Capítulo 10
No mucho, claro. Tampoco exageremos. El silencio absoluto habría sido demasiado honesto para una institución con comité, protocolo y adultos capaces de convertir un susto en “incidencia operacional”.
Pero durante unos segundos, allí, en el patio central iluminado por faroles, banderas de casas y frases sobre confianza compartida, el colegio entero se detuvo.
Los alumnos dejaron de aplaudir. Los profesores dejaron de sonreír.
Las prefectas dejaron de movernos con las manos.
Incluso Nora dejó de masticar, cosa que, a estas alturas, debería figurar en cualquier informe serio como señal de emergencia.
Elvira fue la primera en moverse. O, mejor dicho, la primera adulta que se movió con sentido.
Levantó una mano hacia las prefectas de su lado y señaló la zona de la galería sin acercarse demasiado.
Dos de ellas empezaron a apartar alumnos con frases suaves.
“Por favor, mantened la distancia.” “No crucéis la línea.” “Seguid con vuestro equipo.” Qué maravilla.
Hasta cuando aparecía un farol amenazante, el Aurora seguía creyendo que la distancia correcta se conseguía con buenos modales.
Arriaga bajó del escenario. No corrió. Nunca corría.
El hombre podía estar viendo caer el techo y seguramente caminaría hasta el derrumbe con la expresión de quien va a revisar una cláusula.
Falcón lo siguió unos pasos por detrás, y ahí sí vi algo en su cara: no miedo escénico, no enfado, sino una preocupación real que intentaba no desordenarle la postura.
Valdés, desde el lateral, no miraba el farol.
Miraba a los alumnos. A nosotros. A Rodrigo. A Darío. A Nicolás.
Nicolás había dejado de respirar bien.
No era una metáfora bonita. Se le notaba.
Tenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en el farol y las manos cerradas a los lados del cuerpo.
Hugo lo vio también y dio medio paso hacia él, pero Nicolás se apartó como si el gesto le quemara.
Rodrigo Mencía, en cambio, estaba inmóvil al otro lado del patio.
Su cara no decía nada. Ese era el problema.
Una cara demasiado vacía en medio de un patio lleno de alumnos confundidos suele esconder más que una cara de susto.
Darío había perdido la sonrisa. Eso, en él, era casi una confesión, aunque todavía no supiéramos de qué.
—No te muevas —dijo Bruno a mi lado.
—No me estoy moviendo.
—Estás preparándote.
—Eso no cuenta como movimiento.
—En ti sí.
Tenía razón, lo cual ya empezaba a ser un vicio muy desagradable.
Estaba quieta, sí, pero por dentro ya había cruzado el patio, mirado el farol, olido la tiza, dado la vuelta al objeto y quizá encontrado debajo una nota con mi nombre, porque mi cerebro era una rata con expediente abierto.
Aun así no me moví. Por Irene, que estaba a unos pasos, pálida pero erguida.
Por Iván, que miraba el farol como si acabara de entender que el juego podía aprender su nombre.
Por Martina, que me observaba desde Bruma con los ojos fijos y una orden silenciosa clarísima: ni se te ocurra regalarles la escena.
Por Bruno, aunque eso no pensaba admitirlo ni bajo amenaza de taller de liderazgo.
Amina levantó el móvil apenas, lo justo para fotografiar sin que pareciera un gesto.
Celia, desde Atlas, hizo lo mismo con una calma admirable.
Nora miró a una prefecta que se acercaba y escondió su tablet bajo el programa de la Vigilia con tal naturalidad que me hizo sentir orgullosa y preocupada a la vez.
The Lookout, aunque estuviera bajo cristal, seguía teniendo manos.
Elvira llegó junto al farol, se detuvo a un metro y miró hacia Arriaga.
—No se toca —dijo él.
—Por fin una frase sensata —murmuré.
Bruno no apartó los ojos de la galería.
—La puerta de mantenimiento está cerrada.
—¿Cuál?
—La lateral. Detrás del farol. Ayer estaba bloqueada después del patio. Hoy debería tener precinto.
—¿Y lo tiene?
—No lo veo desde aquí.
—Qué útil eres cuando no puedes acercarte.
—Gracias.
Irene se aproximó a nosotros. No mucho. Lo suficiente para que yo la oyera.
—Ese farol no estaba antes.
—¿Estás segura?
—Sí. Cuando subí al escenario con Martina miré hacia esa galería. Estaba el farol apagado de siempre, pero no ese en el suelo.
Me giré hacia ella. Tenía la venda en la frente, la bufanda de Bruma y una determinación pequeña que me dolió más que su miedo.
—No tienes que hacer esto ahora.
—Sí tengo.
—Irene.
—Si digo que no miré, es mentira. Miré. Y no estaba.
Celia apareció a nuestro lado, como si la frase la hubiera llamado por el nombre.
—Hora aproximada del encendido de Bruma: 17:12. Aparición detectada: 17:46. Ventana de colocación: treinta y cuatro minutos.
—Celia —dijo Nora, acercándose también—, me encanta que conviertas el terror en agenda.
—Es mi forma de no gritar.
—Respetable.
Elvira habló con una prefecta y luego con Gómez Rivas, el técnico, que había aparecido con una rapidez sospechosa o quizá profesional.
