La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Tomás miró automáticamente los zapatos de Darío. Error. Rodrigo también lo hizo, pero más tarde. Darío no bajó la vista. Eso, de alguna manera, lo delató más.

—Qué observadora —dijo Darío.

—Sí.

—Igual todos pasamos por patios.

—Por ese no todos.

—¿Me estás acusando de algo?

Amina levantó la cabeza.

—No. Estoy describiendo tus zapatos.

Nora se llevó una mano al pecho.

—Qué violencia tan limpia. Me encanta.

Rodrigo intervino antes de que Darío respondiera.

—Darío estuvo conmigo después de la alarma.

—Después —dije.

—Después.

—¿Y antes?

Rodrigo no contestó enseguida. Darío sonrió otra vez, pero su sonrisa ya no estaba cómoda. Tomás miraba la puerta de la sala de trofeos, quizá deseando que apareciera un adulto, un incendio o una grieta en el suelo por la que escapar.

—Antes no soy su custodio —dijo Rodrigo.

—Qué pena. Parecía el cargo natural.

La puerta de la sala de trofeos se abrió entonces. Hugo salió primero. Detrás, Laura. Y detrás de Laura, Nicolás.

Tenía mala cara.

No de “he dormido poco”, que en el Aurora era casi uniforme.

Mala cara de verdad: ojeras profundas, piel pálida, labios apretados, una mano cerrada alrededor de una carpeta fina.

Al ver a Rodrigo y Darío, se detuvo. No fue miedo escandaloso.

Nicolás no regalaba tanto. Fue una pausa. Un error mínimo en la coreografía.

Rodrigo lo vio.

—Nicolás —dijo—. Te buscaban.

—Qué novedad.

Darío se apoyó contra la pared.

—Te estás volviendo popular.

Nicolás no lo miró.

—No tanto como tú.

La frase era seca. Darío la recibió con una sonrisa peligrosa.

—Cuidado. La popularidad en este colegio trae accidentes.

Bruno se movió otra vez. Esta vez yo le toqué el brazo con la mano sana. Fue automático. Él se detuvo. Darío lo notó. Por supuesto que lo notó. Sus ojos bajaron a mis dedos sobre la manga de Bruno y luego subieron a mi cara con una diversión desagradable.

—Qué bonito —dijo—. La tragedia une.

—Y la estupidez habla —contesté.

Martina murmuró mi nombre.

Rodrigo miró a Darío con un fastidio más claro.

—Vámonos.

—¿Ya?

—Ahora.

No fue una sugerencia. Darío mantuvo la sonrisa un segundo más, pero obedeció. Eso me interesó muchísimo. Darío podía provocar, cortar, morder, pero Rodrigo tenía una correa que no se veía. Tomás se movió detrás de ellos con alivio.

Antes de bajar la escalera, Rodrigo se volvió hacia mí.

—Alma, un consejo.

—Qué día tan generoso.

—No confundas a los que hacen ruido con los que deciden.

Dijo la frase sin sonreír. Luego se fue.

El pasillo quedó raro después. Como si alguien hubiera dejado una ventana abierta dentro de una conversación.

—Eso ha sido amenaza o confesión —dijo Nora.

—Ambas —contestó Laura.

Nicolás seguía en la puerta de la sala de trofeos. Parecía a punto de volver a entrar, de marcharse, de vomitar o de todo a la vez. Hugo cerró la puerta detrás de él.

—Tenemos que hablar —dijo Hugo.

Nicolás soltó una risa seca.

—Qué frase tan original. ¿La ensayasteis todos?

—Sí —dije—. También tenemos coreografía, pero Bruno está lesionado y nos arruina la simetría.

Bruno me miró.

—¿Qué?

—Nada. Tensión.

Nicolás negó con la cabeza y empezó a caminar hacia la galería lateral.

—No aquí.

Lo seguimos. O, para ser exactos, él caminó y nosotros nos desplazamos detrás con una discreción equivalente a una banda municipal.

