Capítulo 6
Martina no me dejó hablar hasta que estuvimos fuera del comedor.
Fue bastante impresionante, la verdad, porque yo venía con la tablet en el bolsillo ardiéndome como si llevara dentro una bengala y con una necesidad bastante urgente de decir muchas cosas, ninguna de ellas especialmente ordenada.
Pero Martina me cogió del brazo, me sacó entre mesas, esquivó a una prefecta con una sonrisa de disculpa impecable y me llevó hasta el pasillo lateral que daba a la sala de música, donde a esa hora solo pasaban alumnos despistados y algún profesor con partituras.
Allí cerró la puerta de una sala pequeña, comprobó que no hubiera nadie dentro y se volvió hacia mí.
—Ahora.
Saqué la tablet.
No dije nada. No hacía falta.
Martina leyó el mensaje de pie, con una mano apoyada en el respaldo de una silla y la otra sobre el borde de la pantalla.
Lo leyó una vez. Después otra. En la segunda lectura, su cara cambió.
No fue una cara de susto escandaloso ni de película.
Martina no funcionaba así. Fue peor. Se le borró algo de la expresión, como si hubiera entendido no solo la frase, sino la persona que tenía que haberla escrito para saber exactamente qué tecla tocar.
Segundo punto disponible. Patio de mantenimiento. 16:00. Ven sola o alguien ocupará tu lugar.
La sala de música olía a madera encerada, polvo de atril y esas fundas de instrumentos que siempre parecen guardar secretos pequeños.
En la pared había un cartel sobre el concierto de invierno del año anterior.
Todo muy normal. Todo muy de colegio elegante.
Y en medio de eso, una amenaza que ya no intentaba parecer una broma ni un juego ni una advertencia simbólica.
—No vas —dijo Martina.
—Ya sé que no voy.
—Alma.
—Lo sé de verdad.
Me miró con una desconfianza ofensiva y bastante merecida.
—Define “no voy”.
—No voy sola al patio de mantenimiento a las cuatro porque un mensaje sin remitente me lo ha pedido como si esto fuera una gymkana organizada por asesinos con buen calendario.
—Bien.
—Pero tenemos que hacer algo.
—Eso no es lo mismo que ir.
—No he dicho que sea lo mismo.
—Tu cara lo está negociando.
Me senté en una silla. No porque quisiera sentarme, sino porque mis piernas habían empezado a hacer esa cosa absurda de parecer normales por fuera y de gelatina por dentro. Martina se sentó enfrente, todavía con la tablet entre las manos.
—“O alguien ocupará tu lugar” —dijo en voz baja.
—Sí.
—Eso significa que si no vas tú, pueden intentar llevar a otra persona.
—O que quieren que piense eso.
—Da igual. Funciona.
Claro que funcionaba. Era brillante, en realidad, si una tenía un alma parecida a un sótano.
Si el mensaje hubiera dicho ven sola o te pasará algo, yo habría podido enfadarme, enseñárselo a todos, plantarme con medio grupo en el patio y esperar a ver quién se movía.
Pero alguien ocupará tu lugar era otra cosa.
Era Irene bajando con su mapa plastificado porque creía que yo la necesitaba.
Era Nora siguiendo una pista por hacer de escudo con pan.
Era Bruno yendo antes que yo porque se le había metido en la cabeza que podía resolver puertas a base de mirar lectores.
Era Martina recibiendo una nota falsa. Era cualquiera.
Y el problema de cualquiera era que mi cabeza ya les había puesto cara a todos.
—No se lo ocultes —dijo Martina.
—No iba a ocultarlo.
—Lo ibas a considerar.
—Durante un segundo.
—Tres.
—Qué precisión tan desagradable.
Martina me devolvió la tablet.
—Grupo completo. Ahora.
El grupo completo, como concepto, era cada vez menos discreto.
Habíamos pasado de ser un conjunto de alumnas que intentaban no llamar demasiado la atención mientras investigaban cosas horribles a una especie de pequeño comité de crisis ambulante con hambre, ojeras y tendencia a discutir en pasillos.
Pero no había alternativa. Si alguien estaba intentando construir una ruta con mi nombre, lo único peor que seguirla era seguirla mal y sola.
Nos reunimos en la biblioteca antigua porque Salvat estaba allí y, aunque no le contamos todo, su presencia reducía la posibilidad de que alguien nos acusara de conspirar en una sala sin adulto.
Bueno, eso en teoría. En la práctica, el Aurora podía acusarte de conspirar hasta en misa si encontraba la palabra adecuada.
Salvat nos dejó una mesa al fondo, lejos de los ventanales y de las cajas de exposición.
No preguntó nada al principio. Solo miró mi cara, la de Martina, la de Nora, la de Celia, la de Amina, y dijo:
—Diez minutos. Luego tengo que justificar por qué hay tanta tensión acumulada en una mesa de catalogación.
—Podríamos decir que es amor por el archivo —propuso Nora.
—No sería creíble viniendo de ti.
—Qué poco valoráis mi vida interior.
Irene llegó con Celia. Bruno llegó un minuto después, y Hugo con él.
Laura apareció casi al mismo tiempo, cosa que ya no me sorprendía.
Nicolás no vino. Según Hugo, seguía desaparecido entre reuniones, clases a las que no asistía y pasillos donde nadie parecía haberlo visto bien.
