Capítulo 10 #2
Eso casi me hizo sonreír.
Salimos en fila. Hugo e Iván iban delante con una de las alumnas de último.
Laura y Nicolás detrás. Irene caminaba a mi lado, como observadora, aunque ya nadie en el grupo creía que observar fuera una función pasiva.
Bruno iba al otro lado, con la muñeca inmovilizada y un humor de perro bajo la lluvia.
Elvira cerraba la marcha. La segunda prefecta nos esperaba en la biblioteca nueva.
El primer tramo transcurrió sin incidentes.
Qué frase más sospechosa. Atravesamos el vestíbulo, respondimos una pregunta sobre el escudo fundacional, identificamos la inscripción latina sobre la escalera y encontramos el símbolo de Bruma oculto en una moldura de la galería de retratos.
Iván señaló una marca de Lumbre antes que nadie.
Hugo le dijo “bien visto” sin sonar condescendiente, lo cual me pareció un pequeño avance de la civilización.
Nicolás contestó correctamente una pregunta sobre el origen de Cumbre y luego añadió que la respuesta oficial omitía que el primer patrocinador había comprado medio valle después de expulsar a tres familias campesinas.
Elvira lo miró como si fuera yo con otro peinado.
—¿Qué? —dijo Nicolás—. Es historia.
—Historia no autorizada —murmuré.
—La mejor clase.
Durante unos minutos, incluso pensé que quizá la ruta terminaría de verdad sin nada.
No porque el peligro se hubiera ido, sino porque a veces la amenaza también necesitaba descansar.
O porque el farol 3 ya había cumplido su función de campana.
O porque yo tenía muchas ganas de pasar veinte minutos sin que algo llevara mi nombre hacia un expediente.
Entonces se apagó la luz de la galería de retratos.
No todo.
Solo la mitad.
Los focos del lado izquierdo parpadearon una vez, dos, tres, y quedaron apagados.
Los de la derecha siguieron encendidos, creando una línea rara de sombras cortadas sobre los marcos antiguos.
Los retratos de directores y benefactores quedaron partidos por la luz: media cara visible, media cara escondida.
Muy sutil, Aurora. Si alguien lo había hecho por efecto dramático, había que reconocerle oficio.
—Nadie se mueve —dijo Elvira.
Ya era su frase favorita.
Nos quedamos quietos.
Luego, al fondo de la galería, se encendió un farol eléctrico de emergencia.
Uno solo.
No estaba ahí antes. O no encendido. Colgaba junto a una puerta lateral que daba al pasillo de ciencias. Luz amarilla, baja, casi igual que los faroles antiguos.
—Eso no debería encenderse así —dijo Bruno.
—¿Qué es? —preguntó Irene.
—Luz de emergencia de ruta. Se activa si falla el circuito principal.
—Ha fallado medio circuito —dijo Hugo.
—Demasiado limpio —añadió Bruno.
Elvira habló por el comunicador.
—Fallo parcial de luz en galería de retratos. Equipo 3 detenido. Solicito revisión.
No hubo respuesta.
O sí la hubo, pero el comunicador emitió estática.
Un sonido breve, sucio, muy poco Aurora.
La segunda luz se apagó.
Esta vez, detrás de nosotros.
No la galería entera. Solo otro tramo. Quedamos en una zona iluminada por los focos de la derecha y por el farol de emergencia del fondo. Una ruta de luz y sombra. Una invitación.
—No —dije.
Bruno me miró.
—¿Qué?
—Esto quiere que caminemos hacia allí.
Nicolás soltó aire.
—Al menos esta vez lo dices antes de hacerlo.
—Estoy creciendo.
—Qué momento para madurar.
Elvira levantó la tablet. La pantalla no cargaba. Bonito. Muy bonito. Un colegio con sensores, credenciales, lectores, cámaras y una tablet que justo en un apagón parcial decidía desarrollar personalidad de ladrillo.
—Volvemos al vestíbulo —ordenó.
Al girarnos, la puerta por la que habíamos entrado hizo clic.
Cerrada.
No con fuerza. No con dramatismo. Solo cerrada.
Elvira fue hasta ella, pasó su credencial. Rojo. Volvió a pasarla. Rojo. Sacó una llave física del bolsillo interior. La introdujo en la cerradura. No giró.
—Fantástico —dijo Nora en mi cabeza, aunque Nora no estaba allí—. La puerta también está en proceso de revisión.
Elvira no dijo nada. Eso fue peor.
—¿La puerta del fondo? —preguntó Hugo.
—No vamos hacia el farol —dijo Bruno.
—No tenemos muchas opciones —dijo Laura.
