Capítulo 3 #3
Me quedé mirándolo. Esa frase no sonaba a chico arrogante de apellido largo. Sonaba a alumno que había aprendido una regla invisible a golpes limpios.
—¿Qué sabes de esta galería? —pregunté.
—Lo mismo que todos.
—Eso nunca es verdad.
—Lo mismo que todos los que escuchan más de lo que hablan.
—Qué cómodo.
Nicolás sonrió sin humor.
—Tú deberías probarlo alguna vez.
—Soy alérgica.
Antes de que pudiera responder, Elvira nos hizo detenernos ante una vitrina temporal colocada contra la pared.
Dentro había objetos seleccionados para la exposición de la Vigilia: insignias antiguas, cintas de casas, tarjetas de ruta, un mapa amarillento y tres faroles pequeños, apagados.
Uno de Bruma, uno de Lumbre, uno de Cumbre.
Faltaba Atlas, aunque quizá estaba en otra vitrina.
El de Bruma tenía el cristal ligeramente agrietado.
No sé por qué me fijé en eso.
Bueno, sí lo sé.
Porque debajo del farol de Bruma había una etiqueta provisional, escrita a mano, que alguien no había cambiado todavía:
Ruta C — 2014 — retirar
Sentí que el aire de la galería se volvía más frío.
—Celia tendría un orgasmo de inventario con esto —murmuré.
Irene me miró, escandalizada.
—¿Qué?
—Nada. Lenguaje técnico.
Bruno se acercó a la vitrina. Elvira dio un paso hacia él.
—No se toca.
—No estoy tocando.
—Otra vez esa frase.
—El cristal del farol está roto desde dentro —dijo Bruno.
Elvira se quedó quieta.
Hugo se inclinó también, pero sin invadir demasiado.
—Tiene razón.
—¿Cómo va a romperse desde dentro un farol? —preguntó Irene.
—Calor, presión, un golpe interno, defecto del cristal —dijo Bruno—. O alguien lo rompió y lo colocó así.
—Es material antiguo —dijo Elvira—. Puede tener daños.
—Claro —dije—. En el Aurora hasta los objetos tienen traumas antiguos y nadie les hace caso hasta que aparecen en una vitrina.
Laura soltó una risa seca.
—Eso te lo compro.
Elvira nos pidió seguir, pero esta vez su voz tenía una rigidez nueva.
No era miedo. O no solo. Era enfado por haber perdido el control de la explicación.
Las personas como Elvira podían tolerar preguntas si venían con turno, tono y finalidad pedagógica.
Lo que no toleraban era que un objeto hablara fuera de su guion.
La ruta continuó hacia el patio de fundadores.
Salimos por una puerta lateral y el frío nos pegó en la cara.
La lluvia fina se había convertido en niebla mojada, o quizá la niebla había decidido hacerse pasar por lluvia para variar.
El patio estaba rodeado por muros de piedra y placas con nombres de antiguos directores, benefactores y promociones distinguidas.
Allí, los apellidos no estaban en carpetas ni en mesas de comedor.
Estaban atornillados a la pared. Mencía aparecía dos veces.
Arriaga, una. Ferrán del Valle, en una placa de donación reciente junto a una reforma del pabellón de ciencias.
García no aparecía, sorpresa histórica que todos sobrevivimos a gestionar.
Irene miraba las placas con una mezcla de curiosidad y abatimiento.
—¿Te abruma? —le pregunté.
—Un poco.
—Es normal. Este patio está diseñado para que una se sienta mal por no haber financiado una escalera antes de nacer.
Hugo se volvió.
—Algunas familias han ayudado mucho al colegio.
—No lo dudo. El colegio se acuerda de recordarlo.
—Alma.
—¿Qué? Es verdad.
—No todo reconocimiento es injusticia.
—No. Pero cuando solo se reconoce a quienes ya tenían placa en la vida, una empieza a notar el patrón.
Hugo abrió la boca, la cerró y miró hacia una de las placas. La de su familia. No estaba orgulloso exactamente. Tampoco avergonzado. Se le cruzó algo más complicado por la cara, y yo, que a veces soy una persona decente por accidente, no rematé.
Rodrigo Mencía apareció en el extremo del patio con otro grupo.
No era nuestro turno de cruzarnos, en teoría, pero las rutas convergían allí durante cinco minutos para una prueba conjunta.
Lo acompañaban Darío, dos alumnas de Cumbre y una prefecta que no conocía.
Rodrigo saludó a Elvira con una inclinación de cabeza. Luego me miró.
—Vera García —dijo.
—Mencía.
—¿Disfrutando de la historia familiar del colegio?
—Muchísimo. Me encanta cuando las paredes presumen.
Darío estaba a su lado. Tenía las manos en los bolsillos y una expresión demasiado quieta. Cuando lo miré, sonrió apenas.
—Cuidado con la lluvia —dijo—. Las piedras resbalan.
—Qué amable.
—No quiero que tengas un accidente antes de que empiece lo divertido.
La frase fue lo bastante ambigua para no significar nada y lo bastante precisa para que Bruno diera un paso sin darse cuenta. Yo lo noté. Darío también. Eso le gustó, claro. A Darío le gustaban las reacciones como a Nora el pan: con entusiasmo y poca vergüenza.
—Darío —dijo Elvira.
Él levantó las manos.
—Solo soy considerado.
—Eso sí que es ficción institucional —dije.
Rodrigo miró a Darío con algo parecido a fastidio.
