Capítulo 6 #4
Al menos había aprendido algo.
Salvat volvió desde enfermería unos minutos después para llevarme a curar la mano.
No me preguntó si quería ir. Me señaló el pasillo y dijo “vamos”, con esa clase de autoridad que, por alguna razón, sí obedecí.
Martina vino conmigo. Nora también, porque según ella “las heridas se curan mejor con testigos y azúcar”.
Celia se quedó con Amina para documentar la escena antes de que la limpiaran.
Hugo intentó hablar con Rodrigo, pero Rodrigo se fue antes, con Darío pisándole los talones.
En enfermería, Irene estaba en una camilla, con una venda pequeña en la frente y una manta sobre las piernas.
Bruno estaba sentado en una silla, con la muñeca apoyada sobre una bolsa de frío y cara de persona que habría preferido amputarse el orgullo antes que admitir dolor. Cuando me vio entrar, se incorporó.
—No te muevas —dije.
—Iba a preguntar si estás bien.
—Pues hazlo sentado.
—¿Estás bien?
—No.
Él asintió.
—Bien.
La enfermera me limpió la palma. Ardió. Muchísimo.
Dije una palabra bastante fea. Nora dijo que era terapéutica.
Martina me sujetó el brazo con una delicadeza que casi me dolió más que el antiséptico.
Salvat habló en voz baja con Berta junto a la puerta.
Elvira entró, pidió declaraciones preliminares y recibió de la enfermera una mirada tan asesina que se fue prometiendo volver después.
Pequeñas victorias del sistema sanitario.
Irene lloró al cabo de un rato.
No mucho. Sin drama. Solo se le llenaron los ojos y se tapó la cara con las manos. Martina fue hacia ella. Yo quise levantarme, pero la enfermera estaba vendándome.
—Lo siento —dijo Irene.
—No —dije.
—Lo siento.
—Irene, no.
—Si no hubiera ido…
—Si no hubieras ido, habrían buscado a otra persona. O habrían dicho que fui yo. O habrían movido otra puerta. No vas a cargar con una trampa que estaba escrita antes de que entraras.
Bruno miró su muñeca.
—Alma tiene razón.
—Qué bonito que lo digas en presencia de testigos —dije.
—No te acostumbres.
Irene soltó una risa llorosa. Nora se sacó una chocolatina del bolsillo y se la ofreció.
—Come. El azúcar no resuelve el trauma, pero lo acompaña sin hacer preguntas idiotas.
Irene la aceptó.
La enfermera terminó de vendarme. Corte superficial, dijo.
Rozadura en la pierna. Nada grave. La muñeca de Bruno, en cambio, necesitaba radiografía si el dolor seguía.
Irene tenía un golpe leve en la frente e irritación por humo.
Nada grave. Esa iba a ser la frase oficial, lo sabía.
Nada grave. Ninguna lesión grave. Ningún incendio.
Ninguna tragedia. Solo una incidencia, una caída de material, una alumna asustada, un chico golpeado, una becada con una venda en la mano y demasiadas preguntas.
Pero en la cara de Martina vi lo mismo que sentía yo.
Algo había cambiado.
Ya no estábamos siguiendo notas.
Ya no estábamos solo defendiendo el relato.
Alguien había abierto un patio con mi nombre, había enviado a Irene en mi lugar y había preparado un carro que podía caer sobre quien estuviera junto al farol.
No había muerto nadie.
Todavía.
A las siete, la dirección envió un comunicado interno.
Lo leímos en la enfermería, los cuatro, porque Berta intentó que no lo viéramos y eso naturalmente hizo que lo viéramos en menos de diez segundos.
Incidencia en zona de mantenimiento. Durante la tarde de hoy se produjo una acumulación de humo leve por sobrecalentamiento de material eléctrico en un área restringida próxima al patio de mantenimiento.
Tres alumnos fueron atendidos por enfermería con lesiones leves.
El centro recuerda la importancia de respetar las rutas autorizadas y no acudir a zonas técnicas sin supervisión adulta.
La actividad de la Vigilia continúa bajo revisión reforzada.
Lesiones leves.
Zona restringida.
Respetar rutas autorizadas.
No acudir.
No decían mi nombre.
No hacía falta.
Irene leyó el comunicado y se encogió bajo la manta.
Bruno apretó la mandíbula.
Yo miré mi mano vendada.
Luego la tablet.
El mensaje anónimo seguía allí, junto al anterior.
Primer punto de ruta completado.
Segundo punto completado. La casa acepta sustitutos.
Martina me quitó la tablet con suavidad antes de que pudiera seguir mirándola.
—No —dijo.
—No iba a hacer nada.
—Ahora no.
Tenía razón.
Ahora no.
Pero una parte de mí, una parte que quizá no era madura ni prudente ni compatible con ningún protocolo, acababa de prometer algo en silencio.
No iba a dejar que convirtieran a Irene en una nota al pie de mi historia.
No iba a dejar que Bruno siguiera poniendo el cuerpo cada vez que alguien escribía mi nombre en una puerta.
No iba a dejar que el Aurora llamara leve a una trampa solo porque todavía no había conseguido matar a nadie.
Y, sobre todo, no iba a dejar que la Casa de los Intocables siguiera jugando con sustitutos.
Porque si algo había aprendido en aquel colegio era que los intocables no caían solos.
Había que empujar el suelo debajo de ellos.