Capítulo 6 #2
A las tres y media, el plan quedó cerrado.
No era perfecto. Los planes perfectos no existían.
Y menos en un edificio donde las puertas podían escribir tu nombre sin permiso.
Pero era mejor que correr al patio de mantenimiento con una mezcla de miedo, rabia y complejo de heroína barata, que habría sido mi estrategia natural si mis amigas no hubieran decidido sabotearme la personalidad.
A las cuatro menos diez, yo estaba sentada en la biblioteca antigua, a la vista de Salvat, Martina, Celia e Irene.
Oficialmente revisábamos anuarios. Extraoficialmente, nadie pasaba una página con verdadera atención.
La mesa estaba cerca de una ventana desde la que se veía parte del jardín lateral, pero no el patio de mantenimiento.
Eso me irritaba. Martina lo sabía. Por eso había elegido esa mesa.
—Deja de mirar la ventana —dijo.
—Estoy contemplando la naturaleza.
—Estás intentando atravesar el cristal con ansiedad.
—La ansiedad es una forma de participación.
Irene tenía delante tres guías antiguas del Aurora.
Había encontrado fotografías de la Vigilia de distintos años: alumnos con faroles en patios, grupos riendo bajo arcos, prefectas con capas antiguas, rutas marcadas con cintas de colores.
En casi todas, los faroles parecían bonitos.
En algunas, demasiado. Había una de 2012 donde se veía la galería oeste iluminada desde dentro, con una fila de faroles colgados en las argollas de hierro y, al fondo, una sombra de puerta que el plano actual no mostraba.
—Aquí —dijo Irene, señalando la foto—. Esa puerta.
Celia se inclinó.
—No es la puerta interior de la sala de faroles.
—No —dijo Irene—. Está antes.
Martina miró la foto.
—El hueco intermedio.
Sacó una imagen con el móvil. Yo intenté mirar también, pero mi tablet vibró.
Todas nos quedamos quietas.
Esta vez no fue mensaje anónimo.
Era una notificación de acceso.
Credencial A.V.G. denegada — Patio de mantenimiento — 15:58
La sangre me bajó a los pies.
—Estoy aquí —dije.
Mi voz salió rara. No de miedo bonito. Rara de verdad.
Martina me agarró la muñeca.
—Lo sabemos.
Otra vibración.
Credencial A.V.G. denegada — Patio de mantenimiento — 15:59
Irene se puso de pie.
—Alguien la está usando.
—O intentando usarla —dijo Celia.
—Pero mi credencial original está retenida —dije.
—Y la gris está contigo —dijo Martina.
La tenía colgada del cuello. La levanté como si hiciera falta demostrar que no era fantasma.
Tercera vibración.
Credencial A.V.G. autorizada — Patio de mantenimiento — 16:00
Durante un segundo, nadie se movió.
Luego sonó una alarma.
No en todo el colegio. No una sirena dramática. Una alarma localizada, lejana, de esas que empiezan como un pitido y se convierten en algo urgente cuando una entiende que viene de donde no debería.
Salvat levantó la cabeza desde su mesa.
—¿Qué ha sido eso?
Bruno apareció en la puerta de la biblioteca casi al mismo tiempo que el sonido. No sé cómo llegó tan rápido. O sí lo sé: no había estado tan lejos como decía el plan. Tenía la cara blanca.
—Patio de mantenimiento —dijo.
Martina se levantó.
—No.
—Hay humo —dijo Bruno—. No mucho, pero hay humo.
El mundo se movió antes de que yo pudiera decidir.
Salvat salió al pasillo, llamando por el comunicador.
Celia cogió mi tablet. Amina apareció desde no sé dónde, con el móvil en la mano.
Hugo bajó corriendo por la escalera del fondo.
Nora llegó con media tostada en una mano, lo cual habría sido gracioso si no estuviera tan asustada.
—Alma está aquí —dijo Martina, muy fuerte, como si la frase pudiera convertirse en escudo—. Alma está aquí. Todos la estamos viendo.
Salvat la escuchó. Eso fue importante. No lo supe del todo en ese momento, pero lo sería después.
—Vosotras os quedáis —ordenó Salvat.
—Ni de broma —dije.
—Alma.
—Si mi nombre acaba de abrir un patio con humo, no me voy a quedar leyendo anuarios.
—Precisamente porque tu nombre acaba de abrirlo, te quedas conmigo.
La autoridad de Salvat no era como la de Elvira ni la de Arriaga. No venía de una carpeta. Venía de una calma que, en ese instante, no admitía discusión. Y aun así yo habría discutido, claro. Habría discutido muchísimo. Pero Bruno me miró desde la puerta y dijo:
—Irene.
Mi cabeza giró antes que mi cuerpo.
Irene no estaba junto a Martina.
Hace un segundo sí. O eso creí. Tenía que estar. Estaba con las guías, con la foto de la puerta, con su mapa plastificado. Pero la silla estaba vacía. La guía abierta. El mapa no.
—No —dije.
Martina se puso pálida.
—Estaba aquí.
—Ha salido cuando sonó la alarma —dijo Celia, mirando hacia la puerta—. Pensé que iba detrás de Salvat.
El pitido seguía sonando a lo lejos.
No hizo falta hablar más.
Salimos.
Salvat dijo mi nombre, pero yo ya estaba en el pasillo.