No mucho. Un destello. Como si Darío estuviera tocando una cuerda que no debía tocar todavía.
Eso me interesó. En el curso anterior, Darío había sido muchas cosas: peligro, arrogancia, crueldad, ruido.
Pero no siempre había sido el que mandaba.
A veces era el perro suelto de una casa que prefería fingir que no tenía perros.
La prueba conjunta consistía en identificar símbolos antiguos de casas en un mural del patio.
Muy educativo, muy cooperativo, muy útil para que alumnos con tensión acumulada se juntaran bajo la lluvia a leer piedras.
Elvira y la otra prefecta repartieron tarjetas.
Teníamos que encontrar cuatro símbolos ocultos en las placas y anotar a qué periodo de la Vigilia pertenecían.
—Si alguien me hubiera dicho que acabaría buscando dibujitos aristocráticos en una pared mientras Darío me desea accidentes, quizá habría elegido ajedrez municipal —dije.
Nicolás se colocó a mi lado.
—No habrías durado.
—¿En ajedrez?
—En municipal.
—Touché.
Buscamos los símbolos. O fingimos buscarlos mientras todos observábamos a todos.
Bruno no dejaba de mirar el suelo húmedo cerca del borde de la fuente pequeña del patio.
Hugo revisaba las placas con atención real.
Laura encontró el símbolo de Atlas detrás de una inscripción dedicada a un antiguo director.
Irene, para sorpresa de todos y quizá de sí misma, localizó el de Bruma casi al instante, escondido en la base de una placa de 1987.
—Bien —dijo Elvira.
Irene se puso roja.
—Solo estaba ahí.
—La mayoría de las cosas solo están ahí —dijo Amina, que apareció desde otro grupo como si la hubiera invocado el concepto de observar—. La diferencia es quién mira.
—¿Tú no estabas en el Equipo 5? —pregunté.
—Sigo estando.
—Eso no responde.
—Sí responde. No satisface.
Nora, a unos metros, levantó un pulgar con la boca llena de algo, probablemente ilegal.
Cuando terminamos la prueba, la otra ruta siguió hacia el claustro y la nuestra volvió a la galería oeste. Darío pasó junto a mí antes de irse. Se inclinó un poco, no lo bastante para que una prefecta pudiera llamarlo intimidación, sí lo suficiente para invadir el espacio.
—De verdad, Vera. Mira dónde pisas.
No contesté. Mérito mío. O de Bruno, que estaba demasiado cerca y no quería darle el gusto de tener que sujetarlo.
Volvimos al interior. La galería parecía más oscura que antes, aunque no había pasado tanto tiempo. La lluvia golpeaba los cristales con un ritmo irregular. Elvira consultó la tablet.
—Último tramo. Escalera de servicio restaurada y sala exterior de faroles. Recuerdo: nadie entra en la sala interior.
—Lo has dicho varias veces —dijo Laura.
—Y, aun así, lo repetiré.
La escalera de servicio estaba al final de un corredor estrecho.
No era una escalera noble, de esas que salen en folletos con alumnos llevando libros contra el pecho.
Era una escalera funcional, de piedra gastada, con barandilla de hierro y ventanas pequeñas a intervalos irregulares.
Olía a humedad más fuerte. Las paredes tenían marcas donde quizá antes hubo tuberías o cables.
Una cinta negra cerraba un tramo lateral hacia abajo.
Al pisar el primer escalón, mi credencial emitió un pitido.
No fuerte. Un sonido breve, agudo, absurdo.
Todos se detuvieron.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Irene.
Bruno se giró hacia mi tarjeta. Yo la levanté con dos dedos, como si fuera un bicho.
—Yo no he hecho nada.
—El lector está ahí —dijo Bruno, señalando una pequeña placa metálica en la pared, casi invisible bajo una moldura.
—¿Por qué hay un lector en una escalera? —pregunté.
Hugo frunció el ceño.
—Control de tramos.
—No debería activarse si no acercas la tarjeta —dijo Bruno.
—No la he acercado.
Elvira bajó un escalón hacia nosotros.
—Las credenciales pueden leerse por proximidad en algunos puntos.
—¿Desde cuándo? —preguntó Bruno.
—Desde que se instaló el sistema nuevo.
—¿Y eso está informado?
—En el protocolo.
—¿En qué página? —pregunté.
Elvira me miró.
—En la que no leíste porque estabas ocupada burlándote del título.
Golpe bajo. Merecido, pero bajo.
Bruno no sonrió. Se acercó a la placa y la observó sin tocar.
—Ha registrado paso de Alma.
—Porque está aquí —dijo Elvira.
—Pero si registra por proximidad, puede marcar que entró en una zona aunque solo pase cerca.
—Eso no es una incidencia. Es una función.
—Es una coartada con batería —murmuré.
Hugo me oyó y esta vez no me corrigió.
Seguimos bajando. Yo llevaba la credencial dentro del puño, pegada al pecho, como si pudiera impedir que el edificio pronunciara mi nombre sin permiso.
La escalera desembocaba en un descansillo amplio, con una puerta cerrada a la derecha y una arcada hacia una sala exterior cubierta.
Allí estaban las cajas de faroles antiguos, colocadas sobre mesas, con etiquetas por casa, inventario, códigos y cintas de seguridad.
No era la sala interior, según Elvira, sino la antesala habilitada para la exposición.
Aun así, la palabra faroles me raspó la nuca.