Capítulo 3 #5
—No eres el problema, Alma —dijo.
—Qué alivio.
—Pero puedes convertirte en uno si cada anomalía termina en confrontación.
—Quizá el problema no es la confrontación, sino la anomalía.
—Quizá. Por eso la revisaremos.
—Mientras tanto, ¿qué hago? ¿Ignoro que alguien puede usar mi credencial?
—Mientras tanto, sigues las rutas asignadas, no te separas de tu equipo, no entras en zonas restringidas y no difundes información parcial.
—Eso suena mucho a “estate quieta”.
—Suena a “no te expongas”.
Otra vez esa palabra.
Exponerse.
Como si una fuera una ventana abierta en mitad de una tormenta y no una persona a la que alguien estaba empujando hacia el marco.
—¿Y si alguien me está exponiendo a propósito? —pregunté.
Arriaga tardó un segundo en responder. Muy poco. Pero tardó.
—Entonces lo descubriremos.
—¿Quiénes?
—La institución.
Ahí estaba el chiste. No uno gracioso, pero chiste al fin.
—La institución —repetí.
—Sí.
—La misma que durante años no descubrió cosas bastante visibles.
La mirada de Arriaga cambió por fin. No mucho. Lo suficiente para que apareciera algo detrás de la amabilidad. Cansancio, quizá. O advertencia.
—Por eso estoy aquí.
—Qué suerte tenemos.
—Y por eso te estoy pidiendo que no confundas vigilancia con persecución.
Me quedé callada.
No porque me hubiera convencido. No porque tuviera razón.
Sino porque entendí exactamente qué estaba haciendo.
Me ofrecía una palabra alternativa. Vigilancia.
No persecución. Incidencia. No manipulación.
Sensibilidad. No miedo justificado. Exposición.
No amenaza. Me cambiaba los nombres, uno por uno, hasta que mi versión empezara a sonar exagerada incluso para mí.
—Yo tampoco quiero confundirme —dije al final.
Arriaga pareció satisfecho.
Error.
—Por eso voy a fijarme mucho.
Su satisfacción se quedó sin sitio donde sentarse.
—Te sugiero que lo hagas con prudencia.
—La prudencia y yo estamos en negociación.
—Espero que lleguéis a un acuerdo.
—No prometo nada sin leer la letra pequeña.
La conversación terminó ahí, al menos oficialmente. Arriaga me dejó ir después de recordarme que la ruta del Equipo 3 quedaba cancelada hasta nueva revisión y que recibiríamos instrucciones por escrito. Instrucciones por escrito. Otra amenaza favorita del Aurora.
Encontré al grupo en la sala común de Bruma, aunque oficialmente solo Irene debía haber acabado allí.
Extraoficialmente, Nora, Martina, Celia, Amina y Bruno habían conseguido reunirse con una rapidez que habría impresionado a servicios de emergencia más financiados.
Hugo estaba también, incómodo junto a la puerta.
Laura se había sentado en el brazo de un sofá. Nicolás no estaba.
—¿Dónde está Nicolás? —pregunté nada más entrar.
Laura contestó antes que nadie.
—Se fue.
—¿Se fue adónde?
—Dijo que tenía que hablar con alguien.
—Qué específico.
Bruno se levantó.
—¿Qué te dijo Arriaga?
—Que no confunda vigilancia con persecución.
Nora hizo una arcada teatral.
—Dios. Me ha dado acidez institucional.
Celia ya estaba escribiendo.
—Puerta interior activada con credencial de Alma durante ruta supervisada. Testigos: Equipo 3 completo, Elvira, lector visible. Respuesta institucional: incidencia técnica, revisión pendiente, suspensión de ruta.
—Te faltó “Alma casi muerde a Arriaga” —dijo Laura.
—Eso va en anexos —dijo Nora.
Amina se acercó a mí.
—Tu credencial.
Se la di. La examinó como si fuera una piedra rara. Luego miró a Bruno.
—¿Puedes revisar si tiene duplicado?
—No sin lector.
—Hugo puede conseguir acceso al sistema de rutas —dijo Laura.
Hugo levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—No me mires así. Tu familia financió medio sistema de ciencias y tu hermano fue mentor de rutas. Si alguien puede preguntar sin levantar sospechas, eres tú.
Hugo se puso rígido.
—No voy a usar mi apellido para…
—¿Para ayudar a alguien a quien están incriminando? —pregunté.
El silencio fue un poco injusto. Lo supe en cuanto lo dije. Hugo también lo supo. Su cara se cerró.
—Lo haré —dijo—. Pero no porque me lo eches en cara.
—Hugo…
—No. Lo haré porque lo he visto. Porque esa puerta se abrió con tu nombre y porque si todos fingimos que no importa, entonces sí estamos exactamente en el mismo sitio que antes.
Me quedé sin respuesta.
Otro milagro de la tarde.
Martina me miró como diciendo: mira, a veces no rematar también es una opción. Qué pesada la gente buena.
—Perdón —dije.
Hugo asintió, breve.
—Aceptado. Pero que conste que ha sido desagradable.
—No sé pedir perdón con decoración.
—Se nota.
Nora levantó la mano.
—Bien, momento de crecimiento personal completado. Volvamos a la puerta asesina.
Irene, que había estado sentada junto a Martina, habló por primera vez.
—La puerta no quería abrirse para ella.
Todos la miramos.
Se puso roja al instante.
—No digo que la puerta quiera cosas. Ya sé que suena idiota.
—No suena idiota —dijo Bruno—. Sigue.
Irene tragó saliva.
—Digo que si alguien quería que Alma entrara, la habría abierto cuando estuviera sola. Pero la abrió delante de todos. Delante de Elvira. Delante de Hugo. Delante de Bruno. Delante de… todos.
Celia levantó la vista de su libreta.
—No quería que entrara. Quería que constara.
Irene asintió, casi con alivio de que alguien hubiera traducido bien.
—Eso.
El silencio que siguió fue distinto. Más frío. Porque hasta ese momento yo había pensado en una trampa como una puerta abierta para empujarme dentro. Pero Irene tenía razón. Aquella puerta no me había invitado. Me había señalado.
Amina dejó la credencial sobre la mesa.
—Están creando historial.
—Como dijiste —murmuró Martina, mirando a Celia.
—Primero acceso a galería oeste sin presencia real —dijo Celia—. Luego activación de sala interior durante ruta supervisada. Si aparece una tercera incidencia…
—Parecerá que Alma está intentando entrar en zonas prohibidas —terminó Laura.
—O que alguien del grupo la ayuda —añadió Bruno.
—O que The Lookout prepara una investigación saltándose normas —dijo Martina.
Nora se hundió en el sofá.
—Qué maravilla. Nos están escribiendo una biografía no autorizada.