Capítulo 9 #2
Iván asintió.
—Vale.
—Y otra cosa —añadí—. No me mires como si yo supiera hacerlo siempre bien.
Se puso rojo.
—No te miro así.
—Sí me miras así. Es incómodo y peligroso para los dos.
—Perdón.
—No pidas perdón por respirar. Ya tenemos suficientes normas.
Iván sonrió un poco.
Entonces su tablet vibró.
Todos nos quedamos quietos.
Iván miró la pantalla. Su cara cambió.
—¿Qué? —pregunté.
Giró la tablet hacia nosotras.
Era una actualización oficial de equipos para la Vigilia.
Equipo 3 — modificación temporal por incidencias recientes.
Irene Palomar: participación adaptada / observadora de ruta.
Iván Luján: incorporación como suplente de Bruma.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Ni siquiera Nora.
Yo sentí que algo frío, muy frío, se me colocaba detrás de la nuca.
Suplente de Bruma.
Sustituto.
La casa acepta sustitutos.
Los sustitutos también aprenden rápido.
Qué bonito cuando la institución y la amenaza hablaban el mismo idioma sin necesidad de presentarse.
—No —dije.
Iván me miró.
—Puedo pedir que me cambien.
—No vas a pedir nada solo.
—Alma —dijo Martina.
—No. Esto no puede ser casualidad.
Celia ya estaba buscando la notificación en su propia tablet.
—La actualización viene del Comité de Convivencia y coordinación de Vigilia. Motivo: redistribución por lesiones leves.
—Lesiones leves —dijo Nora, con una calma que daba más miedo que sus gritos—. Voy a meterle el programa entero a alguien por…
—Nora —dijo Celia.
—No me celies ahora.
Iván parecía cada vez más pequeño en su silla.
Me di cuenta tarde.
Otra vez.
Me obligué a bajar la voz.
—Perdón. No estoy enfadada contigo.
—Ya.
—De verdad. Es que esto…
—Da miedo —dijo él.
Sí.
Eso.
—Sí —respondí.
A veces una palabra corta era lo único decente.
Fuimos a ver a Berta antes de la primera clase.
Martina insistió en que también estuviera Salvat.
Celia pidió que se registrara por escrito que Iván había sido amenazado mediante fotografía antes de ser incorporado como suplente.
Berta, por una vez, no intentó suavizar nada.
Miró la foto, miró la notificación y dijo:
—Esto no debería haberse decidido sin consultar.
—Qué frase tan útil para después —dije.
No se enfadó.
—Tienes razón. Voy a pedir suspensión de la incorporación.
—¿Y si se la niegan?
—Entonces queda constancia de que se pidió.
—La constancia es estupenda hasta que alguien se cae encima de ella.
Berta me sostuvo la mirada.
—También voy a pedir que Iván no participe en ninguna ruta sin doble acompañamiento.
—¿Y la Vigilia sigue? —preguntó Martina.
Berta no contestó enseguida.
Eso fue respuesta.
La mañana avanzó con esa sensación horrible de que el colegio entero estaba preparando una fiesta sobre una grieta.
En Literatura, Valdés nos hizo leer un fragmento sobre rituales de iniciación.
No sé si lo eligió a propósito o si el universo estaba ya escribiendo con un rotulador demasiado grueso.
Hablamos de pruebas, pertenencia, sacrificio simbólico, violencia heredada y de cómo las comunidades convierten el miedo de los nuevos en obediencia.
Valdés hizo preguntas. Los alumnos contestaron con más o menos profundidad.
Yo intenté no mirar a Iván, que estaba dos filas detrás, ni a Irene, que tomaba apuntes con la cabeza un poco baja, ni a Bruno, que escribía con la mano izquierda y mala cara.
—La iniciación —dijo Valdés— suele presentarse como una puerta hacia el grupo. Pero conviene preguntarse quién construye esa puerta, quién tiene llave y qué ocurre con quienes no quieren cruzarla.
Nora murmuró:
—Señor, este hombre nos está leyendo la trama.
No pude evitar reírme. Valdés me miró.
—Vera García, ¿algo que aportar?
—Que las puertas están sobrevaloradas.
—Curioso. ¿Por qué?
—Porque a veces lo importante no es cruzarlas. Es quién puede decir después que tú las abriste.
El aula se quedó en silencio.
No lo dije mirando a nadie. Pero varios miraron a Bruno. Otros a Iván. Otros a mí. Valdés no sonrió. Tampoco me frenó.
—Una observación incómoda —dijo—. Lo que suele significar que merece quedarse un rato.
Y se quedó.
Durante el recreo, The Lookout recibió la respuesta oficial a nuestro artículo.
Bloqueado definitivamente. El motivo: “evitar duplicidades con la comunicación institucional sobre la Vigilia”.
Duplicidades. El Aurora no solo nos había robado el tema.
Ahora nos acusaba de sobrar si insistíamos.
Nora propuso publicar una receta de pan con veneno metafórico.
Celia dijo que no. Amina propuso pegar preguntas en los baños sin firma.
Martina dijo que no todavía. Yo propuse tirar un farol por la ventana.
Nadie me tomó en serio, lo cual fue sensato pero decepcionante.
Al mediodía, Berta confirmó que la incorporación de Iván como suplente no se había suspendido.
Solo se había “adaptado”: participaría en actividades públicas y no en tramos técnicos.