—Siempre hay opciones —contestó él.
—¿Como cuál? ¿Esperar a que el edificio decida querernos?
Irene señalaba el suelo.
—Hay luz bajo esa puerta.
No la del farol. Otra. Una puerta lateral más pequeña, a mitad de la galería, casi escondida entre dos retratos. No tenía lector visible. Solo una cerradura antigua y una rendija de luz por debajo.
Nicolás se puso pálido.
—No.
Lo dijo tan bajo que casi no lo oímos.
—¿Qué? —pregunté.
—Esa puerta no estaba.
—Las puertas no aparecen de la nada —dijo Hugo.
—En el plano actual, no está —dijo Irene—. Es la puerta del hueco.
La puerta que no aparecía.
Elvira miró a Irene. Luego a la puerta. Luego a mí, como si mi mera existencia hubiera empezado a materializar arquitectura problemática.
—Nadie se acerca —dijo.
Pero entonces el farol de emergencia del fondo parpadeó tres veces.
Uno.
Dos.
Tres.
Y se apagó.
La galería quedó casi a oscuras, salvo por la línea de luz bajo la puerta escondida y unos focos débiles al otro extremo.
Alguien respiró demasiado fuerte. Tal vez Iván.
Tal vez yo. La oscuridad en el Aurora no era solo falta de luz.
Era memoria. Era 2009. Era Lucía. Era el ala norte.
Era la habitación 226. Era la Mesa 7. Era el patio de mantenimiento.
Era todo lo que el colegio podía hacer cuando nadie veía del todo.
—Todos juntos —dijo Bruno.
No sonó como orden. Sonó como necesidad.
Nos agrupamos. Incluso Nicolás, que solía mantenerse medio paso fuera de cualquier cosa que oliera a pertenencia.
Elvira intentó comunicarse otra vez. Nada.
La tablet seguía sin conexión. Hugo sacó su propia credencial y probó la puerta de entrada.
Rojo. Laura intentó llamar a una prefecta desde su dispositivo. Sin señal.
—Esto no es un fallo de luz —dijo Bruno.
—Gracias —respondí—. Me habría sentido muy decepcionada si lo fuera.
Algo golpeó detrás de la puerta escondida.
Un golpe seco.
Luego otro.
Irene me agarró la manga.
—Hay alguien dentro.
Elvira se acercó a la puerta, pero sin tocarla.
—¿Quién hay ahí? —preguntó.
Silencio.
Luego una voz.
Ahogada. Baja.
—Abrid.
No supe de quién era al principio. La puerta deformaba el sonido. Pero Nicolás sí. Lo vi en su cara antes de entenderlo.
—No —susurró.
La voz volvió.
—Abrid, joder.
Esta vez sí la reconocí.
Nora.
El corazón se me fue a la garganta.
—Nora —dije.
Bruno me agarró del brazo antes de que pudiera acercarme.
—Espera.
—Es Nora.
—O es una grabación.
Le miré como si acabara de decir algo monstruoso. Luego entendí que no era monstruoso. Era posible. Eso era lo monstruoso.
—Nora —grité—. Si eres tú, dime qué escondes en el cajón de The Lookout.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Chocolate negro, patatas y la dignidad de Celia —respondió la voz desde dentro—. ¡Abrid la puñetera puerta!
Era ella.
Fui hacia la puerta. Bruno vino conmigo, porque a estas alturas intentar detenerme era menos eficaz que acompañarme para reducir daños. Elvira probó la cerradura con su llave. Esta vez giró. Demasiado fácil.
Abrió.
Nora estaba dentro de un cuarto estrecho, con polvo en el pelo, la cara roja y una linterna del móvil en la mano. No estaba sola. A su lado, sentada en el suelo, estaba Amina, con una rodilla manchada de sangre y una expresión de rabia tan pura que casi iluminaba más que el móvil.
—¿Qué demonios hacéis aquí? —pregunté.
—Bonito saludo —dijo Nora—. Yo también me alegro de verte.
Amina intentó levantarse y no pudo. Bruno entró para ayudarla, pero ella levantó una mano.
—La rodilla. Me caí al abrirse el suelo.
—¿Al abrirse qué? —preguntó Hugo.
El cuarto era el hueco del plano. Tres metros de ancho, quizá menos.
Estanterías viejas, cables, cajas de mantenimiento, un panel eléctrico antiguo y una trampilla metálica en el suelo, medio levantada.
La línea de luz venía de una bombilla desnuda colgada del techo, parpadeando.
En una pared había marcas antiguas de humo.
En otra, argollas de hierro como las de la galería.