La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 3 #6
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Capítulo 3 #6

Yo miré mi credencial sobre la mesa. Blanca, limpia, con mi nombre impreso. Una cosa pequeña. Una llave. Una prueba. Una mentira potencial.

—Hay que encontrar a Nicolás —dije.

Laura levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque en la sala de faroles parecía que se había tragado un fantasma con apellido.

—Nicolás siempre parece así.

—No. Esta vez sabía algo.

Bruno asintió.

—Lo vi.

—Yo también —dijo Irene, muy bajo.

La miré.

—¿Qué viste?

—Cuando la puerta se abrió… miró la mesa de faroles. No la puerta. La mesa. Como si buscara uno concreto.

Amina se inclinó un poco.

—¿Cuál?

Irene cerró los ojos, intentando recordar.

—El de Bruma no. El de Cumbre tampoco. Creo que… el de Atlas. O el hueco entre Atlas y Lumbre. No sé.

—El hueco —repitió Celia.

—Puede que faltara uno —dijo Bruno.

Elvira había dicho que no tocáramos. Que no entráramos. Que no alteráramos objetos. Pero nadie había dicho que no contáramos. Claro que nadie cuenta faroles cuando una puerta acaba de abrirse con su nombre. Salvo Irene, quizá, porque Irene tenía miedo de todo y por eso miraba de una forma distinta.

—Vale —dije—. Entonces buscamos a Nicolás.

Martina me agarró la muñeca.

—No. Entonces pensamos cómo buscar a Nicolás sin que parezca que Alma está presionando a otro alumno.

La odié un poco por tener razón. Muy poco. Con cariño.

—Puedo ir yo —dijo Hugo.

Todos lo miramos.

—Nicolás habla más fácil conmigo que con Alma.

—Eso no es difícil —dijo Nora—. Una lámpara habla más fácil contigo que con Alma si cree que Alma va a interrogarla.

—Gracias.

—Pero con amor.

Hugo guardó su credencial.

—Intentaré hablar con él antes de la cena. Sin presionarlo.

—¿Y si no quiere? —preguntó Irene.

—Entonces no quiere.

Laura se levantó del brazo del sofá.

—Yo preguntaré por la sala de faroles. No oficialmente.

—¿A quién? —pregunté.

—A gente que cree que sigo siendo decorativa.

—¿Y lo creen?

Laura sonrió sin ganas.

—Más les vale.

Bruno cogió mi credencial de la mesa y me la devolvió.

—Guárdala envuelta en algo metálico si puedes.

—¿Papel de aluminio?

—Serviría.

Nora abrió mucho los ojos.

—Por fin mis bocadillos y la seguridad nacional se cruzan.

—No es seguridad nacional —dijo Celia.

—Es seguridad de Alma, que es más ruidosa.

Bruno no se rió. Me sostuvo la mirada mientras dejaba la credencial en mi mano.

—Hasta que sepamos qué pasa, esa tarjeta no es solo tuya.

—Qué frase tan poco tranquilizadora.

—No intentaba tranquilizarte.

—Se nota.

Sus dedos rozaron los míos al soltar la tarjeta.

Fue nada. Menos que nada. Una tontería eléctrica y ridícula en medio de una sala llena de conspiración, reglamentos y pan robado.

Pero mi cuerpo decidió registrarlo con una eficacia que no tenía para cosas útiles, como recordar dónde había dejado el jersey de deporte.

Martina lo vio.

Por supuesto que lo vio.

Martina veía esas cosas con una precisión que debería estar prohibida por el reglamento de convivencia. No dijo nada. Solo bajó la mirada con una sonrisa mínima que me dieron ganas de negar en varios idiomas.

Antes de que pudiera hacerlo, el altavoz de Bruma sonó.

—Alumnado del Equipo 3: reunión de revisión mañana a primera hora en sala de convivencia. Asistencia obligatoria.

—Qué rapidez —dijo Nora.

—Demasiada —dijo Celia.

Yo miré la credencial en mi mano.

Mañana a primera hora. Sala de convivencia. Asistencia obligatoria. Todo por escrito. Todo ordenado.

Al otro lado de la ventana, la niebla había subido hasta tapar casi por completo el patio. Los faroles de las galerías exteriores empezaban a encenderse uno a uno, pequeños puntos amarillos contra el gris. Muy bonitos. Muy antiguos. Muy seguros, si una no sabía lo suficiente.

Uno de ellos, el más cercano a Bruma, parpadeó tres veces y se apagó.

Solo uno.

Los demás siguieron encendidos.

Nadie más lo vio al principio. O eso creí. Luego Bruno se acercó a la ventana a mi lado. Después Amina. Después Irene, que se quedó muy quieta.

—Puede ser un fallo —dijo Martina.

La miré.

Martina se miró a sí misma por dentro, por decirlo de alguna manera, y suspiró.

—Vale. Ha sonado horrible.

El farol apagado colgaba junto a la galería oeste.

La misma galería.

La misma ruta.

Mi credencial pesaba en mi mano como si ya no fuera plástico, sino una piedra con mi nombre escrito.

—No quería que entrara —dije, recordando la frase de Irene.

Bruno miraba el farol.

—No.

—Quería que constara.

—Sí.

Y entonces, como si alguien hubiera esperado a que lo entendiéramos, llegó un mensaje a mi tablet del colegio. Sin remitente visible. Sin asunto.

Solo una línea.

Primer punto de ruta completado.

Nora dejó escapar una palabra bastante poco institucional.

Martina se llevó una mano a la boca.

Celia se puso de pie.

Amina miró el farol apagado como si acabara de aprender su idioma.

Bruno me quitó la tablet con cuidado, leyó el mensaje y, por primera vez desde que lo conocía, no tuvo ninguna respuesta seca, ninguna observación técnica, ninguna frase útil.

Yo tampoco.

Porque no era una amenaza nueva.

Era peor.

Era alguien diciéndome que el juego ya había empezado.

Y que, según sus reglas, yo ya iba ganando.