Capítulo 8
Nicolás Arriaga de la Serna tenía una forma muy elegante de desaparecer.
No desaparecía como desaparece una persona normal, dejando de estar en un sitio y ya.
Qué va. Nicolás desaparecía generando alrededor un pequeño clima de excusas, silencios y gestos vagos.
Alguien lo había visto salir de clase de Historia antes de tiempo porque lo llamaron de dirección.
Alguien aseguraba que estaba en enfermería, aunque enfermería lo negaba con la cara de quien ya no quería más adolescentes con secretos durante una misma semana.
Una alumna de Cumbre dijo que lo había visto en el patio de fundadores hablando por teléfono, lo cual era imposible porque los teléfonos personales estaban restringidos durante horario lectivo, así que probablemente era verdad.
Hugo intentó encontrarlo en Cumbre y volvió con esa expresión de chico acostumbrado a que las puertas se le abrieran y bastante ofendido porque una, por fin, hubiera decidido cerrársele en la nariz.
—No está en la residencia —dijo, dejándose caer en el banco del patio cubierto.
—¿Te han dicho eso o lo has comprobado? —preguntó Celia.
—Me lo ha dicho su compañero de habitación.
—Entonces no lo has comprobado.
Hugo la miró.
—Celia, no puedo entrar en su habitación.
—No he dicho que puedas. He dicho que no lo has comprobado.
—Me fascina tu concepto de apoyo.
—No es apoyo. Es precisión.
—La precisión está empezando a caerme fatal —murmuré.
Martina me miró de reojo.
—Tú misma dijiste que Arriaga te pidió precisión.
—Ya. Y fue un momento oscuro de mi vida.
Estábamos en el patio cubierto, una galería abierta que conectaba el edificio principal con el pabellón de ciencias y que, en días de lluvia, se convertía en una especie de río de uniformes, paraguas y quejas controladas.
El tiempo había vuelto a empeorar, porque el sol del día anterior solo había venido a burlarse.
La niebla se había instalado otra vez entre los jardines y la lluvia golpeaba el tejadillo con un sonido constante, casi doméstico, si una podía llamar doméstico a estar rodeada de piedra antigua, alumnos vigilados y una investigación no autorizada sobre faroles que quizá ya habían intentado matar a alguien.
Bruno estaba sentado en el borde del banco, con la muñeca inmovilizada sobre la rodilla y un humor bastante peor que el mío, lo cual ya era competir en primera división.
Cada vez que alguien mencionaba su férula, respondía que estaba bien.
Cada vez que intentaba coger algo con la mano derecha, se le iba el color de la cara.
Mauro lo había llamado idiota dos veces antes de desayunar y luego le había dejado una bolsa de frutos secos en la mochila, porque algunas amistades masculinas, por lo visto, funcionaban a base de insulto y provisiones.
Irene no estaba con nosotras. Había vuelto a clase, sí, pero Berta le había recomendado no sumarse a “actividades emocionalmente intensas” durante veinticuatro horas. Nora había preguntado si el Aurora ofrecía alguna actividad que no lo fuera. Berta no respondió. Punto para Nora.
—Nicolás sabe algo de Ruta C —dijo Amina, que estaba de pie junto a una columna, mirando el barro pegado a las suelas de los alumnos que pasaban—. Y sabe que lo sabemos.
—Eso explicaría que se esconda —dijo Laura.
—O que lo estén escondiendo —dijo Celia.
—O que se esconda de quienes quieren esconderlo —añadí.
Nora me ofreció una galleta desde el otro extremo del banco.
—Toma. Cuando empiezas con frases así, necesitas azúcar.
—No necesito azúcar.
—Todas necesitamos azúcar. Algunas además necesitan terapia y una orden judicial.
Acepté la galleta porque soy una persona de principios flexibles.
Hugo miraba hacia el arco por donde salían los alumnos de Cumbre.
No estaba cómodo allí. Se le notaba en los hombros, en la forma de sostener la mandíbula, en lo poco que hablaba.
Desde lo del farol R-C/03 y la llamada con Maël, Hugo parecía haber descubierto que su casa tenía sótanos aunque él hubiera crecido viviendo en los salones.
Eso no lo convertía automáticamente en inocente de nada, ni en aliado perfecto, ni en pobre chico con dilema moral.
Pero lo hacía más interesante. Y en el Aurora, por desgracia, lo interesante solía venir con peligro incluido.
—Si Nicolás no quiere hablar, quizá no hay que perseguirlo —dijo Martina.
—No vamos a perseguirlo —contesté.
Todas me miraron.
—¿Qué?
—Has dicho eso con muy poca credibilidad —dijo Laura.
—Estoy sufriendo un prejuicio grupal.
—Estás sufriendo continuidad narrativa —dijo Nora.
—No pienso perseguir a Nicolás. Pienso encontrarlo de manera casual y preguntarle con tacto.
Bruno levantó una ceja.
—Define tacto.
—No gritarle en los primeros treinta segundos.
—Ambicioso.
—Me estáis faltando mucho al respeto para ser personas que aprecian que siga viva.
Martina se sentó a mi lado y bajó la voz.
—Alma, si Nicolás está asustado, presionarlo puede hacer que se cierre más. O que alguien note que habla con nosotras.
—Lo sé.
—Y si no está asustado, sino implicado…
—También lo sé.
—Entonces deja que Hugo lo intente primero.
Hugo se volvió hacia nosotras.
