Capítulo 7 #2
La reunión de dirección fue en una sala más pequeña que la anterior, sin caja de pañuelos, lo cual supuse que significaba que allí no esperaban emociones sino control de daños.
Estaban Alonso Arriaga, Elvira, Berta Soler, Salvat y un profesor de seguridad técnica que yo había visto dos veces arreglando lectores con cara de odiar a toda la humanidad por igual.
Se llamaba Gómez Rivas. Muy adecuado para alguien que parecía capaz de desmontar una alarma mientras murmuraba insultos a la electrónica.
Nos sentaron por separado, pero no lejos.
Irene llegó primero, con una venda pequeña en la frente y una bufanda alrededor del cuello.
Tenía los ojos hinchados. Bruno entró después con la férula y cara de pocos amigos, acompañado por Mauro, que no podía entrar pero se quedó fuera con una expresión tan feroz que hasta Elvira evitó decirle que se marchara.
Yo entré con Martina. A ella tampoco la dejaron quedarse, pero Salvat pidió que esperara cerca “por si era necesario contrastar presencia en biblioteca”.
Traducción: Salvat estaba haciendo de testigo sin decirlo en voz alta.
La habría abrazado si no me diera miedo que la bibliotecaria me devolviera con sello de préstamo.
Arriaga empezó con tono tranquilo.
—Gracias por venir. Queremos reconstruir lo ocurrido con precisión.
—Qué novedad tan refrescante —dije.
Berta me miró, no con censura, sino con advertencia suave. Me callé. Milagro número uno.
Gómez Rivas proyectó un registro en la pantalla.
A las 15:58, intento de acceso denegado con credencial A.V.G.
A las 15:59, otro intento denegado. A las 16:00, acceso autorizado.
Después, alarma por sensor de humo a las 16:03.
Cámara exterior sin imagen desde las 15:52 por “pérdida temporal de señal”.
Cámara de pasillo activa, pero con ángulo parcial.
En el registro de pasillo se veía a Irene cruzando sola a las 15:57 con el mapa en la mano.
Luego, a las 16:04, Bruno, yo, Martina, Amina, Celia, Nora, Hugo y Salvat llegando desde el pasillo de biblioteca.
—Alma estaba en biblioteca —dijo Salvat antes de que nadie se lo pidiera—. Desde las 15:41 hasta que sonó la alarma. Yo la vi.
Arriaga asintió.
—Eso consta.
—Y Martina, Celia e Irene también estaban allí hasta que Irene salió —añadió Salvat.
—También consta.
—Bien —dijo Salvat—. Me gusta escuchar cuando las cosas constan completas.
Casi me reí. No lo hice. Madurez. O miedo.
Berta se dirigió a Irene con mucha suavidad.
—Irene, ¿puedes contar cómo recibiste el mensaje?
Irene sacó su tablet con manos temblorosas. El mensaje estaba allí. Remitente: Alma Vera García. O eso parecía. Mi nombre, mi foto de perfil institucional, mi código de alumna.
Irene, necesito el mapa antiguo. Estoy con Berta y no puedo salir sin que lo registren raro. Por favor, tráelo al patio de mantenimiento. No digas nada a Martina, se va a preocupar. Es importante.
Lo leí y sentí asco.
No por lo falso. Por lo bien hecho.
“Se va a preocupar.” Eso era mío, o podía serlo. No en esas palabras exactas, quizá, pero sí la idea. Quien lo escribió no imitó mi humor. Imitó mi culpa. Eso era mucho más íntimo.
—Yo no escribí eso —dije.
—Lo sabemos —dijo Berta.
Arriaga miró a Berta.
Ella sostuvo la mirada.
—Alma estaba conmigo hasta las 12:55 y después en biblioteca según varios testigos. Además, el mensaje tiene una estructura de envío que no coincide con la mensajería ordinaria de alumno a alumno.
Gómez Rivas gruñó algo.
—El identificador está enmascarado. No es un envío normal.
—¿Alguien suplantó a Alma? —preguntó Bruno.
—Eso parece —dijo Gómez Rivas, con el tono de alguien a quien le dolía admitir que el sistema tenía agujeros.
Arriaga no interrumpió. No sé si porque no podía o porque estaba recalculando.
—Irene —dijo Berta—, ¿por qué fuiste sola?
La cara de Irene se rompió un poco.
—Porque decía que no avisara a Martina. Y porque pensé que Alma… pensé que si pedía ayuda así era porque de verdad la necesitaba.
—¿Y no te pareció extraño?
—Sí. Pero todo aquí me parece extraño.
Esa frase cayó sobre la sala con una honestidad tan desnuda que nadie tuvo el mal gusto de contestar enseguida.
Irene siguió, con la voz más baja:
—Además, Alma me había dicho que si alguien me escribía en su nombre se lo enseñara. Pero eso fue después. O sea, antes de que pasara… no sé. Pensé que si preguntaba, igual la metía en problemas.
Me miró.
—Perdón.
—No me pidas perdón otra vez o te tiro una caja de pañuelos imaginaria.
Berta sonrió un poco. Irene también, apenas.
Bruno contó después cómo había visto humo desde el pasillo lateral, cómo había seguido la alarma, cómo al abrir la puerta el carro estaba inestable. Cuando dijo que me empujó para apartarme de la caída, lo dijo como si estuviera describiendo un trámite técnico.
—La caja le golpeó la muñeca —añadí.
—Eso no es relevante.
—Te la inmovilizaron.
—Sigue sin ser relevante.
—Bruno.
—Alma.
