La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Eso último fue lo que más miedo me dio.

Una mesa ovalada podía ser burocracia. Una jarra de agua podía ser cortesía institucional.

Los vasos idénticos podían ser simplemente una prueba más de que el Aurora compraba las cosas en lotes demasiado perfectos.

Pero una caja de pañuelos en una sala de convivencia significaba que alguien había decidido de antemano que allí podían ocurrir emociones, y las emociones previstas por adultos con carpeta siempre me parecían una forma muy elegante de secuestro.

Laura llegó con dos minutos de retraso y pidió perdón con la boca, pero no con la cara. Nicolás llegó justo después.

O sea, tarde.

Entró con una carpeta bajo el brazo, el pelo todavía húmedo y esa expresión suya de haber estado discutiendo con alguien o con algo que no se veía.

Arriaga levantó la vista. Fue un movimiento mínimo, pero el aire cambió lo suficiente para que incluso Irene se quedara más quieta.

Nicolás no miró a Alonso. Miró la silla libre, miró a Bruno, me miró a mí y se sentó junto a Hugo, como si elegir asiento también fuese una forma de no responder preguntas.

—Gracias por acudir con puntualidad —dijo Arriaga.

Nora no estaba presente y aun así la oí en mi cabeza diciendo: Nicolás no acudió con puntualidad, pero seguro que su apellido llegó antes. Me mordí el interior de la mejilla para no sonreír en una sala con caja de pañuelos.

Arriaga apoyó las manos sobre la mesa. Tenía las uñas limpias, cortas, perfectas. Las manos de los adultos del Aurora siempre parecían preparadas para firmar algo que te complicaría la vida.

—Ayer se produjo una incidencia durante la ruta de reconocimiento del Equipo 3 —empezó—. Quiero agradecer a todos la calma con la que actuasteis.

No sé quién había actuado con calma, pero supuse que en la versión oficial respirar sin prender fuego a la sala contaba como serenidad.

—El sistema registró una apertura no prevista de la puerta interior de la sala de faroles utilizando la credencial de Alma Vera García —continuó—. La puerta no llegó a abrirse completamente, nadie accedió a la sala y no hubo riesgo físico para el grupo.

Ahí estaba. La frase que había estado esperando.

No hubo riesgo físico.

Era preciosa. Limpia. Casi musical. También era mentira de esa manera tan técnicamente defendible que daba ganas de aplaudir con la frente contra la mesa.

No hubo una caída, no hubo humo, no hubo golpe, no hubo sangre.

Nadie podía enseñar un moratón y decir: aquí, señor Arriaga, aquí está el riesgo físico.

Pero una puerta cerrada que se abre con tu nombre delante de un grupo entero no necesita morderte para ser peligrosa.

A veces basta con que enseñe los dientes.

—¿Quién activó la puerta? —pregunté.

Martina cerró los ojos un segundo. Debía de haber apostado mentalmente cuánto tardaría yo en hablar. Espero que perdiera.

Arriaga me miró con paciencia.

—Estamos revisándolo.

—¿Revisarlo significa que ya saben que no fui yo?

—Revisarlo significa revisar.

—Qué definición tan ambiciosa.

Elvira anotó algo. Fantástico. Primera marca del día antes de que sirvieran agua.

Berta Soler, la orientadora, intervino con una sonrisa suave. Era una mujer joven, de pelo corto y pendientes pequeños, con una voz diseñada para entrar en habitaciones donde alguien lloraba y salir con una carpeta más gruesa.

—Alma, entiendo que sientas inquietud.

—No siento inquietud. Siento que alguien está usando mi nombre para abrir puertas.

—Esa situación puede generar sensación de exposición.

—No es sensación si hay un registro.

Bruno levantó la vista hacia Arriaga.

—La activación no se produjo por proximidad normal. El lector estaba a distancia. Además, la credencial de Alma no tocó el dispositivo.

—Eso consta en tu declaración preliminar —dijo Arriaga.

—No es una declaración preliminar. Es lo que vimos.

—Precisamente por eso consta.

El tono era amable. El contenido, una pared.

Hugo se inclinó un poco hacia delante.

—Yo también lo vi.

Arriaga asintió.

—Y agradecemos tu testimonio, Hugo.

Otra vez.

Testimonio. Como si la palabra saliera de una caja distinta cuando la usaba alguien con apellido donante.

Me dieron ganas de decirlo en voz alta, pero Martina me miró de reojo.

No con súplica. Con estrategia. A veces Martina no necesitaba hablar para recordarme que no todas las verdades convenían en el primer minuto de una reunión con adultos que tenían bolígrafos.

Laura, que hasta entonces había permanecido callada, giró su vaso sin beber.

—¿La puerta podía abrirse desde dentro?

Arriaga la miró con interés.

—No había nadie dentro.

—No he preguntado eso. He preguntado si podía abrirse desde dentro.

Elvira respondió:

—La sala interior no estaba en uso y permanecía cerrada desde el circuito principal.

—Eso tampoco responde.

Laura sonrió apenas. Una sonrisa educada, casi aburrida. Me cayó mejor de golpe, lo cual era injusto porque ya me caía a ratos, pero la gente que sabe hacer preguntas peligrosas sin parecer que las hace siempre gana puntos.

Arriaga tomó la palabra de nuevo.

—La apertura solo puede realizarse mediante credencial autorizada o activación administrativa.