—Lo he intentado.
—Inténtalo diferente —dijo Amina.
—¿Eso es un consejo o una orden?
—Una observación con posibilidades.
Hugo suspiró. Luego se levantó.
—Sé dónde puede estar.
—¿Y eso no lo dijiste antes por…? —preguntó Celia.
—Porque no quiero llevaros allí.
—Qué frase tan invitación —dijo Nora.
Hugo miró a Bruno.
—La sala de trofeos de Cumbre.
—¿Por qué estaría allí? —pregunté.
—Porque es uno de los pocos sitios donde puede estar sin que parezca que se esconde. Cumbre usa la sala para reuniones informales de mentores, antiguos alumnos y actividades de casa. Si alguien pregunta, puede decir que estaba revisando material de la Vigilia.
—¿Podemos entrar? —preguntó Amina.
—No.
—Perfecto —dije—. Ya tenemos destino.
—No —dijeron Martina y Bruno a la vez.
Se miraron.
Yo los miré.
—Qué bonito. Ya coordináis mi represión.
—Hugo entra —dijo Bruno—. Nosotros esperamos fuera.
—Eso es razonable —dijo Martina.
—Eso es aburridísimo —dije.
—La razonabilidad suele serlo —dijo Celia.
Hugo no parecía convencido, pero aceptó.
Laura decidió acompañarlo hasta la entrada porque, según ella, una chica de su curso estaba allí y podía “hacer de excusa social”, frase que me pareció tristísima y útil.
Bruno quiso venir también. Yo le señalé la muñeca.
Él me señaló la mano vendada. Quedamos empatados en estupidez corporal y fuimos todos, porque el Aurora quizá nos había hecho muchas cosas, pero no nos había enseñado a quedarnos quietos cuando olíamos sangre en el pasillo.
La sala de trofeos de Cumbre estaba en el primer piso del ala noble, cerca de la escalera principal y bastante lejos de cualquier cosa que se pareciera a mi experiencia vital.
Para llegar, atravesamos una galería con retratos de antiguos alumnos destacados, todos con cara de haber descubierto pronto el placer de ser obedecidos.
Las placas doradas brillaban bajo luces cálidas.
Había vitrinas con copas, medallas deportivas, fotografías de equipos de debate, trofeos de esgrima, premios de matemáticas, reconocimientos internacionales y una bandera antigua de Cumbre doblada detrás de un cristal.
En la puerta, el símbolo de la montaña estaba grabado en madera oscura.
—Este sitio huele a apellido —dijo Nora.
—Nora —murmuró Martina.
—¿Qué? Es descripción sensorial.
Hugo pasó su credencial por el lector. Verde.
Claro. La puerta se abrió con un clic suave y él entró con Laura.
Los demás nos quedamos en la galería, intentando parecer un grupo de alumnos perfectamente normales que casualmente se habían reunido frente a una sala exclusiva de Cumbre con heridas recientes, caras de sospecha y una bolsa de galletas. Muy convincente.
No tardamos ni dos minutos en llamar la atención.
—Vera García —dijo una voz desde la escalera.
Darío.
Por supuesto.
Subía con Rodrigo Mencía y otro chico de Cumbre, Tomás Cuervo, que me sonaba de haber sido nombrado por Laura.
Tomás tenía el pelo rubio ceniza, una sonrisa de segunda fila y esa expresión de alumno que prefiere reír las crueldades de otro antes que inventar las suyas, no por bondad, sino por falta de talento.
Rodrigo, en cambio, venía impecable, sereno, con el uniforme perfecto y el pelo oscuro peinado hacia atrás.
Darío caminaba medio paso por detrás y aun así parecía ocupar más aire que todos.
—Qué manía tenéis con encontrarme en pasillos —dije.
—Los pasillos son del colegio —contestó Rodrigo.
—Qué generoso. Pensaba que algunos venían heredados.
Tomás soltó una risa nasal. Rodrigo no. Darío sí, pero por dentro, que era peor.
—¿Esperando a alguien? —preguntó Darío.
—A la iluminación divina —dijo Nora—. Pero si pasas tú, igual se asusta.
Tomás volvió a reírse. Esta vez Darío lo miró y la risa se le murió en la boca. Interesante. Darío no quería público para cualquier cosa. O no para esta.
Rodrigo miró mi mano vendada.
—Espero que estéis mejor.
—¿Estáis? —pregunté—. Qué plural tan cómodo.
—Irene Palomar. Bruno Sada. Tú.
—Ah, sí. Los tres leves.
—No he dicho eso.
—Pero seguro que lo leíste.
Rodrigo sostuvo mi mirada con calma.
—Lo leí. También sé que el comunicado fue incompleto.
Eso me sorprendió, y me dio rabia que se notara.
—Vaya. Un Mencía reconociendo que una versión oficial no alcanza. ¿Aviso a prensa?
Darío sonrió.
—La prensa eres tú, Vera.
—No. Yo soy el problema según el comentario interno. La prensa está bajo revisión.
—Siempre tan perseguida.
Bruno dio un paso.
No mucho. Pero lo dio.
Darío lo vio. Su mirada bajó a la férula.
—Cuidado, Sada. No estás para heroicidades.
—Y tú no estás para consejos.
—Yo estoy estupendamente.
Amina, que llevaba un rato mirando sus zapatos, habló sin levantar la vista.
—Tienes barro del patio de mantenimiento.
El silencio fue precioso.