—Por favor, no hagáis esto en declaración —dijo Berta, aunque parecía a punto de sonreír.
Gómez Rivas mostró fotos del patio. El carro vencido. La caja de faroles. El farol encendido. El lector. La puerta. La cámara apagada.
—El sobrecalentamiento vino de una resistencia vieja conectada a una regleta bajo la lona —dijo—. Alguien la dejó encendida. Generó humo, no llama. El carro tenía una rueda bloqueada y estaba calzado con un taco. El taco desapareció o se desplazó. Cuando se tocó la caja, el carro cedió.
—O sea —dije—, que el humo hizo venir a alguien, el farol marcó dónde ponerse y el carro estaba preparado para caer.
Elvira miró a Gómez Rivas.
Gómez Rivas hizo una mueca.
—No puedo afirmar intención.
—Qué pena. La intención seguro que se siente sola.
—Pero —añadió él, mirándome con muy poca simpatía y bastante honestidad— tampoco puedo descartarla.
Eso fue muchísimo en idioma Aurora.
Hugo, que había sido llamado como testigo de la cámara exterior, entró después.
Confirmó que la cámara estaba apagada antes de que llegaran los primeros alumnos, que la puerta exterior del patio podía abrirse desde zona de proveedores y que esa ruta no estaba asignada al Equipo 3.
Cuando Arriaga le preguntó cómo sabía lo de la zona de proveedores, Hugo se puso rígido.
—Maël fue mentor de rutas. Me lo había contado.
—¿Tu hermano participó en la revisión actual?
—No.
—¿Tienes acceso a documentos de rutas?
—No.
—¿Has preguntado por ellos recientemente?
La sala se volvió más fría.
Hugo miró a Arriaga. Luego a mí. Luego a Elvira.
—Sí. Pregunté ayer por el patio de mantenimiento.
Arriaga dejó una pausa.
—¿A quién?
—A un antiguo alumno.
—Nombre.
—No creo que sea relevante.
—Hugo, si queremos reconstruir…
—No es relevante —repitió Hugo, y por primera vez entendí que también él podía jugar a cerrar puertas.
Arriaga no insistió. No delante de todos. Eso me preocupó más.
Al final de la reunión, la versión oficial cambió, pero no lo suficiente.
La puerta ya no era simple infracción. El mensaje a Irene se reconocía como suplantación.
La cámara apagada, como anomalía técnica.
El carro, como material mal asegurado. El farol, como objeto desplazado de inventario.
Todo separado. Todo en su caja. Nada conectado por una frase tan sencilla como alguien lo preparó.
Cuando nos levantamos, Arriaga me pidió quedarme un momento.
—No —dijo Bruno.
Fue inmediato.
Demasiado.
La sala entera lo miró. Bruno se dio cuenta. Yo también. La reacción le había salido de un sitio menos calculado que su cabeza. Eso lo hizo más evidente.
Arriaga observó su férula.
—Bruno, estás en tu derecho de esperar fuera.
—Alma no se queda sola.
—No soy su tutor.
—No he dicho que lo sea.
El silencio fue espeso. Yo, que suelo tener una habilidad maravillosa para arruinar tensiones ajenas, no supe qué hacer con esa.
Porque parte de mí quería decirle que no necesitaba guardaespaldas.
Otra parte, mucho más cansada, quería que se quedara.
Y la tercera parte, la más idiota, estaba registrando que Bruno acababa de decir mi nombre como si fuera algo que no pensaba dejar en una sala cerrada.
Berta intervino antes de que aquello se convirtiera en un espectáculo.
—Puede quedarse Martina si Alma lo prefiere.
—Prefiero que se quede Salvat —dije.
No sé por qué lo dije. Quizá porque Salvat era adulta, testigo, incómoda para Arriaga y menos emocionalmente peligrosa que Bruno en modo muñeca rota. Salvat arqueó una ceja, pero se sentó de nuevo.
—Yo también tenía planes apasionantes con unas fichas de catálogo —dijo—, pero adelante.
Bruno salió al pasillo, no convencido. Martina me lanzó una mirada de “luego hablamos de eso”, que no prometía nada bueno para mi estabilidad sentimental inexistente.
Arriaga esperó a que la puerta se cerrara.
—Alma, lo ocurrido ayer es grave.
—Qué bien. Ya usamos el mismo adjetivo.
—Precisamente porque es grave, necesito pedirte algo.
—Si es confianza en el procedimiento, se me ha terminado. Vuelva mañana.
—Necesito que no conviertas esto en una batalla pública.
Me reí, pero sin humor.
—Ya estamos.
—Escúchame. Irene ha resultado herida. Bruno también. Tú también. Si esto se transforma en un conflicto abierto entre The Lookout y el Comité de Convivencia, quien haya hecho esto tendrá más espacio para moverse entre ruido.
Salvat, a mi lado, no dijo nada. Eso me hizo escuchar un poco más.
—¿Está diciendo que alguien quiere ruido? —pregunté.
—Estoy diciendo que no podemos descartar que alguien esté utilizando tu visibilidad para provocar desorden.
—Mi visibilidad no mandó un mensaje falso.
—No. Pero la eligió como vehículo.
Eso era cierto.
Odié que fuera cierto.
—Entonces diga eso en el comunicado —dije—. Diga que alguien suplantó mi identidad y puso en riesgo a Irene.
—No puedo decirlo hasta tener confirmación técnica completa.
—Pero sí pudo decir ayer que tres alumnos entraron en zona restringida sin supervisión.
—El comunicado fue incompleto.
Otra vez me callé.