Capítulo 5 #2
—Ya lo sé. Ese es el problema contigo, que dices barbaridades en serio y luego una tiene que reaccionar como si no acabaran de tirarle un ladrillo emocional.
—Alguien está construyendo una ruta con tu nombre.
—Sí, Bruno. Lo he pillado. Tengo cierta capacidad lectora.
—Y tú tienes la costumbre de correr hacia las cosas que llevan tu nombre escrito.
—Porque normalmente si llevan mi nombre escrito ya me están arrastrando igual.
—No es lo mismo.
—Para ti no.
—Para nadie.
—Qué fácil hablar así cuando no eres tú quien tiene la tarjeta gris.
Se arrepintió en cuanto lo vio en mi cara. No de lo que había dicho, sino de no haber calculado dónde me golpeaba. Bruno no tenía mala intención, y eso a veces complicaba más las cosas, porque con la mala intención una podía pelearse limpia. Con la preocupación torpe, en cambio, había que afinar.
—No quería decir que no lo entiendas —dijo.
—Pues te ha salido muy parecido.
—Quería decir que si te arrastran, no tienes que ayudarles.
Me crucé de brazos.
—No estoy ayudando a nadie.
—A veces sí.
—¿Perdón?
—Cuando saltas en cuanto te provocan. Cuando dices en voz alta lo que ellos quieren que digas. Cuando entras en el marco de la foto.
Me dolió. Mucho. Porque era verdad, claro. Las verdades dichas por Bruno tenían un problema de embalaje: venían sin acolchado.
—Qué bien —dije—. Además de tarjeta gris, ahora tengo manual de uso.
—No intento controlarte.
—Pues qué éxito tan discreto.
Bruno apretó la mandíbula, miró hacia el pasillo, luego volvió a mirarme. La luz de la habitación le dejaba media cara en sombra. No de forma romántica, que conste. Bueno, quizá un poco. Pero yo estaba enfadada, y una tiene principios hasta que deja de tenerlos.
—No sé cómo hablar contigo cuando tengo miedo por ti —dijo.
Ah.
Qué golpe más bajo. Sin querer, encima. Peor.
Se me fue la réplica. Literalmente. Tenía una preparada sobre su complejo de barandilla humana y desapareció, cobarde, dejándome con la boca cerrada y el corazón haciendo cosas ridículas.
—Pues habla peor —dije al final.
Bruno parpadeó.
—¿Qué?
—Habla peor. Menos como si estuvieras redactando normas de supervivencia para una alumna defectuosa y más como una persona normal que está… no sé. Asustada.
No sé quién se sorprendió más de esa frase, si él o yo. Martina, si hubiera estado, habría aplaudido mentalmente y luego habría fingido que no.
Bruno bajó la vista un segundo. Cuando volvió a levantarla, ya no tenía esa dureza de antes.
—Estoy asustado —dijo.
Me odié un poco por sentir alivio. No porque él tuviera miedo, sino porque lo dijera. Porque a mí se me daba fatal estar asustada si la otra persona se empeñaba en parecer un muro.
—Yo también —contesté.
La frase quedó entre los dos, pequeña, sin chiste, sin abrigo. Me dieron ganas de taparla con algo. No lo hice. Progreso, supongo.
Bruno asintió, casi imperceptible.
—Entonces no vayas sola.
—No voy a ir sola.
—De verdad.
—De verdad.
Esta vez sí me creyó. O quiso creerme, que a veces era lo único que podíamos permitirnos.
Cuando se fue, Martina apareció desde el baño con el cepillo de dientes en la mano y una expresión demasiado inocente para ser auténtica.
—No digas nada —le advertí.
—No iba a decir nada.
—Martina.
—Solo que “estoy asustado” ha sido bastante…
—Martina.
—Vale.
—Te odio.
—No, no me odias.
No. No la odiaba. Pero habría sido más cómodo.
Dormimos poco otra vez. O yo dormí poco.
Martina fingió dormir para no tener que vigilarme y yo fingí no darme cuenta de que fingía.
A las tres y algo miré la tarjeta gris sobre la mesa.
No había mensajes nuevos. No había pitidos.
No había faroles apagándose en la ventana.
Solo la respiración de Martina, el silbido leve del radiador y el peso del día siguiente esperando como un animal al otro lado de la puerta.
Por la mañana, el Aurora amaneció con sol.
Eso fue casi ofensivo.
Después de tanta niebla, tanta lluvia fina y tanto pasillo húmedo, el sol cayó sobre las piedras del patio central como si alguien hubiera decidido maquillar el escenario.
Las torres brillaban, los cristales parecían limpios, las banderas de las casas se movían con una dignidad exagerada y los alumnos bajaban hacia el comedor con menos cara de entierro.
Los días soleados en el Aurora tenían un peligro particular: podían hacerte olvidar durante diez segundos que estabas en el Aurora.
No llegué a once.
El farol de la galería oeste seguía apagado.
A plena luz se notaba menos, pero allí estaba: un farol muerto entre otros encendidos, como un diente negro en una sonrisa preciosa. Me detuve frente a la ventana de la escalera. Irene, que bajaba conmigo, también lo vio.
—¿No lo han arreglado? —preguntó.
—Quizá ahora forma parte del programa de convivencia. Ahorro energético persecutorio.
Irene sonrió, pero sin ganas.
En el comedor, el ambiente estaba raro. No raro de amenaza inmediata, sino raro de rumor.
