La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

A la mañana siguiente, todo el mundo sabía que yo había estado donde no había estado.

Algunas personas.

Me encantaba ser una categoría emocional con falda.

Bajé al comedor con la mano vendada, la pierna dolorida y Martina a mi lado caminando con esa calma peligrosa que usaba cuando estaba a punto de defenderte incluso de ti misma.

Nora iba delante, más seria de lo habitual, lo cual la hacía parecer casi enferma.

Celia caminaba detrás con la libreta contra el pecho.

Amina, a mi izquierda, miraba zapatos. No caras.

Zapatos. Había aprendido que cuando Amina miraba zapatos era porque las caras ya habían dicho todo lo obvio y el suelo podía ponerse interesante.

Irene no bajó con nosotras. Berta le había recomendado desayunar en enfermería por la irritación de la garganta, pero yo sabía —lo sabíamos todas— que el problema no era la garganta.

La garganta había respirado humo. La culpa le había entrado más hondo.

Al entrar en el comedor, varias conversaciones murieron de manera bastante poco profesional.

Ni siquiera lo hicieron bien. Si vas a estar hablando de alguien y aparece ese alguien, al menos ten la decencia de fingir que estabas discutiendo sobre el clima, la sopa o la posibilidad de que Cumbre existiera sin espejos.

Pero no. Se callaron demasiado rápido, miraron los platos, movieron vasos, alguna chica de Atlas bajó la cabeza con compasión y un chico de Lumbre me sostuvo la mirada un segundo antes de apartarla, como si quisiera decirme que no se creía la versión oficial pero tampoco sabía qué hacer con eso antes del café.

En la mesa de Bruma, Nora se sentó con una violencia silenciosa que hizo temblar los cubiertos.

—Como alguien use la expresión “lesiones leves” delante de mí, le meto una tostada por la vía administrativa —dijo.

—No amenaces con comida —murmuró Celia—. Te conocen demasiado.

—Precisamente. Saben que soy capaz.

Martina me sirvió agua sin preguntarme. Yo la acepté sin quejarme, lo cual demostró que la situación era grave.

Tenía la palma vendada y un pequeño corte secundario en el nudillo, pero nada que justificara el dramatismo con el que algunas personas me miraban.

La pierna me dolía más. Una línea morada empezaba a formarse justo encima de la rodilla, allí donde el borde del carro me había rozado antes de que Bruno me empujara.

Había pasado la noche imaginando qué habría ocurrido si él no lo hacía.

No era un pensamiento especialmente útil, así que mi cabeza, naturalmente, lo repetía cada veinte minutos.

Bruno entró poco después.

Llevaba la muñeca derecha inmovilizada con una férula discreta, negra, muy de él, como si hasta los golpes tuvieran que coordinar con Lumbre.

La manga del jersey le quedaba un poco torcida por encima, y caminaba con cara de persona que odiaba que su cuerpo hubiera decidido admitir consecuencias.

Mauro, compañero de Lumbre y una de las pocas personas capaces de discutir con él sin pedir permiso, iba con él, hablando bajo.

Al verme, Bruno hizo un gesto mínimo con la cabeza.

No sonrió. Yo tampoco. Había algo raro en mirarlo con la muñeca vendada.

No culpa exactamente. Peor. Una especie de deuda que no había pedido y que él, para colmo, no parecía dispuesto a cobrar, lo cual la volvía más incómoda.

—No pongas esa cara —dijo Nora.

—¿Qué cara?

—La de “me han salvado y ahora tengo que procesar emociones”.

—No tengo esa cara.

—La tienes en edición de lujo.

—Te odio.

—No puedes odiarme. Estoy sosteniendo el pan.

Era verdad. Qué fastidio.

Bruno se sentó dos mesas más allá, con Lumbre, pero no apartó la atención del comedor.

Hugo apareció poco después, más serio de lo habitual.

Se quedó un momento junto a la entrada, como si estuviera decidiendo dónde debía sentarse, y al final fue hacia Cumbre.

Rodrigo Mencía estaba allí, con Darío y dos alumnos de último.

Rodrigo hablaba poco. Darío, en cambio, hablaba lo justo para que todos supieran que estaba relajado.

No lo estaba. Yo le había visto la cara en el patio de mantenimiento.

Había mirado el farol como si reconociera algo. O como si temiera reconocerlo.

—No mires ahora —dijo Amina.

—Eso es literalmente una invitación.

—Darío tiene barro seco en el borde de los zapatos.

—¿Del patio?

—No. De la zona exterior de mantenimiento. Más oscuro, con restos de ceniza o polvo de metal.

Me obligué a no girarme de golpe. Pequeños avances civilizatorios.

—¿Rodrigo?

—Zapatos limpios. Demasiado limpios.

—¿Eso es dato o poesía?

—Ambas.

Celia levantó la cabeza.

—¿Viste a Darío en el patio ayer?

—Al final. Con Rodrigo y Laura.

—Laura estaba con nosotras antes —dijo Martina—. Llegó después de la alarma.

—Darío también. Pero no sabemos desde dónde.

—Podría haber venido de cualquier sitio —dijo Nora.

—Sí —dijo Amina—. Pero el barro no viene de cualquier sitio.

Antes de que pudiéramos seguir, Elvira Sanz apareció junto a nuestra mesa. Impecable, por supuesto. A una le daban ganas de preguntarle si en su casa existía la gravedad o si también la tenía bajo protocolo.