Bruno no necesitó mirar a nadie para que todos entendiéramos lo mismo.

—Entonces —dijo él— o Alma tenía autorización, o alguien activó la puerta administrativamente, o el sistema registró mal el acceso.

—Correcto.

—¿Cuál de las tres?

—Eso es lo que estamos revisando.

Yo me incliné hacia delante.

—¿Y por qué mi credencial tenía autorización?

—Las credenciales para la Vigilia tienen permisos temporales configurados por grupos.

—La sala interior no estaba incluida en la ruta.

—No debería estarlo.

—Pero estaba.

—Eso es parte de la incidencia.

La palabra incidencia empezaba a ser mi enemiga personal. Si un día tenía una hija, jamás le pondría Incidencia, aunque en el Aurora seguro que habría una beca con ese nombre: Beca Incidencia, para alumnos con talento especial para ser convertidos en problema.

Irene levantó la mano.

Todos la miramos. Pobre. Se puso roja hasta las orejas, pero no bajó la mano. Aquello tuvo algo heroico y absurdo, como llevar paraguas a una tormenta de piedras.

—No hace falta que levantes la mano, Irene —dijo Berta, muy suave.

Irene la bajó con rapidez.

—Perdón. Solo quería decir que… que no parecía que Alma fuera a entrar. La puerta se abrió cuando todos estábamos mirando. Como si alguien quisiera que la viéramos.

Arriaga la escuchó con atención. No la interrumpió. Tampoco la creyó del todo; eso se notaba. O quizá sí la creyó, pero no le convenía demasiado.

—Es una observación valiosa —dijo—. La tendremos en cuenta.

Irene asintió, aunque su cara decía que no sabía si acababa de ayudar o de meterse en algo. Martina le puso una mano breve sobre el antebrazo. Ese gesto sí la ayudó.

—También llegó un mensaje a mi tablet —dije.

La mesa se quedó inmóvil.

Elvira levantó la vista.

—¿Qué mensaje?

—Uno sin remitente. Después de la ruta. Decía: “Primer punto de ruta completado”.

Arriaga no reaccionó demasiado. Berta sí, un poco. Elvira apretó los dedos sobre la tablet.

—No lo comunicaste —dijo Elvira.

—Lo estoy comunicando ahora.

—Debiste comunicarlo inmediatamente.

—Estaba ocupada intentando decidir si mi credencial era una llave o un chivo expiatorio.

—Alma —dijo Martina, bajísimo.

—¿Tienes el mensaje? —preguntó Arriaga.

Saqué la tablet de la mochila. No la había soltado desde la noche anterior.

Nora había insistido en hacer una captura, Celia había anotado la hora exacta, Amina había fotografiado el farol apagado desde tres ángulos y Bruno había dicho algo sobre no conectarla a ninguna red interna sin saber qué demonios había pasado, cosa que todos ignoramos en parte porque la tablet del colegio estaba prácticamente casada con la red interna.

Se la pasé a Arriaga. La miró sin tocar demasiado la pantalla.

Leyó el mensaje. Luego se la entregó a Elvira.

—¿Puede rastrearse? —preguntó Hugo.

—Lo intentaremos —dijo Elvira.

—¿Lo intentarán los mismos técnicos que configuraron la credencial? —pregunté.

Arriaga me devolvió la tablet.

—Alma, entiendo que tu confianza en los procedimientos sea limitada.

—Qué manera tan elegante de decir inexistente.

—Pero si quieres que esto se investigue, necesitamos trabajar desde esos procedimientos.

—Y si los procedimientos son parte del problema, ¿qué hacemos? ¿Rellenamos un formulario para denunciar al formulario?

Nicolás soltó una risa breve. Se arrepintió enseguida. Alonso lo miró por primera vez desde que había entrado. No fue una mirada dura. Fue peor. Fue una mirada familiar. No de cariño, sino de control antiguo.

—¿Quieres aportar algo, Nicolás? —preguntó Arriaga.

Nicolás se recostó un poco en la silla.

—No.

—Parecías divertido.

—Me ha hecho gracia lo del formulario.

—La situación no parece especialmente graciosa.

—No. Por eso supongo que hacía falta.

Aquel comentario no era mío, pero podría haberlo sido.

Me fastidió reconocerlo. También me fastidió que Nicolás lo hubiera dicho mirando a Alonso, no a mí.

Había algo ahí. Algo familiar, sí, pero no sencillo.

No quería a Alonso cerca. Eso estaba clarísimo.

Tampoco quería enfrentarse a él del todo. Eso estaba todavía más claro.

Arriaga cerró la carpeta que tenía delante.

—Vamos a establecer medidas temporales. Hasta que se aclare la incidencia, el Equipo 3 continuará sus actividades solo en rutas abiertas y con doble supervisión.

Las credenciales serán revisadas y sustituidas si es necesario.

Alma, durante las próximas cuarenta y ocho horas se limitará tu acceso a zonas no académicas fuera de horario lectivo.

—¿Perdón?

—Es una medida de protección.

—¿Protección de quién?

—Tuya.

—Qué casualidad. Todas las medidas para protegerme consisten en quitarme sitios.

—No se te quita ningún derecho académico.

—Solo movimiento, acceso y un poco de dignidad logística.

Berta Soler intervino:

—Alma, la medida evita que puedan volver a utilizar tu credencial en franjas sensibles.