Los rumores del Aurora tenían un sonido muy concreto: no eran gritos ni corrillos descarados, sino frases que morían cuando pasabas, miradas que se desviaban medio segundo tarde, alumnos que sabían algo que todavía no sabían si podían saber.
Me sirvieron café y tostadas. Noté tres miradas antes de sentarme.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Nora ya estaba en la mesa, con un panecillo abierto y cara de querer matar a alguien con mermelada.
—Han bloqueado el artículo.
Martina, sentada a su lado, tenía el ordenador abierto. Celia estaba leyendo un correo. Amina miraba el comedor. Laura no estaba. Bruno y Hugo tampoco. Nicolás tampoco. Demasiadas ausencias para un desayuno que ya venía complicado.
—¿Qué motivo dieron? —pregunté.
Celia leyó:
—“El Comité de Convivencia considera que el enfoque del artículo, aunque formalmente correcto, puede contribuir a generar inquietud no fundamentada en torno a una actividad institucional supervisada.”
—Inquietud no fundamentada —repetí—. Qué bonito. La puerta se abrió con mi nombre, pero la inquietud va sin cimientos.
—Hay más —dijo Martina.
Giró el ordenador hacia mí. En la plataforma interna del colegio había aparecido una publicación oficial sobre la Vigilia. Fotos antiguas, explicación histórica, testimonios de antiguos alumnos, mensaje de Falcón y Arriaga. Título: La Vigilia de las Casas: una tradición para volver a confiar.
—Nos han robado el tema —dijo Nora.
—Y lo han barnizado —añadió Amina.
Leí la publicación por encima. No mencionaba accidentes.
No mencionaba suspensión por seguridad. No mencionaba rutas cerradas.
Hablaba de “pausa histórica por reorganización académica”, de “actualización de espacios”, de “recuperación emocional del patrimonio común”.
Patrimonio común. Qué valor. El Aurora podía llamar común a una escalera financiada por tres familias y quedarse tan ancho.
—Han llegado antes —dijo Celia.
—No —dijo Amina—. Llegaron después y lo pusieron encima.
Eso era. Exactamente eso. The Lookout intentaba preguntar. El Aurora respondía antes de que la pregunta existiera públicamente. No para aclarar. Para ocupar el espacio.
Mi tablet vibró.
Todas miraron mi mano.
Yo también.
Durante un segundo pensé: no, por favor. No otro mensaje. No en el comedor. No delante de todo el mundo. Pero la pantalla no mostraba remitente desconocido. Era una notificación de la plataforma oficial: Se ha actualizado tu agenda de actividades.
La abrí.
Actividad nueva: Acompañamiento individual — Sala de convivencia — 12:30.
Responsable: Berta Soler.
Motivo: seguimiento por exposición a incidencias recientes.
Nora dejó el pan.
—No.
—Qué bien —dije—. Me han diagnosticado agenda.
Martina miró la notificación.
—No puedes faltar.
—No pensaba faltar. Me encanta que me acompañen hacia mi propia caricatura.
—Alma.
—Estoy bien.
Nora abrió la boca.
—Sí, vale, estoy fatal, pero en vertical.
Celia tomó nota del horario.
—Mientras estás con Berta, nosotras revisamos guías antiguas en biblioteca.
—Yo voy con vosotras —dijo Irene.
—No —dije.
Se me escapó demasiado rápido. Irene se quedó helada.
—Perdón —añadí enseguida—. No porque no puedas. Porque no quiero que te metan en esto más.
—Ya estoy en esto.
Lo dijo bajo, pero firme. Me recordó a su intervención en la reunión: la mano levantada, la voz pequeña, la idea correcta. Irene no era frágil. Tenía miedo, sí. Muchísimo. Pero a veces la gente que tiene miedo mira mejor porque no puede permitirse mirar mal.
—Vale —dije—. Pero vas con Martina y Celia. No sola.
—No iba a ir sola.
—Estoy practicando ser pesada protectora.
—Se te da bien.
Nora sonrió.
—Se nos hace mayor.
La clase de la mañana pasó en una especie de bruma mental, y no precisamente de casa Bruma.
En Matemáticas, la profesora explicó funciones mientras yo pensaba en puertas que no aparecían en planos.
En Historia, hablamos de procesos de reforma institucional mientras yo dibujaba sin querer un farol apagado en el margen del cuaderno.
En Ética, la profesora lanzó una pregunta sobre si el miedo podía justificar límites a la libertad.
Me reí. Fue un error. La clase entera me miró.
La profesora, una señora de pelo corto y gafas enormes, me preguntó si quería compartir algo.
—No —dije—. Solo que el tema me parece muy de temporada.
No volvió a preguntarme.
A las doce y veinte, fui hacia la sala de convivencia con mi tarjeta gris colgada al cuello como una medalla de sospechosa. Bruno me esperaba en el pasillo del edificio principal.
—No necesitas escolta —dije.
—No soy escolta. Tenía clase cerca.
—¿Qué clase?
—No importa.
—Qué casualidad tan mala.
—Sí.
Me quedé mirándolo.
—No vas a entrar conmigo.
—No pensaba.
—Ni vas a quedarte en la puerta como perro guardián emocional.
—Perro guardián emocional es bastante ofensivo.
—Era eso o pastor alemán de trauma.
—Me quedo con lo primero.
Me dio una risa pequeña, inesperada. Me hizo bien. Eso me molestó.
—Estoy bien —dije.
—No tienes que estarlo para entrar.
—Esa frase parece útil.
—A veces digo cosas útiles.
—No abuses.