Capítulo 6 #3
Amina grababa el carro caído, el farol encendido, el lector verde, mi tarjeta gris colgada al cuello, la distancia entre la puerta y el lugar del golpe.
Nora recogió el mapa plastificado de Irene con una delicadeza que me partió el pecho.
Laura apareció al fondo del pasillo con Darío detrás.
Darío no sonreía. Rodrigo Mencía estaba con él, más pálido que de costumbre.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Rodrigo.
—Qué oportuno —dije, tosiendo.
Martina me sujetó por los hombros.
—No hables.
—Voy a hablar muchísimo.
—Alma.
—Irene recibió un mensaje mío.
—Lo sé.
—No era mío.
—Lo sé.
—Ha venido por mí.
—Lo sé.
Eso me hizo callar. Porque Martina lo sabía, y aun así seguía sujetándome como si yo fuera lo que podía caerse, no el carro.
Elvira llegó con dos prefectas y Berta Soler.
Detrás, casi sin prisa pero demasiado rápido para no haber sido avisado antes, apareció Alonso Arriaga.
Miró el patio. A Irene, que ya estaba sentada fuera con Salvat y una profesora limpiándole la frente.
A Bruno, que sostenía su muñeca con la cara tensa.
A mí, en el suelo, con la mano sangrando y la falda manchada de polvo.
Al lector verde con mi nombre. Al farol encendido.
Su expresión fue impecable.
Eso me dio ganas de gritar.
—Nadie toca nada —dijo.
—Un poco tarde —respondí, levantándome con ayuda de Martina—. Ya nos ha tocado a nosotros.
Berta se acercó a Irene. Elvira miró el lector. Arriaga se volvió hacia mí.
—Alma, necesito que te apartes.
—No.
—Estás herida.
—Y usted está viendo mi nombre en una puerta donde no he estado.
—Precisamente por eso…
—No diga precisamente por eso. No otra vez.
Mi voz salió más alta. El pasillo se llenó de alumnos, de prefectas intentando alejarlos, de murmullos. Rodrigo seguía mirando el patio con una cara extraña. Darío miraba el farol. No a mí. Al farol. Laura lo vio. Amina también.
—Irene recibió un mensaje falso de Alma —dijo Bruno, con la voz tensa por el dolor—. Eso hay que registrarlo ahora. Antes de que desaparezca.
Arriaga miró a Bruno.
—También estás herido.
—Mi muñeca puede esperar.
—No —dijo Salvat desde donde estaba con Irene—. No puede. Enfermería, los dos. Ya.
—Tres —dijo Martina, levantando mi mano.
Yo miré mi palma. Había sangre. No mucha, pero suficiente para que mi cuerpo decidiera enterarse y empezar a doler.
—Es un corte —dije.
—Enfermería —repitió Martina.
—No pienso dejar esto.
—Alma —dijo Irene.
Su voz era tan pequeña que todos nos callamos.
Irene estaba sentada en un banco del pasillo, con la cara gris de susto, el corte limpio pero todavía rojo, el mapa sobre las rodillas. Me miraba como si quisiera disculparse. Como si hubiera hecho algo mal. Como si la hubieran usado contra mí y encima tuviera que pedir perdón por haber sangrado.
Eso me terminó de romper algo.
No mucho. Lo justo.
Me acerqué a ella y me agaché, aunque la rodilla me dolió al hacerlo.
—No ha sido culpa tuya.
Irene empezó a negar con la cabeza.
—Pensé que eras tú.
—Ya lo sé.
—Tenía tu forma de escribir. Decía “por favor”. Decía que no querías preocupar a Martina.
Martina cerró los ojos.
Qué bien nos conocía.
Quien fuera.
Qué asco.
—No ha sido culpa tuya —repetí—. Y voy a repetirlo hasta que se vuelva pesado, que es una de mis mejores habilidades.
Irene soltó una risa rota, casi tos.
—Vale.
—Y si alguien vuelve a mandarte algo en mi nombre, aunque diga que me estoy muriendo, me lo enseñas antes.
—¿Y si es verdad?
—Si me estoy muriendo, probablemente haré un comentario muy molesto. Será fácil comprobarlo.
Esta vez Irene sí sonrió un poco. Muy poco. Pero sonrió.
Berta la acompañó a enfermería. Salvat fue con ella. Bruno tuvo que ir también, pese a protestar con una dignidad bastante limitada porque cada vez que movía la muñeca se le iba el color de la cara. Antes de irse, se detuvo junto a mí.
—No te quedes sola con Arriaga.
—No pensaba.
—De verdad.
—Bruno, te acaba de caer media ferretería encima. Ve a que te miren.
—No era media ferretería.
—Era un cuarto de ferretería y una caja histórica. Vete.
Se fue. Pero se fue mirando hacia atrás.
Y sí, me preocupó. Claro que me preocupó.
Me preocupó tanto que me dio rabia, porque una cosa era estar en peligro y otra tener que añadir al peligro el peso estúpido de que alguien se hiciera daño por apartarte.
El corte de mi mano empezó a latir con fuerza.
La pierna me dolía donde el metal me había rozado.
Pero lo de Bruno en el suelo, la caja golpeándole el brazo, el sonido seco, eso era lo que se me repetía.
Arriaga ordenó cerrar el patio. Elvira tomó registros.
Amina siguió grabando hasta que una prefecta le pidió que guardara el móvil.
Amina lo guardó después de enviar el archivo a tres personas, porque Amina era muchas cosas, pero no idiota.
Celia anotó cada frase. Nora encontró, cerca del farol encendido, una tarjeta doblada con una cinta negra pegada al borde.
No la tocó.
—Celia —llamó.
Celia se acercó. Amina también. Yo también, aunque Martina intentó detenerme.
La tarjeta estaba manchada de polvo, pero se leía perfectamente.
Segundo punto completado. La casa acepta sustitutos.
Durante un instante no oí nada.
Ni el murmullo del pasillo.
Ni la voz de Elvira.
Ni a Martina diciendo mi nombre.
Solo esa frase.
La casa acepta sustitutos.
Irene había ocupado mi lugar. Bruno había ocupado mi lugar.
El carro había caído donde yo estaba. El lector decía que yo había entrado.
La amenaza se había cumplido de tres maneras distintas, todas horribles, todas útiles para alguien que quisiera demostrar que acercarse a mí era peligroso para los demás.
—Ahora sí hay heridos —dije.
Mi voz sonó tranquila.
Demasiado.
Arriaga se acercó.
—Alma.
Lo miré.
—No me diga que no hubo riesgo físico.
No contestó.
Bien.