La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

A mí los planos siempre me habían parecido una forma optimista de la mentira.

No porque mintieran de verdad, o no siempre, sino porque fingían que los lugares podían explicarse desde arriba, con líneas limpias, símbolos, escalas y flechas muy seguras de sí mismas.

Un plano decía: aquí está la puerta, aquí el pasillo, aquí la escalera, aquí el hueco de servicio, aquí la salida de emergencia.

Como si un edificio fuera solo eso. Como si no tuviera olores, corrientes de aire, suelos que crujían cuando no debían, ventanas que daban a sitios que nadie mencionaba, puertas que estaban cerradas para algunas personas y milagrosamente abiertas para otras.

El Aurora, además, tenía un problema añadido: no era un edificio.

Era una biografía con piedra. Y las biografías, sobre todo las de gente rica, suelen editarse bastante.

Bruno estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el armario y el mapa oficial desplegado sobre las piernas.

Hugo ocupaba la silla del escritorio, demasiado grande para el cuarto y demasiado incómodo para fingir que no lo era.

Laura se había instalado junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirando cada tanto hacia el patio como si esperara ver pasar a alguien.

Irene estaba en mi cama, con su mapa plastificado sobre las rodillas y la expresión de quien había traído una cartulina a clase y de pronto había descubierto que la cartulina podía ser prueba.

Nora, por supuesto, estaba en la otra cama, comiendo algo que crujía demasiado para ser legal.

Celia tenía libreta. Amina, móvil. Martina, paciencia.

Yo tenía sueño, rabia y una tarjeta gris que no pensaba soltar ni para ducharme, lo cual planteaba problemas logísticos que ya resolvería mi yo del futuro, una persona a la que solía dejarle deudas bastante feas.

—Aquí —dijo Irene, señalando con el dedo—. En el plano oficial la galería oeste mide esto. Pero en el mapa antiguo de la guía de bienvenida, el tramo es más largo.

—¿Guía de bienvenida? —preguntó Laura.

Irene se puso roja.

—La encontré en la biblioteca. Es de hace cinco años. Pensé que podía ayudarme a no perderme.

—Eso es muy tierno y muy preocupante —dije.

—Alma —dijo Martina.

—Lo digo con cariño. Yo para no perderme suelo seguir a gente que parece saber dónde va, que es una técnica mucho peor.

Bruno comparó ambos planos. Tenía una forma muy concreta de concentrarse: se le cerraba la cara, pero no como enfado, sino como si todo lo demás bajara de volumen.

Me fastidiaba bastante que resultara atractivo ver a alguien pensar con utilidad.

Una tenía bastante con los peligros externos como para encima tener que gestionar eso.

—Irene tiene razón —dijo al fin—. Hay una diferencia de casi tres metros entre el plano antiguo y el actual. No es un error de escala. El corredor se acortó o lo taparon.

—¿Tres metros dan para una puerta? —preguntó Nora.

—Dan para un almacén estrecho, una cámara técnica, un hueco de instalaciones o un acceso secundario.

—O para esconder la dignidad del Comité de Convivencia —dije.

—Eso necesitaría más espacio —dijo Hugo.

Lo miré.

—¿Has hecho un chiste?

—No.

—Ha hecho un chiste —dijo Nora—. Cumbre evoluciona.

Hugo puso cara de arrepentirse de cualquier intento de humanidad.

Celia inclinó la libreta hacia él.

—¿Tu hermano mencionó algo de un tramo cegado en la galería oeste?

Hugo dudó. Desde que había contado lo de Nicolás, estaba distinto.

No asustado exactamente, sino más consciente de que el apellido que lo abría todo también podía encajonarlo.

La frase de Laura sobre usar su acceso le había sentado mal, con razón, pero aun así se había quedado.

Eso decía mucho. Y no todo malo, por desgracia para mi necesidad de tener categorías simples.

—Maël hablaba de la Vigilia como si fuera una cosa de antes —dijo—.

De cuando los alumnos todavía podían recorrer más zonas del colegio.

Mencionó la ruta de los faroles, la galería oeste, la escalera vieja y una puerta de servicio que llevaba al patio de mantenimiento. Pero nunca dijo que estuviera oculta.

—¿Patio de mantenimiento? —preguntó Amina.

Hugo asintió.

—Detrás de la sala interior de faroles. Lo usaban para sacar material sin pasar por el vestíbulo. O eso creo.

—¿Y ese patio aparece en el plano actual? —preguntó Celia.

Bruno pasó una página del mapa oficial.

—No como acceso. Solo como zona técnica exterior.

—Zona técnica exterior —repetí—. Qué bonito. En el Aurora hasta los agujeros tienen nombre de cargo.

Laura se separó un poco de la ventana.

—Si hay un acceso desde el patio de mantenimiento, alguien puede entrar en la sala de faroles sin pasar por la puerta que se abrió delante de nosotros.

—Y sin quedar registrado en esa puerta —dijo Amina.

—Pero sí en otra —añadió Celia—, salvo que sea una puerta mecánica, antigua o de servicio.

Bruno levantó la vista.

—O salvo que alguien con permisos administrativos desactive el registro.

Todos nos quedamos callados.

A esas alturas, el silencio en nuestra habitación ya tenía varias capas.

Estaba el silencio normal, el de pensar.