Gómez Rivas se agachó cerca del farol, no lo tocó, lo iluminó con una linterna pequeña y dijo algo que no alcanzamos a oír.
Arriaga escuchó. Falcón miró hacia las casas, como si calculara cuánta verdad se podía permitir delante de tantos alumnos.
La respuesta, al parecer, fue poca.
Falcón subió de nuevo al escenario.
—Alumnado —dijo, con el micrófono en la mano—, se ha detectado un objeto fuera del inventario ceremonial en una zona de paso.
Por seguridad, pausaremos las actividades durante diez minutos mientras el equipo técnico revisa el espacio.
Os pedimos que permanezcáis con vuestros equipos y sigáis las indicaciones de prefectura.
Objeto fuera del inventario ceremonial.
Qué maravilla.
Casi prefería “farol siniestro de posible ruta homicida”, pero entiendo que no quedaba bien con las banderas.
—Van a taparlo —dijo Iván, muy bajo.
Estaba al otro lado de Irene. Las manos raspadas escondidas en los bolsillos de la americana. Ya no parecía admirado. Bien. La admiración era peligrosa. Ahora parecía asustado y enfadado, que al menos era más útil.
—Van a intentarlo —dije.
—¿Y si lo consiguen?
—Entonces lo destapamos otra vez.
Martina llegó hasta nosotros, con permiso o sin él, no lo sé. Elvira estaba demasiado ocupada para detenerla. Me miró a mí primero, luego a Irene, luego a Iván.
—¿Todos bien?
—Define bien —dije.
—Respirando y sin caminar hacia el farol.
—Entonces sí.
—Gran avance.
Bruno señaló con la barbilla hacia el escenario.
—No van a suspender.
—Claro que no —dijo Laura, apareciendo detrás de él—. Suspender sería admitir que el farol significa algo.
—Significa algo —dijo Iván.
Laura lo miró. No con dureza. Con una especie de cansancio triste.
—En este colegio las cosas significan solo cuando alguien con poder decide que significan.
—Pues habrá que decidir mejor —dijo Irene.
La miramos.
Irene se puso roja.
—¿Qué?
Nora le tendió una galleta.
—Nada. Que acabas de decir algo precioso y agresivo. Come para equilibrar.
Irene no cogió la galleta, pero sonrió. Eso bastó.
El comité improvisado alrededor del farol tardó más de diez minutos.
Tardó diecisiete, según Celia, que lo anotó porque Celia podía ser muchas cosas, pero jamás permitiría que el tiempo escapara sin testigos.
Al final, Gómez Rivas levantó el farol con guantes y lo metió en una caja de plástico transparente.
Antes de que cerraran la tapa, Amina logró fotografiar la base.
No sé cómo. Estaba a demasiada distancia, había gente delante y una prefecta la miraba cada tres segundos.
Amina lo hizo igual. Luego me enseñó la imagen ampliada.
Debajo del número 3, casi borrado por una mancha de hollín, había otra marca.
R-C/03
Otra vez.
No era solo una señal nueva. Era el mismo código. Ruta C. Carpeta 03. Tercer punto. Método antiguo.
—Ese farol no debería existir —dijo Hugo.
—Frase que define medio Aurora —respondí.
Él no sonrió.
—No, Alma. Lo digo en serio. Maël dijo que los faroles de esa ruta se destruyeron.
—Pues alguien conserva reliquias familiares bastante feas —dijo Nora.
Rodrigo Mencía pasó a unos metros con su equipo.
No miró el farol. No miró a Hugo. Me miró a mí, un segundo.
Luego siguió. Darío, en cambio, sí miró la caja transparente.
Y, por primera vez desde que lo conocía, lo vi con miedo real.
No miedo a ser descubierto por una travesura.
Miedo a algo que estaba fuera incluso de su control.
Eso me hizo más preguntas que cualquier sonrisa.
La pausa terminó con un comunicado breve de Falcón.
Actividades adaptadas. Continuidad de la ceremonia.
Revisión reforzada. Agradecimiento por la colaboración.
El objeto retirado sería analizado. La Vigilia seguía en pie.
Por supuesto. En el Aurora, si un farol antiguo aparecía con el número 3, la respuesta institucional era añadir dos adultos y seguir caminando hacia la noche.
La siguiente actividad era una ruta corta de orientación interior, aún con luz, para comprobar equipos y puntos de control.
El Equipo 3 fue reasignado a un tramo sencillo: vestíbulo principal, galería de retratos, biblioteca nueva, pasillo de ciencias y regreso al patio.
Nada de galería oeste. Nada de faroles antiguos.
Nada de patio de mantenimiento. Todo perfectamente seguro, que era justo la clase de frase que ya no podía escuchar sin que se me moviera algo en la nuca.
Elvira nos reunió antes de salir.
—La ruta se hará completa, sin desviaciones, con dos prefectas en puntos intermedios y registro manual además de credencial.
—Qué tranquilidad —dije—. Tres formas distintas de equivocarse.
—Alma.
—Era casi positivo.
—Durante esta ruta, cualquier comentario que genere alarma innecesaria será registrado.
—¿Y los comentarios que generen alarma necesaria?
Elvira me miró. Yo la miré. Fue una conversación entera sin palabras. Al final, ella bajó la vista a la tablet.
—También.