Eso, en otro contexto, habría sido preocupación principal.
En este, era una preocupación más intentando pelearse por espacio.
Les enseñé el mensaje.
Nora dejó de masticar.
Eso ya era un patrón de gravedad.
—No —dijo Bruno.
—Qué conciso.
—No vas.
—Ya lo sé.
—No, quiero decir que no vamos a montar una operación para que vayas pero acompañada.
—No había dicho eso.
—Lo estabas preparando.
—¿Ahora todos sois intérpretes profesionales de mi cara?
—Tu cara publica editoriales —dijo Laura.
—Gracias, Laura. Muy de apoyo.
Celia tomó la tablet sin tocar demasiado la pantalla.
—Mensaje recibido a las 12:34. Sin remitente visible. Mismo formato que el anterior.
—¿Puede rastrearse? —preguntó Hugo.
Bruno negó.
—No desde la tablet sin acceso al servidor. Y me quitaron el lector.
—Qué consideración —dijo Nora—. Desarmaron al único chico que sabía cosas útiles.
—No soy el único.
—No te pongas humilde ahora.
Amina estaba mirando el plano antiguo. No la tablet. El plano.
—Patio de mantenimiento —dijo—. Tiene tres accesos posibles. Galería oeste, escalera de servicio y puerta exterior desde la zona de proveedores.
—La zona de proveedores tiene cámaras —dijo Hugo.
—La galería oeste también —añadió Bruno—. Si están encendidas.
—Qué frase tan reconfortante —dije.
Celia escribió tres accesos en su libreta.
—Si Alma no va, el atacante puede interpretar que no mordió el anzuelo. Si va acompañada, quizá no aparezca nadie. Si enviamos aviso oficial, el mensaje entra en el circuito institucional y podrían usarlo para reforzar la idea de que Alma está recibiendo amenazas no verificables.
—No son no verificables —dijo Martina—. Las estamos viendo.
—Nosotras. Pero sin trazabilidad aún.
—Me fascina que para el Aurora una amenaza escrita valga menos que una sensación redactada por un adulto —dije.
Salvat, desde una mesa cercana, levantó la vista. No dijo nada, pero su mirada fue suficiente para recordarnos que el mundo adulto no estaba tan lejos.
Irene, que llevaba varios minutos callada, habló en voz baja.
—Yo no debería estar aquí.
Todas la miramos. Ella se encogió un poco, pero siguió.
—No lo digo por miedo. Bueno, sí, por miedo también. Pero si el mensaje dice que alguien ocupará su lugar, puede que sea alguien como yo. Alguien nuevo. Alguien que Alma siente que tiene que proteger.
Me dolió escuchar eso en su boca. Sobre todo porque era verdad.
—No eres un señuelo —dije.
—Lo sé. Pero pueden intentar usarme como si lo fuera.
—No vamos a dejar que pase —dijo Martina.
Irene asintió, aunque no parecía precisamente tranquilizada por la promesa. Era lista. Las promesas en el Aurora siempre tenían que cruzar demasiadas puertas.
—Entonces hacemos una cosa —dijo Amina—.
Nadie va solo. Nadie responde al mensaje.
A las cuatro, todos los posibles objetivos están visibles y acompañados en sitios distintos.
Alma en biblioteca con Salvat. Irene con Martina y Celia.
Nora en comedor con grupo grande. Bruno y Hugo observan accesos desde zonas permitidas.
Laura escucha si alguien de Cumbre o Mencía se mueve raro.
—¿Y tú? —pregunté.
Amina levantó el móvil.
—Yo miro el suelo.
—Claro. Pregunta tonta.
Bruno frunció el ceño.
—No me gusta que nos repartamos.
—A mí tampoco —dijo Martina—. Pero si el mensaje amenaza con reemplazo, tenemos que cubrir a más de una persona.
—O el reemplazo no es una persona —dijo Laura.
—¿Qué quieres decir?
Laura se apoyó contra la mesa, mirando el plano.
—“Alguien ocupará tu lugar” puede significar que colocarán a otra persona en el registro. Otra credencial. Otro acceso. Otro nombre. Quizá no quieren herir a nadie hoy. Quizá quieren completar el segundo punto con otra prueba falsa.
—Qué alegría que lo simbólico y lo criminal estén compitiendo por arruinarnos la tarde —dijo Nora.
—No descartemos lo físico —dijo Bruno.
Lo dijo mirando el mensaje, no a mí. Pero me llegó igual.
Salvat se acercó entonces. No invadió la mesa. Se quedó a un metro, con un libro en la mano y esa expresión suya de adulta que ya había decidido que no quería saber algo, pero que probablemente tenía que saberlo.
—No voy a preguntaros qué pasa —dijo—. Voy a recordaros que esta biblioteca está abierta hasta las seis y que, si alguien necesita estar en un lugar público, vigilado y con una bibliotecaria que no hace demasiadas preguntas siempre que nadie sea idiota, este es un lugar razonable.
—¿Eso era una oferta? —pregunté.
—Era una frase perfectamente ambigua para que todas podamos seguir funcionando.
—Me cae fatal que sea tan buena en esto.
—Lo sé.
Salvat se alejó. Nora la miró con devoción.
—Si sobrevivimos, quiero que me adopte.
—Ya tiene suficientes libros en mal estado —dije.