Capítulo 3 #4
Los faroles eran más grandes de lo que había imaginado.
Metal oscuro, cristal amarillento, asas superiores, pequeños escudos grabados en la base.
Algunos estaban limpios. Otros conservaban manchas de humo.
Los de Bruma tenían una nube grabada. Los de Lumbre, una llama.
Los de Cumbre, una montaña. Los de Atlas, líneas que parecían mapas o cicatrices.
—Se revisarán antes de la Noche de los Faroles —explicó Elvira—. Hoy solo identificaremos modelos y rutas antiguas.
—¿Por qué se suspendió la Vigilia? —preguntó Irene.
La pregunta salió pequeña, pero clara.
Me sentí orgullosa y preocupada a la vez. Ser referente era una mierda.
Elvira la miró.
—Por cambios en el programa de actividades.
—Maël dijo que fue por un accidente —dijo Hugo.
Otra vez silencio.
Laura bajó la mirada a un farol de Cumbre.
—Siempre fue por un accidente —murmuró.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Laura tardó un segundo en contestar.
—Que cada promoción tenía su versión. Una caída, una intoxicación, una pelea, un chico encerrado en una galería. No sé. Historias.
—¿Y nadie sabe cuál fue real?
—En el Aurora las historias reales suelen ser las menos contadas.
Nicolás, que hasta entonces había estado mirando los faroles sin tocar ninguno, se apartó un poco.
—No todas las leyendas importan.
—Eso es exactamente lo que dice la gente en las novelas antes de que la leyenda importe muchísimo —dije.
—También es lo que dice la gente cuando no quiere alimentar a Alma Vera García con material inflamable.
—Demasiado tarde. Ya he olido humo.
Bruno miró un farol de Bruma.
—Este tiene el enganche cambiado.
Elvira se acercó de inmediato.
—No toques.
—Sigo sin tocar.
—Bruno.
—El enganche es nuevo. Los demás tienen remache antiguo. Este no.
Hugo se inclinó.
—Es verdad.
—Puede haber sido restaurado —dijo Elvira.
—¿Está en el inventario? —preguntó Laura.
Elvira consultó su tablet. Tardó más de lo que habría querido. Eso lo vimos todos.
—Modelo Bruma 04. Restaurado. Apto para exposición.
—¿Apto para uso? —preguntó Bruno.
—Para exposición.
—No es lo mismo.
—Nadie ha dicho que lo sea.
En ese momento, la puerta cerrada de la derecha emitió un clic.
No un golpe.
No un chirrido.
Un clic de cerradura electrónica.
Todos lo oímos. Incluso Elvira.
La luz del lector junto a la puerta se encendió en verde.
Mi credencial vibró contra mi mano.
Durante un segundo nadie se movió. Elvira miró la puerta. Bruno me miró a mí. Yo abrí el puño despacio. La tarjeta seguía allí, sin haber tocado nada, pero en la pequeña pantalla del lector aparecía una línea de texto.
ACCESO AUTORIZADO — A. VERA GARCÍA
Irene dejó escapar un sonido mínimo.
—No —dije.
Fue lo único que me salió. No una frase inteligente. No una ironía. No una defensa. Solo no.
Elvira dio dos pasos hacia la puerta y bloqueó el acceso con el cuerpo.
—Nadie se mueve.
—Yo no he abierto eso —dije.
—Nadie ha dicho que lo hayas abierto.
—Lo dice la puerta.
Bruno se acercó al lector.
—Esto no puede pasar por proximidad. Está demasiado lejos.
—Sada, aléjate.
—No ha usado la tarjeta.
—He dicho que te alejes.
La puerta se abrió un centímetro.
Desde dentro salió un olor a polvo, metal frío y algo más. No humo. No exactamente. Algo seco, antiguo, como tela guardada durante años. La rendija dejó ver oscuridad y una línea de luz baja, quizá de emergencia.
Hugo tragó saliva.
—Esa es la sala interior.
Nicolás estaba muy quieto.
Demasiado.
Lo miré.
—Tú sabes algo.
—No.
—Nicolás.
—No.
Pero su cara decía otra cosa. Su cara decía que a veces una mentira no se cuenta para engañar, sino para ganar tiempo.
Elvira cerró la puerta de golpe y pasó su propia credencial por el lector. La luz cambió a rojo. Luego sacó la tablet, tecleó con rapidez y habló por el comunicador.
—Incidencia en sala exterior de faroles. Puerta interior activada por error de credencial. Equipo 3 completo. Sin entrada. Solicito revisión técnica.
Por error de credencial.
Ahí estaba ya. El relato naciendo en vivo. Limpio, rápido, con uniforme.
—No ha sido un error —dijo Bruno.
Elvira lo miró.
—No tienes autoridad para determinar eso.
—Pero sí ojos.
—Y yo tengo responsabilidad sobre este grupo.
—Entonces deberías preguntarte quién acaba de abrir una puerta con el nombre de Alma.
—Lo revisaré.
—¿Por el canal correspondiente? —se me escapó.
Elvira giró la cabeza hacia mí. Había enfado en su cara, sí, pero también algo que me sorprendió: preocupación. O miedo. No por mí, quizá. Por lo que acababa de pasar delante de todos.
—Sí —dijo—. Por el canal correspondiente. Porque si no lo hacemos así, mañana habrá tres versiones distintas, una publicación medio cierta, cinco alumnos asustados y tú en el centro de todo.
—Yo ya estoy en el centro de todo. Alguien está usando mi nombre como llave.
—Precisamente por eso vas a callarte hasta que sepamos qué ocurre.
—No me digas que me calle.
—Alma —dijo Martina.