Bruno a mi lado. Martina detrás. Amina delante, porque Amina conocía caminos que el resto ni siquiera registraba.
Nora corriendo con la tostada todavía en la mano hasta que la tiró en una papelera con una frase que no entendí.
Celia gritando que Alma había estado en biblioteca a las cuatro, repitiéndolo como si estuviera sembrando testigos por el camino.
Bajamos por la escalera secundaria, cruzamos el pasillo de ciencias, giramos hacia la galería lateral.
El olor a humo llegó antes que el humo. No era incendio grande.
Era peor por eso. Olor a plástico caliente, metal, polvo quemado.
Algo pequeño que podía convertirse en excusa o en aviso, según quién redactara después.
El patio de mantenimiento estaba al otro lado de una puerta gris que normalmente permanecía cerrada. Ahora estaba entornada. El lector mostraba luz verde.
ACCESO AUTORIZADO — A. VERA GARCÍA
Lo vi.
Todos lo vimos.
Hugo llegó desde el otro lado casi al mismo tiempo, con la chaqueta mojada y la respiración cortada.
—La cámara exterior está apagada —dijo.
—Qué sorpresa —dije, pero la voz me salió sin ironía.
Bruno empujó la puerta.
—Espera —dijo Amina.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió y un golpe de humo bajo salió hacia el pasillo.
Bruno retrocedió un paso, tosiendo. Dentro, el patio era estrecho, cerrado por muros altos, con contenedores metálicos, carros de limpieza, cajas de material antiguo cubiertas con lonas y una puerta de servicio al fondo.
En el suelo, cerca de una de las cajas, había un farol encendido.
Uno solo.
Y junto a él, Irene.
Estaba de rodillas, tosiendo, con una mano contra la pared y el mapa plastificado tirado a unos metros.
No parecía inconsciente. Gracias a Dios, no parecía inconsciente.
Pero tenía la cara roja, los ojos llorosos y un corte en la frente, pequeño pero muy visible, con sangre bajándole hacia la ceja.
Uno de los carros metálicos se había vencido a su lado.
Sobre el suelo había cristales rotos y una caja de faroles caída.
—¡Irene! —grité.
Bruno entró primero.
No lo pensé. O sí lo pensé y mi cuerpo decidió ignorarme.
Entré detrás. El humo me golpeó la garganta y me hizo toser al instante.
No era denso, pero ardía. Martina gritó mi nombre desde la puerta.
Hugo sujetó la hoja de la puerta para que no se cerrara.
Amina empezó a grabar. Celia llamó a enfermería.
Nora gritó algo sobre abrir ventanas, aunque en el patio no había ventanas que abrir.
Salvat llegó detrás, seguida por dos profesores.
Bruno llegó hasta Irene y se agachó.
—¿Puedes caminar?
Irene intentó asentir y se dobló tosiendo. Yo me arrodillé al otro lado, agarrándole la mano.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, demasiado brusca, porque el miedo a veces sale vestido de enfado—. Irene, ¿qué haces aquí?
Ella intentó hablar. Tosió. Tenía la mano helada.
—Tu mensaje —logró decir.
Martina, desde la puerta, se quedó inmóvil.
—¿Qué mensaje? —pregunté.
Irene me miró como si la pregunta le doliera más que el corte.
—Que… que necesitabas que trajera el mapa. Que no dijera nada porque estabas con Berta. Pensé…
No pudo seguir.
Bruno la levantó con cuidado. Al hacerlo, el carro metálico que estaba medio vencido junto a la caja se movió. No mucho. Un crujido. Una rueda suelta giró sobre sí misma. Amina gritó:
—¡Atrás!
El carro cayó.
No hacia Irene. Ya no.
Hacia mí.
Lo vi venir de una forma absurda, lenta, como si el mundo hubiera decidido darme tiempo para entender que no iba a moverme lo bastante rápido. Metal, cajas, faroles, cristales. Un peso de objetos viejos cayendo desde un lateral.
Bruno me empujó.
No fue romántico. No fue elegante. Fue un golpe seco contra el hombro que me tiró al suelo y me sacó del centro de la caída.
El carro se estrelló donde yo estaba un segundo antes.
Algo de metal me rozó la pierna. Un cristal me cortó la palma al apoyar la mano.
Bruno cayó conmigo, pero no lo bastante lejos.
Una de las cajas le golpeó el antebrazo y la muñeca contra el suelo con un sonido que no me gustó nada.
—Joder —dijo él.
Si Bruno decía joder así, mal.
Muy mal.
—¡Bruno! —grité.
—Estoy bien.
—No estás bien, imbécil.
—Qué bonito que te preocupes.
—Te ha caído una caja encima.
—Técnicamente, parte de una caja.
—Voy a matarte.
—Eso tendría poca lógica ahora mismo.
El humor me salió porque si no me salía, me rompía allí mismo, entre humo, cristales y una niña nueva sangrando por mi culpa aunque no fuera mi culpa.
Martina llegó hasta mí cuando Salvat y Hugo sacaban a Irene.
Celia seguía repitiendo datos al teléfono: patio de mantenimiento, humo leve, alumna herida, otro alumno golpeado, Alma presente, Alma estaba en biblioteca, Alma estaba en biblioteca. La frase me llegaba en pedazos.
Alma estaba en biblioteca.
Alma estaba en biblioteca.
Como si alguien tuviera que clavarme a un sitio para impedir que el Aurora me moviera en otro.