Traducción: seguía en el Equipo 3, pero con una pegatina de cuidado que no lo protegía de nada esencial.
Arriaga firmó la medida. Falcón la validó. Elvira la ejecutaría.
—No tiene sentido —dijo Martina, mirando el correo.
—Sí lo tiene —contestó Laura, que se había sumado a la mesa con una bandeja casi intacta—.
La Vigilia es escaparate. Si sacan a Iván ahora, admiten que la amenaza influyó.
Si te sacan a ti, parece sanción. Si sacan a Irene, parece debilidad.
Así que hacen lo de siempre: lo reorganizan todo para que parezca cuidado.
—Y todos seguimos en el tablero —dijo Bruno.
—Exacto.
Iván estaba sentado entre Nora e Irene. Nora se había tomado su protección como una misión alimentaria y le estaba explicando qué postres eran “seguros” y cuáles parecían “fabricados por gente con rencor a la alegría”.
Irene, a su lado, lo escuchaba con una sonrisa pequeña.
Verlos juntos me produjo una ternura insoportable y un miedo todavía peor.
Los dos parecían demasiado jóvenes de pronto. No en edad. En desprotección.
—No puedo con esto —dije.
Bruno me miró.
—¿Con qué?
—Con que los pongan cerca de mí.
—No los ponen cerca de ti.
—Sí. Iván como suplente, Irene como observadora, tú como parte del equipo y Hugo como testigo útil. Nos están agrupando.
—O están usando el grupo que ya existe.
—Gracias. Mucho mejor.
Bruno apoyó la férula sobre la mesa.
—No puedes echar a todo el mundo para protegerlo.
—¿Y si no sé hacer otra cosa?
La pregunta salió antes de que pudiera cubrirla con un chiste. Bruno no contestó enseguida. Eso, en él, significaba que había entendido demasiado.
—Aprendes —dijo.
—Qué fácil lo haces sonar.
—No. Suena fatal.
—Bien.
—Pero aprendes.
No sé si era esperanza o una orden. En Bruno, a veces, las dos cosas compartían ropa.
La ceremonia inaugural de la Vigilia empezó a las cinco en punto.
El patio central estaba lleno. Alumnos por casas, profesores en los laterales, prefectas con insignias, mesas de control, faroles antiguos alineados sobre un soporte de madera frente al escenario y banderas moviéndose en el aire húmedo.
No había familias todavía, solo comunidad interna, aunque la palabra comunidad parecía haberse puesto zapatos nuevos para la ocasión.
La fuente vieja seguía acordonada, pero habían cubierto el hueco de la placa retirada con una tela gris y dos macetas.
Muy sutil. Si el Aurora hubiera visto un cadáver en mitad del patio, seguramente habría puesto un centro floral encima y una frase sobre memoria compartida.
Elvira pasó lista del Equipo 3. Alma Vera García, tarjeta gris.
Bruno Sada, muñeca inmovilizada, participación adaptada.
Hugo Ferrán del Valle, activo. Laura Escribano, activa.
Nicolás Arriaga de la Serna, activo. Irene Palomar, observadora de ruta.
Iván Luján, suplente de Bruma. Dos alumnos de último que parecían arrepentirse de haber nacido en nuestro equipo antes de empezar.
Nicolás apareció justo antes del cierre de lista. Estaba pálido, pero más compuesto que el día anterior. Al verme, hizo un gesto mínimo.
—¿Has dormido? —pregunté.
—Qué pregunta tan íntima para una relación basada en interrogatorios.
—Eso es un no.
—Tampoco tú.
—Mi insomnio y yo tenemos contrato estable.
Nicolás miró a Iván, que hablaba con Irene unos pasos más allá.
—No deberían haberlo incorporado.
—Ya lo sabemos.
—No, quiero decir que no deberían haber podido.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que alguien quería que pasara y nadie con poder quiso gastar poder en impedirlo.
Lo miré.
—Cada vez das más miedo cuando dices cosas útiles.
—Imagínate vivir conmigo.
—No gracias. Ya tengo suficientes pasillos.
Rodrigo Mencía estaba en el sector de Cumbre, impecable, rodeado de alumnos de último.
Darío estaba a su lado, con expresión aburrida.
Tomás Cuervo hablaba demasiado fuerte. Amina, que no formaba parte del Equipo 3, se colocó con su casa pero buscó nuestros ojos desde lejos.
Celia estaba en Atlas, libreta escondida bajo el programa.
Martina, con Bruma, a dos filas de nosotras.
Nora consiguió situarse cerca de Iván pese a no pertenecer a su subgrupo, probablemente mediante corrupción alimentaria o pura terquedad.
Falcón subió al escenario.
No llevaba traje solemne. Llevaba un abrigo oscuro, bufanda clara y esa serenidad de adulta que sabía que la estaban mirando.
Detrás, Arriaga. A un lado, Salvat. Al otro, varios profesores y prefectos.
Valdés, desde el lateral, parecía más interesado por las caras que por el discurso, lo cual le agradecí internamente.
—Hoy recuperamos una tradición —dijo Falcón—. Pero recuperar no significa repetir. Significa mirar lo que fuimos, reconocer lo que debe cambiar y decidir juntos cómo caminamos de aquí en adelante.
Nora, desde su fila, me miró con cara de estar sufriendo una reacción alérgica al discurso. Yo apreté los labios.
—La Vigilia de las Casas no será una competición de fuerza, ni de prestigio, ni de apellidos —continuó Falcón.