La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—O crea un registro de que yo necesitaba restricciones.

Silencio.

Lo dije antes de saber que lo estaba pensando. A veces mi boca no era impulsiva; era más rápida que mi miedo. Arriaga me sostuvo la mirada. Berta bajó un poco los ojos. Elvira no. Elvira me observó de una forma distinta, menos irritada, más alerta.

—Nadie está construyendo un expediente contra ti —dijo Arriaga.

—No he dicho expediente.

—Lo has insinuado.

—Y usted ha sabido completarlo. Qué equipo.

Martina respiró hondo, pero no me detuvo.

Quizá porque ya no había forma elegante de detener eso.

O quizá porque también lo había oído: la medida de protección tenía forma de futura prueba.

Alma con accesos restringidos. Alma bajo seguimiento.

Alma emocionalmente sensible. Alma en el centro.

Alma, siempre Alma, aunque alguien más moviera las puertas.

La reunión terminó con recomendaciones que nadie escuchó del todo: calma, colaboración, confidencialidad, no difusión, revisión técnica, acompañamiento si alguien sentía malestar.

Al salir, me entregaron una credencial provisional gris.

La mía quedaba “retenida para análisis”.

La nueva no llevaba el escudo de Bruma, solo mi nombre, un código temporal y una franja blanca.

—Parece una tarjeta de visitante —dijo Nora cuando me vio en el pasillo.

—Gracias. Justo lo que necesitaba para sentirme integrada.

Nora me abrazó de lado, sin pedir permiso. Llevaba una chocolatina en el bolsillo y se me clavó en las costillas.

—Te han dado la tarjeta de persona sospechosa con acceso al baño.

—Todavía no he comprobado lo del baño. No me des esperanzas.

Celia apareció detrás de ella con una libreta. Por su cara, ya había reconstruido la reunión entera a partir de fragmentos, testigos y posiblemente la dirección del viento.

—¿Qué medidas? —preguntó.

—Restricción de accesos cuarenta y ocho horas.

Celia apretó la mandíbula.

—Previsible.

—Me encanta que mi encierro temporal entre en tus categorías.

—No es encierro. Es limitación de movilidad interna con justificación protectora.

La miré.

—Celia.

—Sí. Vale. Es una mierda.

Nora abrió los ojos.

—¡Ha dicho mierda! El protocolo está cayendo.

Celia la ignoró, aunque se le escapó una sonrisa mínima. Amina llegó con Martina e Irene desde la sala contigua. Amina no preguntó nada. Me miró la tarjeta gris, luego miró la puerta de convivencia.

—Te han cambiado el color.

—Sí. Ahora combino con el entusiasmo.

—El gris se ve mejor en cámaras.

Nos quedamos calladas.

—¿Qué? —preguntó Irene.

Amina señaló la credencial.

—Las franjas de color ayudan a identificar casa de lejos. Una tarjeta gris destaca entre las demás. Si quieren saber dónde está Alma sin leer el registro, ahora es más fácil.

—Maravilloso —dije—. Soy una diana minimalista.

Bruno salió de la sala justo en ese momento. Hugo iba con él. Laura detrás, caminando como si quisiera irse antes de que alguien le pidiera opinión sobre sus propios pensamientos. Nicolás no apareció.

—¿Dónde está Nicolás? —pregunté.

Hugo miró hacia la puerta cerrada.

—Se quedó con Arriaga.

Eso no me gustó. Nada. No como curiosidad narrativa. Como cuerpo. Una tensión baja, debajo del esternón.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿No le preguntaste?

Hugo me sostuvo la mirada.

—No todo el mundo responde porque Alma Vera García tenga prisa.

Me callé. Otra vez con razón. Iba a empezar a odiar mucho que la gente tuviera razón a mi alrededor. No era sostenible.

Bruno se acercó.

—Me han pedido que no revise más credenciales.

—Qué raro. ¿No aprecian que los alumnos hagan auditorías espontáneas del sistema que los incrimina?

—También me han pedido entregar mi lector portátil.

—¿Tienes lector portátil?

—Tenía.

Nora lo miró con auténtico respeto.

—Bruno Sada, cada día me caes más ilegal.

—No era ilegal.

—Eso lo dices tú con tristeza.

Bruno no sonrió. Miraba mi tarjeta gris.

—Dame eso cuando podamos.

—¿Mi nueva credencial?

—Quiero verla.

—Te acaban de pedir que no revises credenciales.

—Me han pedido que no use el lector.

—Ah. Técnica jurídica.

—Estoy aprendiendo de vosotras.

Hugo carraspeó.

—Intentaré hablar con Nicolás después de comer. Pero si está con Arriaga…

—No lo presiones —dijo Martina.

—No iba a hacerlo.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Hubo un pequeño silencio entre los dos. Hugo y Martina no tenían una tensión obvia, pero sí compartían algo incómodo: ambos sabían moverse en zonas de privilegio que a veces daban asco.

Ambos podían entrar en conversaciones donde mi presencia encendería alarmas.

Ambos querían ayudar sin parecer que usaban exactamente lo que criticábamos.

Era una posición complicada. Y, por desgracia, útil.

—Hoy The Lookout se reúne —dijo Martina—. Tenemos que decidir si publicamos algo sobre los Juegos.

—¿Algo como “quizá las puertas están aprendiendo a escribir mi nombre”? —pregunté.

—Algo más prudente.

—Qué manía con hacer literatura sin alegría.

Celia negó con la cabeza.

