La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

El farol se inclinó.

Hugo compensó desde un lado. Nicolás sujetó desde el otro. Iván tropezó con una piedra del suelo y cayó de rodillas, pero no soltó la base. El farol no tocó el suelo. La gente alrededor hizo ese sonido colectivo de susto pequeño que se convierte en risa cuando no pasa nada grave.

No pasó nada grave.

Otra frase preciosa.

Yo llegué hasta Iván antes que Elvira.

—¿Estás bien?

—Sí.

Tenía las palmas raspadas. Nada serio. Lesiones leves, si alguien quería ponerse insoportable.

Tomás levantó las manos.

—Perdón. No te vi.

—Qué raro —dije—. Con lo grande que es tu ego, pensé que tenías visión periférica.

—Alma —dijo Elvira.

—Ha sido sin querer —dijo Tomás.

Amina apareció a mi lado.

—No.

Tomás la miró.

—¿Perdón?

—Cambiaste el paso antes de cruzar. Miraste la base. Rozaste con el hombro. Fue leve, pero no sin querer.

—¿Y tú quién eres?

—Alguien que mira los pies.

Tomás soltó una risa insegura.

—Está loca.

Bruno dio un paso. Hugo también. Nicolás dejó la base sobre el soporte final y se acercó a Tomás con una sonrisa que no tenía nada de amable.

—Cuervo —dijo—. Vete.

Tomás intentó sostenerle la mirada. No pudo.

—Solo fue un roce.

—Vete.

Se fue.

Rodrigo Mencía lo observaba desde el otro lado del patio. No intervino. Darío tampoco. Pero Darío sonreía.

No a mí.

A Nicolás.

Como si Nicolás acabara de hacer algo que no debía.

Iván se levantó, sacudiéndose las manos. Me miró.

—Estoy bien.

—No digas eso como si te hubieran dado puntos extra.

—De verdad.

—Te han raspado las manos.

—Tú tienes la tuya vendada.

—Yo soy una mala influencia con experiencia.

Iván sonrió. Luego miró hacia Tomás, que se alejaba.

—Lo hizo a propósito, ¿no?

Nadie contestó rápido.

Irene, desde su tablilla, dijo:

—Sí.

Y eso fue más importante de lo que pareció. Irene lo dijo en voz alta. Frente al equipo. Frente a Elvira. Frente al patio.

Elvira anotó algo.

—Se registrará como interferencia durante prueba.

—Qué frase tan pequeña —dije.

—Es lo que puedo registrar ahora.

—Entonces registre también que Iván ya estaba amenazado antes de la prueba.

Elvira me miró.

—Eso ya consta.

Otra vez esa sorpresa.

—¿Consta completo? —pregunté.

—Consta.

No era suficiente. Pero era algo.

La prueba terminó con el Equipo 3 en segundo lugar.

A nadie le importó demasiado, salvo a Hugo, que intentó fingir que no le molestaba haber quedado detrás del Equipo 1.

Nora le dijo que no preocuparse por ganar era una habilidad que se aprendía con terapia o con pobreza.

Hugo le dijo que algún día ella sería insoportable en tres idiomas.

Nora contestó que ya estaba trabajando en el segundo.

Durante unos minutos, el patio volvió a parecer un colegio.

Uno raro, sí. Uno lleno de trampas, también. Pero colegio al fin.

Luego se encendieron los faroles del perímetro.

Uno a uno.

Los alumnos aplaudieron.

Las luces amarillas recorrieron las galerías, los arcos, la entrada al patio, las ventanas bajas del edificio principal.

Era precioso. De verdad. La niebla, que había subido durante la tarde, se llenó de pequeños círculos dorados.

El Aurora parecía salido de una historia antigua, de esas en las que una chica ingenua cruza una puerta y aprende algo terrible pero bellísimo.

Me dio rabia que me pareciera bonito. Mucha.

Como si el edificio pudiera seguir seduciéndome mientras intentaba devorarme.

Entonces vi el farol de la galería oeste.

Seguía apagado.

Todos los demás encendidos.

Ese, no.

Y debajo, en la piedra húmeda, alguien había colocado algo.

No una nota. No una foto.

Un farol pequeño, apagado, distinto de los ceremoniales.

Amina lo vio al mismo tiempo. Bruno también. Irene, después. Iván no. Gracias a Dios, Iván estaba mirando sus manos raspadas mientras Nora le daba una servilleta.

El farol tenía el metal oscuro, antiguo.

En la base, incluso desde lejos, se distinguía una marca pintada con tiza blanca.

3

No nos movimos.

Ese fue el avance real.

No corrimos. No gritamos. No fuimos hacia allí.

No le dimos al atacante la foto perfecta de Alma Vera García rompiendo una línea de seguridad durante la ceremonia inaugural.

Nos quedamos quietos. Martina, desde Bruma, me miró y entendió.

Celia sacó el móvil sin levantarlo demasiado.

Amina fotografió desde su ángulo. Bruno se colocó a mi lado, no delante. Eso también fue avance.

Elvira siguió nuestra mirada.

Su cara cambió.

Muy poco.

Pero cambió.

—Nadie se mueve —dijo.

Esta vez no sonó a control.

Sonó a miedo.

Arriaga, desde el escenario, bajó los escalones. Rodrigo Mencía miró el farol desde el otro lado del patio y su expresión se vació por completo. Darío dejó de sonreír.

No era para mí, pensé.

O no solo.

El farol apagado con el número 3 no era una amenaza privada.

Era una campana.

Una forma de decirles a todos los que sabían leer la historia antigua que la Ruta C no había terminado. Que la Vigilia no se había recuperado. Se había reactivado.

Y que el tercer punto ya estaba esperando.