—Alma —dijo—. Después del desayuno, dirección quiere verte.

—Qué sorpresa. Pensaba que hoy tocaba cesta de flores por no haber muerto.

Martina cerró los ojos. Nora metió una tostada en la boca para no reír o no insultar. Celia bajó la vista a su libreta. Amina miró los zapatos de Elvira, porque incluso en momentos tensos tenía vocación.

—Es una reunión de seguimiento —dijo Elvira.

—¿Seguimiento de qué? ¿De mi tendencia a estar físicamente en sitios donde el sistema dice que no estoy y administrativamente en sitios donde no estoy físicamente?

Elvira no contestó enseguida. Me observó con esa expresión suya de carpeta cerrada. El año anterior, Beatriz Montelar habría usado el silencio como arma. Elvira lo usaba como distancia. No era lo mismo, aunque tampoco era precisamente un abrazo.

—También veremos a Irene y a Bruno —dijo.

Eso me frenó.

—¿Para qué?

—Para registrar lo ocurrido.

—Ya lo registraron ayer.

—Para registrarlo correctamente.

—Ah. ¿La primera versión no salió bastante limpia?

Una sombra le cruzó la cara. Muy leve.

—Alma, si quieres que el registro refleje algo más que una infracción de acceso, conviene que entres en la reunión sin empezar una guerra en el comedor.

Me quedé mirándola.

Eso no sonaba como Arriaga. Tampoco como amenaza. Sonaba a advertencia práctica. Y las advertencias prácticas, en el Aurora, siempre me dejaban un segundo sin saber dónde poner los dientes.

—¿Me está aconsejando?

—Estoy informándote de una situación.

—Qué pena. Por un momento casi parecía humana.

—No abuses.

Se fue.

Nora soltó aire.

—Creo que Elvira acaba de decir “te van a intentar empapelar, no facilites el trabajo” con palabras de nevera.

—Sí —dijo Celia—. Eso he entendido.

—Entonces no soy yo sola —dije.

Martina me miró.

—No, no eres tú sola. Y por eso vas a entrar ahí con la boca un poco menos cargada.

—Mi boca no viene con modo administrativo.

—Pues instálale una actualización.

—Oíd —dijo Amina.

Todas callamos.

Amina miraba hacia la mesa de Cumbre. Rodrigo Mencía se había levantado y salía del comedor.

Darío se quedó sentado, pero antes de que Rodrigo cruzara la puerta, le dijo algo.

No lo oímos. Estábamos demasiado lejos. Pero Rodrigo se detuvo medio segundo, se giró y le respondió con una frase corta. Darío perdió la sonrisa.

—Eso ha sido pelea —dijo Nora.

—Eso ha sido orden —corrigió Laura, apareciendo detrás de mí.

Casi me atraganté con el agua.

—¿Podrías no materializarte como remordimiento social?

Laura se sentó en el extremo libre de la mesa sin pedir permiso.

—Rodrigo le dijo que dejara de improvisar.

—¿Lo oíste? —preguntó Celia.

—Estaba pasando cerca.

—Siempre estás pasando cerca de cosas interesantes —dije.

—Es una habilidad. Como la tuya de empeorar reuniones.

—Touché.

Laura miró mi mano vendada, luego la muñeca de Bruno al otro lado del comedor y finalmente el sitio vacío de Irene.

—No fue un accidente.

—Gracias por llegar a la reunión con retraso pero con entusiasmo —dijo Nora.

—Lo digo porque anoche oí a dos alumnos de Cumbre hablando. Decían que “el farol equivocado” había terminado en el patio.

Amina se enderezó.

—¿El farol equivocado?

Laura asintió.

—Eso dijeron.

—¿Quiénes?

Dudó.

—Uno era Tomás Cuervo. El otro no lo vi bien.

—¿Tomás Cuervo está con Rodrigo? —preguntó Martina.

—Está con cualquiera que huela a protección —dijo Laura—. Pero sí. Suele orbitar a los Mencía.

Celia escribió el nombre.

—¿Qué más dijeron?

—Que alguien iba a cabrearse porque el farol no era de la ruta actual. Luego me vieron y cambiaron de tema.

Amina sacó el móvil y abrió las fotos del patio.

Nos enseñó una ampliación del farol encendido junto a Irene.

En el momento, entre humo, sangre y casi aplastamiento, yo solo había visto un farol.

Ahora, en la foto, se apreciaba mejor. Metal oscuro, cristal amarillento, asa superior deformada.

En la base, casi tapado por hollín, había un grabado pequeño.

No era una nube de Bruma.

Tampoco una montaña de Cumbre.

Era un círculo atravesado por líneas.

Atlas.

—No era de nuestra ruta —dijo Celia.

—El Equipo 3 tenía faroles de exposición por casas, pero en el patio apareció uno de Atlas —dijo Amina—. Y según la vitrina de la galería, Atlas faltaba o estaba en otro tramo.

—¿Por qué usar un farol de Atlas para una trampa contra Alma? —preguntó Nora.

—Porque si alguien lo encontraba después —dijo Martina—, podía parecer que venía de otro equipo.

—O porque pertenecía a una ruta antigua —dijo Laura.

Irene habría sabido decir algo útil. Me dolió pensar eso.

Irene, con su mapa plastificado y su manera de mirar donde las demás ya estábamos gritando por dentro.

La habían usado porque sabían que yo intentaría protegerla.

Pero también porque ella veía cosas. Y quizá eso era más peligroso de lo que habíamos querido admitir.