No estaba allí, claro. Pero la oí igual. En mi cabeza. En su tono de “por favor, no te inmoles delante de una prefecta con tablet”.
Respiré. Una vez. Dos. La puerta seguía cerrada. La luz del lector roja. Mi credencial fría en la mano. Irene pálida a mi lado. Bruno con la mandíbula apretada. Hugo serio por primera vez en toda la ruta. Laura mirando a Nicolás. Nicolás mirando al suelo.
Elvira ordenó volver por la misma ruta. Nadie protestó. Bueno, yo protesté por dentro, pero eso no constaba en acta, de momento. Subimos la escalera en silencio. Al pasar junto al lector de proximidad, mi credencial no pitó. Genial. La tarjeta también sabía elegir momentos para humillarme.
Al llegar a la galería oeste, nos esperaba Alonso Arriaga.
No sé cómo había llegado tan rápido. O sí lo sé, pero prefería no pensarlo.
Estaba junto a la puerta sin cartel, con las manos cruzadas delante del cuerpo y la expresión de quien ha recibido una incidencia, no de quien acaba de ser sorprendido por ella.
Eso fue lo peor. No parecía alarmado. Parecía preparado.
—Equipo 3 —dijo—. Lamento la interrupción.
—¿La lamenta? —pregunté.
Bruno hizo un movimiento mínimo, como si hubiera querido evitar que hablara pero hubiera llegado tarde. Historia de mi vida.
Arriaga me miró con una amabilidad impecable.
—Lamento cualquier situación que genere inseguridad, Alma.
—Qué específico.
—Y comprendo que estés especialmente sensible ante anomalías de registro.
Especialmente sensible.
Ahí estaba. La primera piedra oficial de mi futura torre de loca.
—No estoy sensible. Estoy en una puerta que se ha abierto con mi nombre.
—Lo revisaremos.
—¿Quién tiene acceso al sistema?
—El equipo técnico y convivencia.
—¿Y quién puede crear una copia de una credencial?
—Eso también lo revisaremos.
—¿Y quién puede revisar al equipo técnico y a convivencia?
Durante un segundo, la amabilidad de Arriaga se quedó quieta. No cayó. Solo se volvió más fina.
—Entiendo tu impulso de buscar respuestas inmediatas. Pero la seguridad no se construye desde la sospecha constante.
—No. Se construye desde puertas que no se abren solas.
Hugo dio un paso hacia delante.
—Señor Arriaga, la activación apareció con el nombre de Alma. Todos lo vimos.
Arriaga lo miró. El apellido de Hugo pareció pesar en el aire de una forma que el mío jamás pesaría.
—Gracias, Hugo. Tu testimonio quedará registrado.
Ah, claro.
Cuando Hugo lo decía, era testimonio.
Cuando yo lo decía, era sensibilidad.
Bruno también habló.
—Y no fue proximidad. La tarjeta estaba lejos del lector.
—También quedará registrado, Bruno.
Lo dijo bien, sin desprecio evidente. Pero había un matiz. Bruno lo notó. Yo también. Hugo era testimonio. Bruno era información técnica. Yo era reacción.
Laura se cruzó de brazos.
—¿La ruta sigue?
—No —dijo Elvira—. El Equipo 3 queda suspendido por hoy.
—Qué honor —dije—. Primera actividad y ya somos tradición.
Nadie se rió.
Ni siquiera Nora, que habría hecho un esfuerzo si hubiera estado.
Arriaga pidió a Elvira que acompañara a Irene y a los otros alumnos a la sala común. A mí me pidió que me quedara un momento. Bruno abrió la boca.
—No —dije antes de que él hablara.
Me miró.
—No he dicho nada.
—Ibas a decirlo.
—Y tú ibas a decir que no.
—Mira qué bien nos comunicamos.
Arriaga observó el intercambio con una atención que me molestó más que cualquier comentario.
—Solo serán unos minutos —dijo—. Elvira puede quedarse si eso te tranquiliza.
Me tranquilizaba más un cuchillo de mantequilla que Elvira en modo informe, pero no lo dije.
—Estoy bien —respondí.
Bruno no se movió.
—Sada —dijo Arriaga, con una sonrisa pequeña—. Puedes ir con el grupo.
Bruno me miró. No dijo cuidado. No hizo falta. Tenía una forma muy pesada de no decirlo.
Se fue al final, con Hugo, Laura, Nicolás e Irene. Irene se giró dos veces antes de doblar el pasillo. La segunda, levanté una mano, intentando parecer menos a punto de ser devorada por una reunión improvisada.
Arriaga esperó a que se alejaran.
—Alma —dijo—, sé que esto puede parecerte personal.
Me reí. Una risa corta, maleducada, imposible de contener.
—No me diga.
—Pero precisamente por eso tenemos que actuar con calma. Vienes de dos cursos emocionalmente exigentes. Has estado implicada en situaciones graves, has tenido un papel público dentro del alumnado y eso puede generar una sensación de vigilancia constante.
—No genera una sensación. Genera una puerta abriéndose con mi nombre.
—Y esa incidencia se revisará.
—¿Por usted?
—Por el equipo correspondiente.
—Qué casualidad que todo corresponda siempre lejos de mí.
Arriaga no perdió la paciencia. Eso era lo peor.
Se limitó a inclinar un poco la cabeza, como si estuviera escuchando a una alumna brillante, difícil y ligeramente dañada.
Me vi desde fuera durante un segundo, y eso me dio más miedo que la puerta: Alma Vera García, becada, historial de conflictos, vinculada a The Lookout, implicada en sucesos previos, reacciona con hostilidad ante una incidencia técnica durante una actividad de convivencia.
Si una frase se escribía con suficiente limpieza, podía convertirte en cualquier cosa.