Al final, Laura nos hizo detenernos en una sala pequeña usada para guardar atriles y material de actos.

Estaba vacía, olía a madera y polvo, y no tenía cámara visible.

Amina comprobó la ventana. Bruno miró el interruptor, el respiradero y la cerradura.

Celia cerró la puerta. Nora se sentó sobre una caja sin permiso y sacó otra galleta.

—No puedo con tu capacidad de picar en momentos críticos —dijo Nicolás.

—Es mi mecanismo de regulación —respondió Nora—. Tú deberías probarlo. Igual dejas de parecer una estatua con secretos.

Nicolás se pasó una mano por la cara.

—No sé nada.

—Eso ha sido rápido —dije—. Normalmente las mentiras hacen precalentamiento.

—Alma —dijo Martina.

—¿Qué? Estamos ahorrando tiempo.

Nicolás me miró. Tenía los ojos cansados. Eso me descolocó. Yo estaba preparada para arrogancia, evasivas, medias sonrisas, frases con apellido. No para cansancio.

—No sé quién está haciendo esto —dijo—. No sé quién envió los mensajes. No sé quién tocó las credenciales. No sé quién puso el farol en el patio.

—Pero sabes algo de Ruta C —dijo Celia.

Él bajó la vista a la carpeta que llevaba.

—Sé historias.

—En el Aurora, las historias suelen sangrar cuando las rascas —dije.

—Sí. Bueno. Esta sangró antes de que yo naciera aquí, así que perdona si no tengo ganas de poner el dedo.

Hugo dio un paso hacia él.

—Nicolás, Maël dijo que en 2014 no hubo un accidente con un farol. Dijo que hubo un farol colocado para que pareciera un accidente.

Nicolás cerró los ojos.

—Tu hermano siempre habló demasiado cuando no debía.

—¿Eso es confirmación? —preguntó Celia.

—Es un comentario.

—Tus comentarios están muy cerca de los precipicios —dije.

Nicolás abrió la carpeta. Dentro había una copia antigua de una fotografía. No un original; una fotocopia en blanco y negro, doblada por la mitad. La puso sobre una caja entre nosotros.

Era la sala de faroles, o quizá la antesala. Se veía una fila de alumnos con uniformes antiguos, faroles en la mano, cintas de casas y una puerta al fondo que no aparecía en el plano actual. En la esquina inferior había una marca escrita a mano: Ruta C / 03.

Debajo, cinco nombres tachados con rotulador negro.

No se leían.

Pero uno de ellos tenía iniciales a un lado, añadidas en lápiz.

L. M.

Sentí que el estómago se me apretaba.

L. M.

No quería saltar. No debía saltar. Había muchas L.

M. en el mundo. Pero en el Aurora, las iniciales no aparecían por casualidad.

En mi primer año, en la habitación 226, había visto unas marcas en el cajón.

L. M. — 2009. Lucía Mansilla. Una historia anterior.

Una herida anterior. Pero esta foto era de 2014, otra cosa, otro expediente, otra ruta.

O quizá el Aurora era una máquina que repetía iniciales porque le encantaba burlarse de la gente que intentaba ordenar su horror.

—¿Quiénes son? —preguntó Martina.

—No lo sé.

—Nicolás —dijo Hugo.

—No lo sé completo.

—Eso ya es otra cosa —dijo Celia.

Nicolás respiró hondo.

—Ruta C era una ruta de la Vigilia. No oficial para todos.

Solo para equipos seleccionados. No preguntéis por qué.

No tengo claro si era privilegio, castigo o las dos cosas, que aquí siempre han convivido estupendamente.

En 2014 hubo un incidente. Un alumno acabó en el patio de mantenimiento.

Humo, un farol, una caída. Eso es lo que se contaba.

—Como ayer —dijo Irene, muy bajo.

Nicolás la miró. Se le suavizó un poco la cara.

