Capítulo 5 #3
Berta Soler abrió la puerta antes de que pudiera añadir nada. Vio a Bruno, vio que estábamos demasiado cerca para ser una conversación casual y sonrió con una suavidad que me puso nerviosa al instante.
—Alma. Cuando quieras.
Bruno se apartó.
—Luego nos vemos —dijo.
—¿Eso era una orden, una promesa o una amenaza?
—Elige la que te haga entrar menos enfadada.
—Imposible.
Entré.
La sala de convivencia olía a infusión, madera nueva y manipulación emocional de baja intensidad.
Berta me invitó a sentarme en un sofá pequeño, no en la mesa ovalada.
Mala señal. Los sofás institucionales siempre querían que una bajara la guardia.
Había otra caja de pañuelos. Esta vez la miré con odio abierto.
—¿Te molesta? —preguntó Berta, siguiendo mi mirada.
—No. Solo admiro que siempre estén preparadas para llorar por mí.
Berta no pareció molestarse. Se sentó frente a mí, con una libreta en el regazo.
—No estamos aquí para juzgarte, Alma.
—Qué pena. Yo ya había calentado.
—Estamos aquí para saber cómo estás llevando los últimos incidentes.
—Con mucha elegancia interior.
—¿Y exterior?
—Algo peor.
Berta sonrió apenas.
—Se te da bien desviar.
—Se me da bien sobrevivir a preguntas con trampa.
—¿Crees que esta es una pregunta con trampa?
—Creo que si respondo que tengo miedo, se convierte en síntoma. Si respondo que no lo tengo, se convierte en negación. Y si digo que estoy enfadada, se convierte en conducta desafiante. Así que sí, el sofá es cómodo, pero la pregunta trae alambrada.
Berta apoyó el bolígrafo sobre la libreta. No había escrito nada todavía. Eso me desconcertó un poco.
—Tienes razón en que algunas preguntas pueden vivirse así.
—Qué amable no decir que estoy paranoica.
—No me interesa llamarte paranoica.
—A alguien sí. “Tendencia a construir relato persecutorio” sonaba bastante interesado.
Su expresión cambió. Muy poco. Pero cambió.
—¿Dónde viste esa frase?
—En un comentario interno que apareció en un correo de revisión de The Lookout.
—Entiendo.
—¿Quién la escribió?
—No lo sé.
—Qué conveniente.
—Alma, de verdad no lo sé.
Por primera vez desde que había entrado, me pareció posible que fuera cierto. Eso no la hacía inocente. Solo menos útil como pared contra la que pegar cabezazos.
Berta respiró despacio.
—Voy a decirte algo y puede que te enfade.
—Qué originalidad.
—La frase es inadecuada.
No esperaba eso.
—¿Perdón?
—Ese tipo de formulación no debería aparecer en un comentario interno sobre una alumna sin evaluación, contexto ni necesidad clínica. Y menos en un documento accesible desde prensa estudiantil.
Me quedé callada. Otra rareza del día. A este paso iba a convertirme en una persona introspectiva y todo.
—¿Lo va a decir en algún informe? —pregunté.
—Sí.
—¿Aunque moleste?
—Especialmente porque molesta.
La miré con desconfianza. La desconfianza era mi forma de no salir corriendo hacia la gratitud, que también podía ser peligrosa.
—¿Y qué quiere de mí?
—Que me digas qué pasó con tus palabras, sin intentar sonar más fuerte de lo que te sientes.
Eso sí me tocó.
No lloré. Ni de broma. La caja de pañuelos podía morirse de asco.
Pero dejé de hacer chistes durante un rato.
Le conté la nota en el bolsillo, el acceso falso, la puerta, el mensaje, la carpeta RUTA_03, el falso artículo.
No todo. No nombres que pudieran comprometer a los demás más de lo necesario.
No hipótesis sobre la puerta oculta. No lo de Nicolás y 2014. Pero suficiente.
Berta escuchó sin escribir al principio. Luego pidió permiso para tomar notas. Eso también me descolocó. La gente del Aurora no solía pedir permiso para convertirte en documento.
—¿Has sentido que alguien te sigue? —preguntó.
—A ratos.
—¿Puedes distinguir si es una sensación o si has visto algo concreto?
—A veces solo sensación. Ayer el farol apagado. El mensaje. La credencial. Eso es concreto.
—Sí.
Otra vez esa palabra. Sí. No “lo revisaremos”. No “puede ser tu interpretación”. Sí.
—No deberías aislarte —dijo Berta al final—. Y no deberías moverte sola, al menos hasta que sepamos más.
—Eso ya me lo dijo Bruno.
—Entonces Bruno tuvo razón.
—No se lo diga, por favor. Está insoportable cuando acierta.
Berta sonrió.
—Tampoco deberías dejar que otros decidan por ti qué es prudencia y qué es silencio.
—Eso suena contradictorio.
—Lo es. Las situaciones reales suelen serlo.
La sesión terminó sin pañuelos, milagro institucional. Berta me prometió revisar el comentario interno y pedir trazabilidad del mensaje. No sé si podía hacerlo o si la dejarían, pero por primera vez en varios días salí de una sala de convivencia sin sentir que me habían lijado por dentro.
Bruno no estaba en el pasillo.
Bien.
Me alegré.
Me molestó alegrarme de que no estuviera porque significaba que había respetado lo que le pedí. Peor aún: me molestó que una parte de mí hubiera querido verlo allí. Las contradicciones reales, como había dicho Berta, eran una mierda.
Bajé por la escalera central hacia el comedor. A medio tramo, mi tablet vibró.
Me detuve.
No quería mirar.
Miré.
Mensaje sin remitente.
Segundo punto disponible. Patio de mantenimiento. 16:00. Ven sola o alguien ocupará tu lugar.
La frase se quedó en la pantalla, negra sobre fondo blanco, limpia, sin faltas, sin adornos.
Ven sola o alguien ocupará tu lugar.
Sentí frío en la espalda. No miedo literario. No inquietud con metáforas. Frío físico. El tipo de frío que te seca la boca y te vuelve idiota durante dos segundos.
Luego oí pasos abajo.
Guardé la tablet.
No sé por qué.
O sí lo sé.
Porque alguien acababa de decirme exactamente dónde no debía ir.
Y porque alguien acababa de entender demasiado bien cuál era la única forma de hacer que Alma Vera García considerara ir de todos modos.
Cuando llegué al comedor, Martina me vio la cara desde la mesa.
Se levantó antes de que yo dijera nada.
A veces la amistad era eso también: una persona poniéndose de pie porque tu cara ya había gritado por ti.
Yo crucé el comedor con la tablet en el bolsillo, la tarjeta gris contra el pecho y la sensación, cada vez más real, de que el juego había dejado de ser una historia escrita sobre mí.
Ahora empezaba a buscar sustitutos.
Y eso era muchísimo peor.