Capítulo 10 #3
—No vinimos solas por gusto —dijo Nora, ofendida incluso en peligro—.
Vimos a Tomás Cuervo salir hacia aquí antes de la ceremonia.
Amina quiso seguirle con distancia. Yo fui porque tengo instinto de niñera hambrienta.
La puerta se cerró detrás. Luego se apagaron luces.
Luego el suelo hizo una cosa que el suelo no debería hacer jamás.
—¿Tomás estaba aquí? —preguntó Elvira.
—Sí —dijo Amina—. Con alguien más. No vi quién. Zapatos negros, bajos. No Cumbre. Adulto o prefecta.
Elvira se quedó muy quieta.
Bruno miró el panel eléctrico.
—Esto controla la galería.
—No toques —dijo Elvira.
—No iba a tocar.
—Sí ibas —dije.
—Un poco.
Amina señaló el panel.
—Alguien manipuló el interruptor. Las luces no fallaron. Las cortaron por sectores.
—¿Y vosotras estabais aquí desde antes? —preguntó Laura.
—Desde las cinco y cuarenta y algo —dijo Nora—. Muy divertido. Diez de diez, no recomiendo.
Celia no estaba allí. Gracias a Dios y desgracia, porque Celia habría tenido un ataque por no poder anotar todo en tiempo real.
Elvira miró a Nora y Amina.
—¿Por qué no avisasteis a una prefecta?
Nora la miró como si la pregunta acabara de insultar a varias generaciones.
—Porque una prefecta, o alguien con acceso de prefecta, acaba de encerrarnos en un cuarto que no aparece en el plano. Pero gracias por la confianza en el sistema.
Nicolás soltó una risa nerviosa. Elvira no.
Un ruido llegó desde el panel.
Un zumbido.
Bruno se giró de golpe.
—Salid.
—¿Qué?
—Todos fuera. Ahora.
No pregunté. Esta vez no. Algo en su voz no dejaba sitio a ironía. Ayudamos a Amina. Hugo sujetó a Nora, aunque ella protestó porque podía caminar, gracias. Irene salió primero con Iván. Laura empujó la puerta abierta para que no se cerrara. Elvira se quedó la última, mirando el panel.
El zumbido aumentó.
Luego hubo un chispazo.
Pequeño, pero suficiente. Un fogonazo azul dentro del panel, olor a cable quemado y humo inmediato. No fuego grande. No explosión. Pero sí humo. Otra vez humo. Otra vez un espacio estrecho. Otra vez alguien dentro donde no debía estar y una puerta que podía cerrarse.
Bruno tiró de Elvira hacia fuera justo cuando el panel soltó otro chispazo. Ella tropezó contra la pared de la galería, respirando fuerte, y por primera vez desde que la conocía la vi despeinada.
Un poco.
Qué momento histórico.
La puerta del cuarto se cerró sola de golpe.
Clic.
La galería recuperó la luz principal tres segundos después.
Toda.
Como si nada.
Como si el edificio acabara de enderezarse la corbata después de enseñarnos los dientes.
El comunicador de Elvira volvió a la vida con una voz llena de estática:
—Equipo 3, informe estado. Se registra apagón parcial en galería de retratos.
Elvira miró la puerta cerrada. Luego a Nora, a Amina, a Bruno, a mí. Tenía la respiración acelerada. La mano le temblaba apenas alrededor del comunicador.
—Equipo 3 completo —dijo—. Dos alumnas localizadas en cuarto técnico no registrado. Una herida leve. Posible manipulación eléctrica. Solicito seguridad, enfermería y Gómez Rivas. Ahora.
Nora levantó un dedo.
—No digas leve.
Elvira la miró.
Nora tenía polvo en el pelo, la cara roja y una furia preciosa.
—No es leve que nos encierren. No es leve que se apague la luz. No es leve que salte un panel. No es leve solo porque no estemos muertas.
Elvira no contestó enseguida.
Luego apretó el comunicador.
—Rectifico —dijo—. Riesgo físico confirmado. Necesito asistencia inmediata.
Nadie habló.
Yo miré a Nora.
Nora me miró a mí.
—¿Ves? —dijo—. Se puede educar a una prefecta.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Bueno, sí. Un poco.
Pero sobre todo porque seguíamos vivas. Porque Amina estaba sangrando pero de pie.
Porque Nora no había perdido la capacidad de decir barbaridades.
Porque Elvira acababa de usar las palabras riesgo físico confirmado en un comunicador oficial.
Porque el farol 3 había abierto un camino y, esta vez, no habíamos corrido solos hacia él: lo habíamos visto juntos.
Entonces Nicolás se acercó a la puerta del cuarto técnico. No la tocó. Solo miró la rendija, el marco antiguo, la cerradura.
—Este era el cuarto —dijo.
—¿Qué cuarto? —pregunté.
—El que no aparecía.
—Eso ya lo sabíamos.
Negó con la cabeza.
—No. Este era el cuarto donde empezó lo de 2014.
El silencio volvió.
Esta vez no era el silencio del patio.
Era más pequeño.
Más cerca.
Más físico.
Nicolás miró la puerta como si al otro lado hubiera alguien respirando desde hacía años.
—Y si han encendido la Ruta C desde aquí, el siguiente punto no es la sala de faroles.
—¿Entonces cuál es? —preguntó Bruno.
Nicolás tragó saliva.
—La escalera baja.
Irene, que seguía junto a Iván, se puso blanca.
—La del patio de mantenimiento.
Nicolás asintió.
—La que termina donde casi cayó el carro.
El edificio, ya iluminado del todo, pareció más limpio de pronto. Más culpable.
Y yo entendí que el apagón no había sido un ataque suelto.
Había sido una demostración.
Una forma de decirnos que la Ruta C seguía funcionando por debajo del plano nuevo, por debajo de las actividades adaptadas, por debajo de los comunicados y las flores blancas del vestíbulo.
Una ruta antigua, escondida en las tripas del Aurora.
Y nosotras acabábamos de encontrar la primera puerta abierta de verdad.