—Sí. Como ayer.

—¿Murió alguien? —pregunté.

Nicolás negó.

—No entonces.

La frase dejó la sala helada.

—Define entonces —dijo Bruno.

—El alumno sobrevivió al accidente. Pero cargó con la culpa. Dijeron que había entrado en zona restringida, que había manipulado faroles, que quería sabotear la Vigilia. Perdió la beca. Se fue antes de acabar el curso.

—¿Y después? —preguntó Martina.

Nicolás tragó saliva.

—Después murió. Meses más tarde. No en el colegio.

Nadie habló.

Hasta Nora dejó de comer.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Celia.

—No lo sé.

—Nicolás.

—No lo sé —repitió, más fuerte—. Ese es el problema. Nadie dice el nombre. En mi casa lo llamaban “el chico de la Ruta C”. En documentos viejos aparece como reasignación, incidencia, baja voluntaria. Pero el nombre no. Nunca el nombre.

Baja voluntaria.

Qué frase tan Aurora. Te quemaban la vida y luego escribían que te habías marchado por voluntad propia.

—¿Y los cinco nombres tachados? —preguntó Amina.

Nicolás miró la foto.

—Eran alumnos del equipo. O testigos. O responsables. No lo sé. Uno de ellos era un Mencía.

Laura cerró los ojos.

—Por supuesto.

—¿Rodrigo? —pregunté.

—No. Rodrigo era niño. Un tío suyo. O un primo mayor. La familia nunca lo aclaró. El apellido aparece en conversaciones, no en papeles.

—Qué conveniente —dijo Nora.

—Y Arriaga —añadió Nicolás.

Hugo se quedó inmóvil.

—¿Tu familia?

Nicolás sonrió sin humor.

—¿Por qué crees que no quiero hablar?

La sala pareció hacerse todavía más pequeña.

—Mi tío trabajaba en orientación entonces —dijo—.

No Alonso. Otro. Pero Alonso estuvo vinculado a la Fundación poco después.

Mi familia sabe que hay una carpeta. Sabe que hubo reasignación de responsabilidad.

Sabe que un alumno sin protección cargó con lo que hizo alguien con apellido. Eso es todo lo que sé.

—No es poco —dijo Martina.

—No es suficiente.

—¿Por qué tienes esa foto? —pregunté.

Nicolás me miró.

—Me la dejó alguien.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Nicolás.

—La encontré en mi mesa ayer. Después de hablar con Hugo.

Bruno se inclinó sobre la foto.

—Entonces alguien quiere que la tengas.

—O quiere que parezca que la tengo desde antes —dijo Celia.

Nicolás la señaló.

—Exacto. Por eso no quería enseñarla.

—Pero la estás enseñando —dijo Irene.

Él la miró otra vez.

—Porque ayer casi te matan repitiendo una historia que en mi casa llevan años llamando confusión.

Irene bajó la vista. Yo sentí algo raro en el pecho. No perdón. No confianza completa. Pero sí una grieta. Nicolás tenía miedo, sí. Pero no solo de quedar implicado. Tenía miedo de que lo que sabía fuera cierto y de que su silencio estuviera ya manchado.

—¿Qué significa L. M.? —pregunté.

—No lo sé.

—Otra vez.

—Alma, si lo supiera, te lo diría.

—¿Seguro?

—No. Pero ahora creo que sí.

Qué respuesta tan insoportablemente honesta.

Amina fotografió la fotocopia. Celia copió la marca. Bruno estudió la puerta del fondo de la imagen.

—Esa es la puerta que no aparece en el plano.

—Sí —dijo Irene—. Está antes de la sala interior.

—Y el farol del patio llevaba el mismo código —añadí—. R-C/03.

Nicolás asintió.

—Entonces ya sabéis por qué no debéis seguir esa ruta.

—No funciona así —dije.

—Debería.

—Pues reclama al fabricante.