Capítulo 8 #3
Nicolás se acercó a mí, no mucho, pero lo suficiente para que su voz bajara.
—Alma, escúchame. Quien está haciendo esto no quiere que encuentres la carpeta. Quiere que parezca que la estás reconstruyendo para justificar lo que hagas después. Si sigues cada pista que te dejan, vas a acabar exactamente donde quieren.
—Y si no las sigo, alguien más ocupa mi lugar.
—Ese es el anzuelo.
—Ya lo sé.
—No. Creo que no.
Bruno se tensó. Martina también. Yo levanté una mano, no para detenerlos, sino para ganar un segundo antes de contestar algo que rompiera la habitación.
—¿Qué es lo que no sé? —pregunté.
Nicolás me sostuvo la mirada.
—Que quizá esta vez no necesitan matarte para ganar.
La frase fue casi peor que la amenaza.
Porque era verdad.
Si conseguían que Irene se culpara, que Bruno se rompiera la muñeca, que Hugo usara su apellido hasta quedar dentro de la historia, que The Lookout pareciera una fábrica de acusaciones y que yo caminara de punto en punto hasta convertirme en el centro de todos los daños, no necesitaban matarme.
Podían dejarme viva, sí, pero rodeada de pruebas, restricciones y gente herida por acercarse.
Podían convertir mi supervivencia en el problema.
—Pues qué alivio —dije—. Igual solo destruyen todo lo que hay alrededor.
Nicolás bajó la vista.
—Por eso tienes que parar.
—No voy a parar.
—Entonces vas a perder a alguien.
La frase salió demasiado rápido.
Demasiado segura.
No como advertencia general. Como recuerdo.
—¿A quién perdieron en 2014? —preguntó Celia.
Nicolás cerró la carpeta de golpe.
—Ya he dicho suficiente.
—No —dije—. Has dicho justo lo necesario para asustarnos y no lo suficiente para ayudarnos.
—Pues quizá asustaros era lo más útil que podía hacer.
Se dirigió a la puerta. Bruno se interpuso sin tocarlo.
—La foto se queda.
—Es mía.
—No. Te la dejaron.
Nicolás lo miró con rabia.
—Aparta.
—Haz una copia —dijo Martina, entrando en medio antes de que aquello se convirtiera en una pelea masculina de pasillo cerrado—. La original, o lo que sea esa fotocopia, la conservamos entre todos. Si alguien quiere plantarte pruebas, no te conviene tenerla solo.
Nicolás dudó. Martina tenía ese don. Podía decirte que estabas siendo idiota y hacer que sonara a cuerda de rescate.
Al final soltó la carpeta.
—Una copia —dijo—. Y no publiquéis nada.
—No pensábamos publicar nada —dijo Celia.
—Eso no me tranquiliza tanto como crees.
Amina hizo fotos detalladas. Celia guardó la fotocopia en una funda. Nora escribió en una etiqueta adhesiva: foto que huele fatal, no tocar con manos de drama. Celia se la quitó y puso otra más aburrida: Ruta C/03 — fotocopia — origen Nicolás A. — pendiente contraste.
—Así nadie querrá leerla —dijo Nora—. Muy inteligente.
Cuando salimos de la sala de atriles, el pasillo estaba vacío.
O casi. En el extremo, junto a la escalera de servicio, había un alumno nuevo que fingía mirar un tablón.
Delgado, pelo castaño claro, uniforme de Bruma con la bufanda mal colocada.
Tendría nuestra edad o quizá un año menos.
Lo había visto un par de veces en el comedor, siempre mirando demasiado y hablando poco. Al vernos salir, se sobresaltó.
—Perdón —dijo.
—¿Estabas esperando a alguien? —preguntó Martina, amable.
—No. Sí. Bueno.
Nora sonrió.
—Gran claridad. Prometes.
El chico se puso rojo.
—Soy Iván. Iván Luján. De Bruma.
El apellido me sonó por la coordinadora residencial del primer año, Teresa Luján, aunque no sabía si había relación. En el Aurora, los apellidos se repetían como ecos, y algunos ecos eran casualidad y otros no.
—Alma —dije.
—Ya lo sé.
Lo dijo con una mezcla de admiración y vergüenza que me puso incómoda al instante.
Ah, no. No, no, no. Otra persona mirando a Alma Vera García como si fuera una señal en un pasillo oscuro.
Bastante tenía con sobrevivir a los que querían usarme de diana; no necesitaba además gente nueva creyendo que yo sabía dónde estaba la salida.
—Eso suele ser mala señal —dije.
Iván se apresuró.
—No, quería decir… The Lookout. Lo del año pasado. Lo de la Mesa 7. Mi hermana lo leyó todo. Bueno, lo que se pudo leer. Y yo…
Se calló, consciente de que estaba entrando en territorio peligroso con la elegancia de una vaca sobre hielo.
—¿Qué necesitas? —preguntó Celia.
Iván miró hacia la escalera.
