Capítulo 7 #3
Arriaga no pidió perdón. No exactamente. Pero “incompleto”, en su boca, sonó como una pequeña grieta en la pared.
—Voy a pedir una revisión externa de credenciales y cámaras —dijo—. No interna. Externa.
Salvat se movió apenas.
—Eso es sensato.
—También voy a suspender temporalmente el acceso al patio de mantenimiento y a la sala de faroles.
—¿Y la Vigilia? —pregunté.
—Continúa.
—Claro.
—Con modificaciones.
—Porque nada dice seguridad como seguir organizando un juego nocturno después de que una alumna respire humo en un patio.
—Cancelar la Vigilia ahora puede provocar más especulación que proteger al alumnado.
—O puede evitar que alguien use la siguiente ruta para algo peor.
Arriaga me miró. Durante un segundo no vi al funcionario elegante de la Fundación. Vi a un adulto cansado, irritado, quizá preocupado de verdad y completamente atrapado por la misma maquinaria que decía venir a controlar. No me dio pena. Todavía no estaba tan generosa. Pero lo vi.
—Por eso necesito que nos ayudes sin incendiarlo todo.
—Qué metáfora más inoportuna.
—Lo sé.
Salvat soltó una tos que quizá era una risa disimulada.
—No voy a callarme —dije.
—No te estoy pidiendo silencio.
—Suena muchísimo a silencio.
—Te estoy pidiendo precisión.
Eso me frenó más de lo que habría querido. Precisión. No calma, no obediencia, no confianza. Precisión. Era una palabra que podía respetar. A regañadientes, pero podía.
—Y yo le estoy pidiendo que no me convierta en síntoma cada vez que digo algo incómodo.
Arriaga asintió.
—Justo.
—¿Justo?
—Justo.
Salí de la sala sin saber si acababa de ganar algo, perder algo o firmar mentalmente un contrato con letra pequeña.
Bruno estaba en el pasillo, apoyado en la pared.
Martina, a su lado. Nora en el suelo, comiendo patatas de una bolsa que había sacado de no sé dónde.
Irene estaba más lejos con Berta. Hugo hablaba por teléfono al final del pasillo, de espaldas. Laura no estaba. Nicolás tampoco.
—¿Qué quería? —preguntó Bruno.
—Precisión.
Nora levantó la bolsa.
—¿Eso se come?
—Ojalá.
Martina me estudió la cara.
—¿Te ha manipulado?
—Probablemente.
—¿Te has dado cuenta?
—Creo que sí.
—Entonces vamos mejorando.
Bruno se separó de la pared.
—¿Y la Vigilia?
—Continúa con modificaciones.
—Qué estupidez.
—Eso he dicho yo con más palabras y menos muñeca rota.
—No está rota.
—¿Te hicieron radiografía?
—Luego.
—Bruno.
—Luego.
—¿Te das cuenta de que eres igual de cabezota que yo pero con menos encanto?
Nora se levantó de golpe.
—Dios, por fin alguien lo dice.
Bruno me miró. Por un momento pensé que iba a contestar. No lo hizo. Quizá porque le dolía la muñeca. Quizá porque le había gustado lo del encanto y no sabía qué hacer con eso. Yo tampoco, así que decidí ignorar el asunto con la madurez emocional de una ardilla atropellada.
A la salida de la reunión, Amina nos esperaba junto a la vitrina de trofeos. Tenía el móvil en la mano y una expresión que ya reconocía como noticia mala pero útil.
—El farol del patio no es del inventario actual —dijo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Celia, apareciendo de inmediato como si la hubiera llamado una campana de datos.
—Comparé fotos. Los faroles actuales tienen etiqueta de seguridad bajo la base. Código nuevo, pegatina plateada. El del patio no la tiene. Tiene grabado antiguo en el metal.
Nos enseñó una ampliación. En la base, junto al símbolo de Atlas, había un código casi borrado:
R-C/03
—Ruta C —dijo Irene, desde atrás.
Todos nos giramos.
Irene se acercó despacio, con la bufanda todavía alrededor del cuello.
—En la foto de la galería antigua también ponía Ruta C. Y la etiqueta del farol de Bruma decía Ruta C — 2014 — retirar.
Celia escribió el código.
—R-C/03. Ruta C. Carpeta 03.
—O Casa 03 —dijo Amina.
—O tercer punto de ruta —murmuró Bruno.
No me gustó esa posibilidad. Nada.
Nora miró alrededor.
—¿Alguien más está echando de menos cuando los problemas eran solo exámenes y comida triste?
—No —dije—. Eso nunca fue cierto.
—Vale, pero se parecía más.
Hugo terminó la llamada y volvió hacia nosotros con la cara distinta. Pálida. Cerrada.
—Maël no quiere hablar por teléfono —dijo.
—¿Sobre qué? —preguntó Martina.
—Sobre la Vigilia de 2014. Le pregunté por Ruta C.
—¿Y?
Hugo tragó saliva.
—Me dijo que dejara de preguntar. Que si han recuperado los faroles antiguos, alguien está mintiendo sobre lo que se guardó y lo que se destruyó.
El pasillo pareció estrecharse.
—¿Algo más? —pregunté.
Hugo asintió.
—Dijo una frase rara.
—¿Cuál?
—Que en 2014 no hubo un accidente con un farol. Hubo un farol colocado para que pareciera un accidente.
Nadie habló.
Ni siquiera Nora.
La frase se quedó con nosotros frente a la vitrina de trofeos, bajo los retratos de antiguos alumnos excelentes, bajo las placas de familias generosas, bajo la luz limpia de un pasillo que parecía incapaz de admitir que allí dentro alguien podía haber aprendido a convertir objetos bonitos en trampas.
Miré mi mano vendada.
La muñeca de Bruno.
La venda de Irene.
El código R-C/03 en la foto.
Y entendí que el farol del patio no había sido elegido porque sí.
Era una firma.
No del asesino, quizá.
Del método.
Alguien no estaba inventando una forma nueva de hacernos daño.
Estaba repitiendo una antigua.
Y esta vez, para variar, el Aurora no iba a poder llamarlo leyenda si antes aprendíamos a leer la luz.