Capítulo 9
La fotografía de Iván durmió peor que nosotras.
Martina se despertó antes de que sonara la campanilla.
Yo ya estaba despierta, porque dormir después de que alguien deslizara bajo tu puerta una foto de un alumno nuevo marcado como “sustituto” requiere un nivel de paz interior que, para qué mentir, no venía incluido con mi beca.
Estaba sentada en la cama, con la espalda contra la pared, la mano vendada sobre las rodillas y la mirada clavada en la foto.
La luz de la mañana era azulada, débil, de esas que entran por la ventana como pidiendo disculpas.
—No la mires más —dijo Martina, con voz ronca.
—No la estoy mirando. La estoy supervisando.
—Alma.
—Vale. La estoy mirando.
Se incorporó despacio y se pasó las manos por la cara. Jacinta, la planta, parecía más viva que nosotras, detalle que me pareció ofensivo.
—Hoy empieza la Vigilia —dijo.
—Sí.
—Van a seguir como si nada.
—No como si nada. Como si todo estuviera “bajo revisión reforzada”, que es mucho más caro.
Martina no sonrió. Mala señal.
—Hay que avisar a Iván.
—Ya le avisé.
—Avisarle bien. No con tu versión de “no hagas el héroe o este colegio te mastica”.
—Fue un mensaje pedagógico bastante claro.
—Fue una amenaza protectora.
—A veces son lo mismo.
Martina me miró. No con reproche. Con cansancio. Ese tipo de cansancio que en ella empezaba a preocuparme más que el miedo. Martina tenía una paciencia enorme, sí, pero no era infinita. Nadie lo era. Y yo llevaba días estirando la paciencia ajena como si fuese una cuerda de tender ropa mojada.
—No puedes proteger a Iván asustándolo tanto que no se atreva a decir nada más —dijo.
—Tampoco puedo dejar que piense que decir la verdad le convierte en invencible.
—No piensa eso.
—Lo pensó ayer cuando vino a buscarnos.
—Vino porque vio algo y le pareció injusto.
—Eso es exactamente el comienzo de casi todas las catástrofes de becados en este colegio.
La frase salió más dura de lo que quería. Martina bajó la vista hacia la foto. Iván, desde el papel, seguía bajando una escalera sin saber que alguien lo estaba convirtiendo en advertencia.
—Puede que tengas razón —dijo ella—. Pero si lo tratamos como víctima antes de que lo sea, también le quitamos algo.
—¿Qué?
—La posibilidad de decidir con miedo, pero decidir.
Me quedé callada.
Lo odié, naturalmente, porque era una frase buena, limpia, molesta y cierta.
Martina tenía esa costumbre cruel de recordarme que proteger a alguien no significaba envolverlo en una manta y llevártelo lejos de todas las preguntas, aunque a mí la opción de la manta cada vez me pareciera más razonable.
Especialmente con Iván. Especialmente con Irene.
Especialmente con cualquiera que no supiera todavía que el Aurora podía convertirte en ejemplo, en rumor, en expediente o en foto bajo una puerta antes de que aprendieras a encontrar el baño de la segunda planta.
—Vale —dije.
Martina levantó una ceja.
—¿Vale de verdad o vale de “voy a hacer lo que quiera usando una definición creativa de consentimiento”?
—Qué injusta eres cuando aciertas.
—Entonces vale de verdad.
—Hablaremos con Iván. Sin asustarlo más de lo necesario. Sin mentirle. Sin convertirlo en bebé.
—Bien.
—Pero si intenta seguir investigando solo, le ato a Jacinta.
—Eso es negociable.
La campanilla sonó entonces, dulce, limpia, insoportable, y la voz del altavoz nos recordó que la ceremonia inaugural de la Vigilia de las Casas tendría lugar a las diecisiete horas en el patio central, con uniforme completo, insignia visible y “actitud acorde al espíritu de pertenencia”.
Espíritu de pertenencia. Qué maravilla. Yo llevaba una foto amenazante en una funda, una mano vendada, una tarjeta gris y una sospecha creciente de que alguien estaba ensayando accidentes con alumnos reales, pero tenía que acordarme de llevar actitud.
Al bajar al desayuno, notamos enseguida que el colegio había cambiado de modo. Ya no era solo vigilancia. Era espectáculo.
En el vestíbulo habían colgado telas de las cuatro casas desde la barandilla principal: gris plata para Bruma, verde oscuro para Cumbre, rojo dorado para Lumbre y azul negro para Atlas.
En las columnas había lazos, faroles apagados y pequeñas placas con frases antiguas de la Vigilia.
La luz se comparte. La ruta se honra. Ninguna casa camina sola.
Todo el edificio parecía haberse maquillado para negar las ojeras.
Los pasillos olían a cera reciente y a flores blancas.
En el patio central estaban montando estructuras de madera, mesas de inscripción, arcos con símbolos y una especie de escenario bajo frente a la fuente vieja, que seguía acordonada pero ahora tenía alrededor dos maceteros enormes, como si las plantas pudieran distraerte del hecho de que allí faltaba una placa.
Nora se detuvo bajo uno de los faroles decorativos del vestíbulo.
—A ver, es precioso —dijo—. Me fastidia muchísimo, pero es precioso.
—El Aurora siempre ha sabido ponerle buena luz a las cosas feas —dijo Amina.
—Y a las caras feas —añadí, viendo pasar a Tomás Cuervo con aire de importancia.
—Eso ha sido gratuito —dijo Martina.
