino de la escalera baja. La noche prometía mucho y yo ya empezaba a necesitar otra mano para vendar.
La escalera baja no era la de servicio restaurada, aunque se conectaba con ella por un tramo que el plano nuevo llamaba acceso técnico no operativo.
No operativo. Me encantaba. En el Aurora las cosas no operativas tenían una actividad frenética cada vez que alguien intentaba matar a un becado, asfixiar a una alumna nueva o encerrar a Nora con Amina en un cuarto eléctrico.
Llegamos a través de un pasillo estrecho detrás del pabellón de ciencias, donde el olor a humedad se mezclaba con el de productos de limpieza.
Había una puerta gris al fondo, con un precinto nuevo colocado después del incidente del patio de mantenimiento.
El precinto estaba roto.
Elvira dijo una palabra.
Muy baja.
Nada institucional.
Nora se habría emocionado.
—No entráis —ordenó Elvira.
—Claro —dije—. Nos quedamos aquí, en el pasillo de las decisiones sensatas, mientras la puerta rota nos guiña un ojo.
—Alma, no.
No fui yo quien entró primero.
Fue Bruno.
Lo cual era bastante hipócrita por su parte después de haber construido media personalidad reciente sobre impedirme hacer exactamente eso.
Pero entró porque vio algo que los demás no habíamos visto: una marca negra en el suelo, junto al umbral, como polvo de hollín arrastrado por una suela.
Se agachó, la miró, y luego empujó la puerta con el hombro sano.
—Bruno —dije.
—No entres —me contestó sin mirar.
—¿Ves? Es irritante.
Elvira lo apartó con más rapidez de la que esperaba.
—Nadie entra sin revisar.
Pasó su linterna por el interior. La puerta daba a un tramo de escalera descendente, estrecho, con paredes de piedra y una barandilla metálica.
No había luz principal, solo una emergencia baja al fondo.
El aire que salía olía a humo viejo y a humedad fría.
No humo activo. Humo de algo que se había apagado hacía rato o que se había quemado en poca cantidad.
Peor: olía como el patio de mantenimiento.
—Nicolás —llamó Elvira.
Nada.
Bajamos.