—No podemos publicar la incidencia. No todavía. Si lo hacemos, activamos justo el relato de Arriaga: The Lookout difunde material sensible antes de revisión.

—Entonces publicamos sobre la historia de la Vigilia —dijo Amina—. Sin acusar. Preguntas abiertas. Rutas antiguas, suspensión, recuperación, seguridad.

—Preguntas abiertas también molestan —dijo Nora.

—Por eso son preguntas.

Martina asintió.

—The Lookout bajo guantes.

—Me niego a titular así —dije.

—No es título. Es método.

—Todo el mundo está teniendo frases decentes menos yo. Me siento atacada.

La reunión de The Lookout fue en la sala pequeña que usábamos desde el curso anterior, aunque ya no era exactamente nuestra.

Habían cambiado la cerradura, instalado un lector nuevo y colocado una cámara en el pasillo, justo encima de la puerta.

No apuntaba directamente al interior, claro.

El Aurora jamás sería tan burdo cuando podía ser perfectamente defendible.

Apuntaba al tramo de entrada, lo cual bastaba para saber quién entraba, quién salía y cuánto tardaba en cometer pensamiento crítico.

Nora se plantó debajo de la cámara y la saludó con una mano.

—Hola, control parental.

—Nora —dijo Celia.

—¿Qué? Estoy siendo amable.

Martina pasó su credencial. El lector pitó verde.

Luego pasó la mía gris. Tardó. Otra vez.

No tanto como la anterior, pero tardó. La cámara, por supuesto, no parpadeó porque las cámaras no hacen esas cosas salvo en las películas.

Aun así, tuve la sensación muy clara de que alguien acababa de registrar mi entrada en un sitio donde, más tarde, podía convenir decir que yo había estado.

La sala de The Lookout olía a papel, polvo, cables y chucherías escondidas.

Tenía dos mesas, una pizarra, un tablón con artículos en desarrollo y una estantería donde Nora guardaba comida entre carpetas con una fe que rozaba la blasfemia.

En la pared todavía quedaba una marca del año anterior, un pequeño desconchón junto al interruptor que nadie había arreglado.

Me alegró verlo. Era absurdo, pero me alegró.

Una cicatriz mínima que el Aurora no había conseguido pintar todavía.

Nos sentamos alrededor de la mesa principal: Martina, Nora, Celia, Amina, Irene y yo.

Inés y Nuria llegaron después, con sus carpetas de prensa.

Bruno no entró; se quedó en el pasillo, oficialmente porque tenía que devolver material a Lumbre y extraoficialmente porque alguien necesitaba mirar si la cámara del techo era de las que guardaban audio.

Hugo tampoco vino. Laura, en cambio, apareció cinco minutos tarde, cerró la puerta y dijo:

—Nicolás está con Arriaga y otra persona del patronato.

Todas la miramos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Celia.

Laura dejó la mochila sobre una silla.

—Porque la gente decorativa puede entrar en sitios si lleva papeles y cara de no entender nada.

—Me encanta tu método —dijo Nora.

—No deberías. Es deprimente.

Laura se sentó.

—No oí mucho. Solo que Arriaga le decía que no era momento de “reactivar viejas confusiones”. Nicolás respondió algo como “no son confusiones si siguen ahí”. Luego cerraron la puerta del despacho.

—¿Viejas confusiones? —repetí.

Amina escribió la frase en la pizarra.

—Suena a 2014 —dijo Celia.

—Todo suena a 2014 en este sitio —dijo Nora—. Si un radiador hace ruido, probablemente es 2014 intentando salir.

Martina miró la pizarra. Había escrito tres columnas: VIGILIA, CREDENCIALES, N. / MENCÍA. Debajo, Amina añadió FAROLES.

—No publiquemos nada todavía sobre credenciales —dijo Martina—. Pero sí sobre la recuperación de la Vigilia. Podemos pedir testimonios de alumnos, explicar la tradición, preguntar por seguridad y por qué se suspendió.

—Nos van a revisar el artículo antes de publicarlo —dijo Inés.

—Entonces escribimos algo que pase revisión y deje preguntas donde tengan que estar.

—Eso es muy de Martina —dijo Nora—. Clavar un cuchillo y ponerle servilleta.

Martina sonrió apenas.

—Gracias, creo.

Yo encendí uno de los ordenadores. La pantalla tardó en cargar. La red interna pidió usuario, contraseña y verificación con credencial. Metí mis datos. Pasé la tarjeta gris. El sistema pensó. Pensó demasiado. Luego entró.

El escritorio de The Lookout apareció con sus carpetas habituales: borradores, entrevistas, archivo, fotografías, edición actual, verificación. Todo parecía igual.

Hasta que Nora se inclinó sobre mi hombro.

—Eso no estaba ahí.

Señaló una carpeta nueva.

RUTA_03

No la toqué. Aprendizaje, lo llaman.

—Celia —dije.

Celia ya estaba de pie. Amina también. Martina cerró la puerta con seguro, aunque eso no servía de mucho si el problema estaba dentro del sistema.

Irene se quedó sentada, muy blanca. Laura miró hacia el pasillo, como si esperara que alguien entrara justo porque habíamos visto lo que no debíamos ver.

—No abras —dijo Bruno desde fuera.

Todas nos giramos hacia la puerta.

—¿Estabas escuchando? —pregunté.

—La puerta no insonoriza.

—Eso no responde.

—Sí responde. No satisface.

Amina me miró.

—Está aprendiendo.