—No. Él seguro que pagó algo.
Celia venía leyendo el programa oficial de la Vigilia, que habían repartido en papel grueso, con el escudo del instituto en relieve. A veces me preguntaba cuánto dinero gastaba el Aurora en lograr que hasta una orden pareciera una invitación de boda.
—Han modificado las rutas —dijo.
—¿Y han cancelado la parte nocturna? —pregunté.
Celia levantó la vista.
—No.
—Qué sorpresa. Mi fe en la sensatez institucional acaba de morir por quinta vez esta semana. Ya no sé dónde enterrarla.
—Han añadido doble supervisión, puntos médicos, revisión previa de faroles y acompañamiento de casas.
—O sea, más adultos en más sitios haciendo como que eso arregla que alguien conozca mejor los sitios que ellos.
Amina señaló una línea del programa.
—La Noche de los Faroles sigue programada para el viernes.
Viernes.
Tres días.
Me pareció lejísimos y demasiado cerca a la vez.
En el comedor, el ambiente era casi festivo.
Casi. Había alumnos emocionados, sobre todo nuevos, que todavía podían mirar las telas, los faroles y las pruebas sin ver una trampa debajo.
Algunos veteranos también estaban contentos, porque el Aurora tenía esa capacidad de hacer que incluso quienes sabían cosas quisieran olvidar un rato.
No los juzgué. Bueno, un poco sí. Pero menos de lo que habría querido.
La belleza cansaba la resistencia. Eso también era una forma de poder.
Iván estaba sentado en una mesa de Bruma, solo en la esquina, con un cuaderno abierto y una tostada intacta.
Miraba el programa de la Vigilia como si fuera un contrato que no sabía si había firmado.
Al vernos, hizo el gesto automático de sonreír y luego se le borró, porque recordó quizá la foto, o mi advertencia, o que ahora mismo ser visto hablando conmigo podía equivaler a ponerse un cartel fluorescente.
Me acerqué antes de que pudiera huir.
—Buenos días —dije.
—Buenos días.
—Eso ha sonado como si te estuviera interrogando Hacienda.
—No sé cómo suena Hacienda.
—Mejor. Conserva la inocencia en alguna cosa.
Martina se sentó frente a él. Nora dejó una galleta sobre su servilleta sin pedir permiso. Amina se quedó de pie, mirando la zona alrededor de la mesa, y Celia ocupó el extremo como si la conversación necesitara acta. Iván tragó saliva.
—No hice nada —dijo.
—Ya lo sabemos —respondió Martina, suave.
—Lo de ayer. Lo que os conté. No se lo dije a nadie más.
—Lo sabemos —repetí—. Y precisamente por eso tenemos que enseñarte algo.
Saqué la funda con la fotografía. No se la puse delante de golpe. Pequeño avance humano. La dejé sobre la mesa, girada hacia él, y esperé.
Iván tardó un segundo en reconocer la imagen.
Cuando lo hizo, se puso blanco.
—¿Quién hizo eso?
—No lo sabemos —dijo Celia.
—La dejaron bajo nuestra puerta anoche —añadió Nora—. Muy de persona equilibrada y con aficiones sanas.
Iván leyó la frase escrita en el margen.
Los sustitutos también aprenden rápido.
La galleta de Nora siguió intacta. Eso también fue una noticia.
—No entiendo —dijo él.
—Sí entiendes —dijo Amina, no cruel, solo precisa—. Por eso tienes miedo.
Iván bajó la mirada.
—¿Creéis que van a hacerme algo?
Esa era la clase de pregunta para la que los adultos inventaban palabras como “probablemente no”, “tomaremos medidas” y “no queremos generar alarma”. Yo no tenía esas palabras a mano. O las tenía y me daban asco.
—Creemos que alguien quiere que tú también tengas miedo —dijo Martina—. Y que quizá quiera usarte para llegar a Alma, o para ensuciar lo que viste, o para hacerte callar.
—Ah —dijo Iván.
Pobre. Ah. Qué sílaba tan triste cuando no queda sitio para otra cosa.
—Por eso no vas solo a ninguna parte rara —dije.
Martina me miró.
Respiré.
—Quiero decir —corregí— que no tienes que resolver nada solo. Ni demostrarnos nada. Ni ayudarnos con pistas. Ni ganarte un lugar en The Lookout, ni en Bruma, ni con nosotras.
Iván me miró con una mezcla de vergüenza y alivio que me dio ganas de morder la mesa.
—Yo no quería… o sea, no era por hacerme el importante.
—Lo sé.
—Es que cuando llegué aquí, todos hablaban de vosotras. De lo que hicisteis. De Lucía, de la Mesa 7, de The Lookout. Y yo pensé que si veía algo y no decía nada, entonces era igual que todos los que no dijeron nada antes.
Nora bajó la vista. Celia dejó de escribir. Martina apretó los labios. Amina miró por primera vez su cara, no sus zapatos.
Ahí estaba el problema de ser convertida en historia.
Que después llegaba alguien como Iván, nuevo, asustado, decente, y creía que la valentía era una línea recta desde ver algo hasta decirlo.
Nadie le contaba cuántas veces esa línea pasaba por despachos, expedientes, noches sin dormir y puertas que se abrían con tu nombre aunque tú estuvieras en otra parte.
—Decir algo estuvo bien —dije—. Lo que no puedes hacer es creer que decir algo te obliga a seguir caminando solo detrás de lo que viste.