El silencio de miedo, que hacía que Irene apretara el mapa un poco más fuerte.

El silencio de rabia, que se le notaba a Nora en la mandíbula.

El silencio estratégico de Celia. El silencio de Martina intentando que no nos despeñáramos todas por la misma idea.

Y luego estaba el silencio mío, que no sabía quedarse quieto y por dentro ya estaba bajando escaleras, abriendo puertas y metiéndose de cabeza donde no debía.

—No —dijo Martina.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está siendo criminalizada constantemente.

—No vamos a ir esta noche a buscar una puerta oculta.

—Nadie ha dicho esta noche.

Bruno me miró.

—Has añadido “esta noche” otra vez.

—Porque me estáis haciendo desarrollar honestidad defensiva.

—No vamos a ir —repitió Martina.

—Vale.

Nadie me creyó.

—Vale de verdad —añadí, ofendida por la falta de fe general—. No vamos a ir esta noche. Primero necesitamos saber cuándo esa zona está menos vigilada, qué cámaras cubren la galería, quién tiene acceso al patio de mantenimiento y si mi credencial gris decide abrir el infierno por proximidad.

Martina me observó un momento.

—Eso ha sido casi razonable.

—Estoy creciendo muchísimo y nadie me lo reconoce.

Nora levantó una galleta a modo de brindis.

—Por Alma, que acaba de posponer una temeridad doce horas.

—Gracias. Me emociona vuestro respeto.

Hugo se levantó de la silla.

—Yo puedo preguntar por el patio de mantenimiento mañana.

—Sin usar tu apellido —dije antes de pensarlo.

Él se volvió hacia mí.

—Alma.

—Perdón. No. En serio. Perdón.

Esta vez lo dije rápido, sin chiste después. Me costó, pero tampoco se me cayó ningún diente. Hugo pareció sorprenderse. Yo también. La vida estaba llena de novedades.

—Quería decir —continué— que tengas cuidado con a quién preguntas. Si alguien quiere que parezca que estamos buscando esa puerta, basta con que sepan que tú has preguntado.

Hugo asintió, menos rígido.

—Lo haré indirectamente.

—Eso suena a que vas a tomar té con alguien y mencionar bisagras entre pastelitos —dijo Nora.

—No todo en Cumbre es tomar té.

Laura lo miró.

—No. A veces es fingir que no estáis haciendo negocios mientras tomáis té.

Hugo no contestó. Laura tampoco parecía esperar que lo hiciera.

Había un resentimiento raro entre ellos, una especie de conocimiento social compartido y mal llevado.

Laura sabía demasiado de Cumbre sin pertenecer del todo.

Hugo pertenecía demasiado y estaba empezando a ver cosas que le estropeaban la comodidad.

Eso podía convertirlos en aliados o en dos personas que se harían daño cada vez que se tocaran una contradicción.

Irene se aclaró la garganta.

—Yo puedo revisar la guía antigua otra vez. Quizá hay fotos.

—No sola —dije.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—La biblioteca no es peligrosa.

—La biblioteca no. Lo que una encuentra en la biblioteca, a veces sí.

Martina sonrió un poco, aunque se le notaba el cansancio.

—Yo voy con ella.

—Y yo —dijo Celia.

—Eso ya parece una excursión de opositoras —dijo Nora—. Voy por equilibrio nutricional.

Amina no dijo nada. Solo fotografió los dos mapas y marcó el hueco con un círculo discreto.

—¿Y tú? —me preguntó Laura.

—Yo mañana tengo reunión con mi nueva tarjeta gris, mi restricción de accesos y mi tendencia a construir relatos persecutorios. Estoy muy ocupada siendo una alumna preocupante.

—Me refería a si vas a quedarte quieta.

—Ah. No.

Martina me lanzó una mirada.

—Pero me quedaré quieta en sitios previamente consensuados —añadí—. Como una adulta. O como una silla con trauma.

La reunión terminó porque el horario de silencio de Bruma no era una sugerencia, era una amenaza con moño.

Hugo y Laura se fueron primero. Bruno esperó hasta el final, supuestamente para devolverme el mapa oficial, aunque no había ningún motivo para que tuviera que entregármelo en mano salvo su irritante tendencia a crear momentos.

Cuando los demás salieron y Nora se llevó a Irene prometiéndole enseñarle “la ruta segura hacia el baño de las tres de la mañana, conocimiento ancestral de Bruma”, Bruno se quedó junto a la puerta.

—No vas a esperar a mañana si pasa algo esta noche —dijo.

—Qué poca confianza.

—Alma.

—No pienso ir a buscar la puerta.

—No he dicho puerta.

Lo miré. Maldita sea.

—Vale. No pienso ir a buscar nada.

—¿Aunque recibas otro mensaje?

Ahí estuvo el problema. Porque la respuesta correcta era sí, aunque reciba otro mensaje. La respuesta real era depende del mensaje, de la hora, de si hay alguien más en peligro y de lo mucho que me pique la rabia. Mi cara, al parecer, volvió a delatarme.

Bruno apoyó un hombro en el marco.

—No eres más útil muerta.

La frase fue tan directa que me enfadé antes de poder asustarme.

—Gracias. Pensaba ponerlo en mi carta de presentación universitaria.

—Lo digo en serio.