La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Ahí algunas caras de Cumbre hicieron microgestos preciosos.

—Será una experiencia de cooperación. Cada equipo contará con alumnos de distintas casas, cursos y trayectorias. Cada ruta será supervisada. Cada farol se encenderá solo cuando todos los integrantes del equipo estén presentes.

Muy bonito.

Muy medible.

Muy fácil de manipular si alguien decidía registrar que un integrante estaba presente cuando no lo estaba.

Arriaga tomó la palabra después. Habló menos que Falcón, pero con más precisión.

Dijo que habría puntos de control, tarjetas dobles, supervisión docente y revisión técnica.

Dijo que, después de la incidencia del patio de mantenimiento, se habían reforzado medidas.

No dijo ataque. No dijo suplantación. No dijo farol antiguo colocado.

Pero dijo “incidencia” cuatro veces, y cada una me sonó como una puerta cerrándose.

Luego llegó el encendido simbólico.

Cada casa eligió a un alumno para encender un farol ceremonial. Bruma eligió a Irene.

Eso no estaba previsto.

Lo supe porque Martina abrió mucho los ojos desde su fila. Nora dejó de masticar. Iván giró la cabeza hacia mí. Elvira, junto al soporte de faroles, consultó la tablet y llamó:

—Irene Palomar, representante de Bruma.

Irene se quedó inmóvil.

No por timidez solamente. Por golpe. Por haber sido herida en un patio con un farol y, al día siguiente, ser invitada a encender uno delante del colegio entero como símbolo de recuperación o vaya una a saber qué barbaridad emocional había escrito alguien en el margen del programa.

—No —dije.

Bruno me agarró el antebrazo con la mano sana.

—Espera.

—No.

Irene miró hacia nosotras. Hacia Martina.

Hacia mí. Hacia Iván. Podía negarse. Tal vez.

Técnicamente. En público. Frente a Falcón, Arriaga, Elvira, las casas, los alumnos que ya hablaban de ella en voz baja y el colegio entero vestido de tradición.

Qué libertad tan preciosa: poder decir que no cuando todo está diseñado para que parezcas rota si lo dices.

Martina se movió primero. Salió de la fila de Bruma y caminó hasta Irene. No pidió permiso. Eso me pareció una de las cosas más valientes que había hecho Martina, y había hecho unas cuantas. Le habló al oído. Irene negó al principio. Martina le sostuvo la mano. Luego Irene asintió.

Subieron juntas.

Elvira intentó decir algo. Martina la miró. No sé qué mirada fue esa, pero Elvira no lo dijo.

Irene encendió el farol de Bruma con Martina a su lado.

No hubo aplauso inmediato. Luego sí. Primero Bruma. Después las otras casas. Fue un aplauso raro, torpe, sincero en parte, decorativo en otra. Irene bajó del escenario con los ojos húmedos, pero caminando recta. Cuando pasó junto a mí, dijo:

—No iba a dejar que lo hicieran sin mí.

No supe qué contestar.

Así que hice algo muy poco propio: le apreté la mano.

La ceremonia siguió. Cumbre eligió a Rodrigo Mencía.

Lumbre, a Bruno, aunque con la muñeca inmovilizada tuvo que encender el farol con la izquierda y cara de odio físico hacia el mundo.

Atlas eligió a una alumna de último, seria, impecable, que parecía capaz de calcular la combustión simbólica de la llama antes de tocarla.

Cuando los cuatro faroles estuvieron encendidos, Falcón anunció los primeros desafíos públicos de la tarde: pruebas de orientación en patio, memoria de símbolos, traslado cooperativo de farol apagado y ejercicio de confianza entre casas.

Ejercicio de confianza. La expresión me produjo un cansancio inmediato.

El Equipo 3 tuvo que participar en una prueba simple: transportar un farol apagado sobre una base de madera entre cuatro alumnos, sin que tocara el suelo, mientras los demás resolvían pistas para indicar el camino.

Muy bonito. Muy cooperativo. Muy diseñado para que una persona con mano vendada y otra con muñeca inmovilizada se sintieran especialmente útiles.

—Yo no puedo sostener —dijo Bruno.

—Yo tampoco bien —dije.

—Entonces dirigís —dijo Elvira.

—Peligrosísimo —murmuró Laura.

Sostuvieron Hugo, Nicolás, Iván y una alumna de último llamada Sara.

Irene observaba con una tablilla, oficialmente registrando tiempos.

Yo leía pistas con Laura. Bruno revisaba que la estructura no tuviera piezas sueltas, porque al parecer ahora nuestra vara de normalidad era “no dejar que un objeto ceremonial aplaste a nadie”.

El farol era nuevo, con etiqueta plateada.

Amina lo había comprobado desde lejos con el zoom del móvil y me había hecho un gesto de aprobación mínima. Pequeñas alegrías criminalísticas.

La prueba empezó bien.

Eso fue lo primero sospechoso.

Iván estaba nervioso, pero concentrado. Hugo le dio indicaciones sin tratarlo como inútil.

Nicolás no hizo chistes, lo cual podía significar madurez o crisis existencial.

Laura resolvió dos pistas en menos tiempo del previsto.

Yo interpreté un símbolo de Bruma escondido bajo una frase antigua, y Elvira tuvo que admitir que era correcto, momento que debería haber sido enmarcado.

Bruno encontró una astilla suelta en la base y la retiró antes de que Hugo se cortara.

Durante cinco minutos, casi funcionamos como un equipo.

Qué peligro.

En el último tramo, cerca de la fuente vieja, Tomás Cuervo cruzó demasiado cerca con otro grupo. No chocó. No hizo nada que pudiera denunciarse. Solo pasó rozando el borde de la base con el hombro lo suficiente para que Iván perdiera el equilibrio.