—Vi algo ayer. Después de lo del patio. Pero no sé si sirve.
Todas nos quedamos quietas.
Bruno dio un paso.
—¿Qué viste?
Iván se asustó un poco. Bruno con férula seguía imponiendo bastante, quizá porque parecía aún más dispuesto a hacer algo imprudente con una sola mano.
—A un alumno saliendo de la zona de proveedores antes de que sonara la alarma. No vi la cara. Llevaba chaqueta de Cumbre. O eso creo. Y algo negro en la mano. Como una cinta o una correa.
—¿Por qué no lo dijiste? —preguntó Hugo.
Iván lo miró y se encogió.
—Porque era Cumbre.
Así de simple.
Así de horrible.
Hugo no contestó. Bien por él.
—¿A qué hora? —preguntó Amina.
—No sé. Antes de las cuatro. Yo iba tarde a música. Quizá diez minutos antes. Luego escuché la alarma.
—¿Y por qué nos lo cuentas ahora? —pregunté.
Iván me miró.
—Porque vi el comunicado. Y porque decían que habíais entrado donde no debíais. Y porque… no sé. Porque si nadie dice nada, luego parece que nada pasó.
La frase me tocó de una manera que no quise mostrar. Era demasiado parecida a todo.
—Iván —dije—, escucha. No hables de esto con nadie más. Nadie. Ni con amigos, ni con prefectas, ni con gente que te diga que es por tu bien.
—¿Ni con adultos?
Martina me miró.
—Con Salvat —corregí—. Si tienes que hablar con una adulta, Salvat. O Berta, quizá. Pero no solo. Y no sin avisarnos.
—Vale.
—Y otra cosa. No me sigas.
Iván parpadeó.
—¿Qué?
—No me sigas. No intentes ayudar investigando por tu cuenta. No vayas a sitios porque crees que The Lookout necesita pruebas. No hagas el héroe. Este colegio mastica a los héroes nuevos y luego dice que se atragantaron solos.
Martina me puso una mano en el brazo. Esta vez no para detenerme. Para sostener la frase.
Iván asintió, pálido.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Sí. Vale.
Nora se acercó y le dio una galleta.
—Come. Acabas de ser reclutado y expulsado de una investigación al mismo tiempo. Es confuso.
Iván la aceptó como si fuera un documento oficial.
—Gracias.
Se fue por la escalera principal, mirando dos veces hacia atrás. Me quedé viéndolo marcharse con una sensación fea. No miedo inmediato. Algo más lento. Como una sombra que todavía no tocaba el suelo.
—No deberías haberle hablado tan duro —dijo Hugo.
—Sí debía —respondí.
—Solo quería ayudar.
—Precisamente.
Nicolás, que no se había ido todavía, miró hacia la escalera por donde Iván había desaparecido.
—Tiene cara de sustituto.
Se me heló la sangre.
—No digas eso.
—Es lo que estáis pensando.
—Pues no lo digas.
—El mensaje decía que la casa acepta sustitutos.
—Cállate.
Mi voz salió baja. No grité. Eso lo hizo peor.
Nicolás me miró, y por primera vez no encontré en su cara ni arrogancia ni ironía. Solo una culpa anticipada, como si hubiera visto esa historia antes y supiera que no bastaba con avisar.
—Por eso tienes que parar —dijo.
No le contesté.
No porque no tuviera respuesta.
Porque, por primera vez, no estaba segura de que la mía fuera buena.
Esa noche, cuando volví a Bruma, encontré algo bajo la puerta de nuestra habitación.
No una nota.
Una fotografía.
Martina la vio al mismo tiempo que yo. Me agarró de la muñeca antes de que pudiera tocarla. Celia, llamada de emergencia desde el pasillo, trajo una funda. Amina fotografió el suelo, la rendija de la puerta, la posición exacta. Nora dejó de hacer bromas, lo cual siempre era la peor señal.
La foto era reciente.
Se veía a Iván en la escalera principal, de espaldas, alejándose después de hablar con nosotros. La imagen estaba tomada desde arriba, desde un ángulo imposible para alguien que simplemente pasara por allí. En el margen inferior, escrito con rotulador negro, había una frase.
Los sustitutos también aprenden rápido.
Martina cerró los ojos.
Celia murmuró una palabra.
Amina miró hacia el techo.
Bruno no estaba allí, pero habría dicho que no fuera sola, que no corriera, que no alimentara la ruta. Y habría tenido razón. Otra vez. Qué insoportable.
Yo miré la foto de Iván.
Después mi tarjeta gris.
Después la puerta.
Y sentí, con una claridad que me dejó helada, que el juego acababa de elegir una pieza nueva.
No porque Iván supiera demasiado.
Todavía no.
Sino porque había cometido el error más peligroso que podía cometer alguien nuevo en el Aurora.
Había creído que decir la verdad lo protegía.
Y yo ya sabía que, en este colegio, la verdad sin protección era solo otra forma de quedarse solo en mitad del pasillo.