La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El Equipo 3 se reunió junto a la columna central.

Bruno ya estaba allí, con la credencial colgada del cuello, la chaqueta de Lumbre abierta y una libreta pequeña en la mano.

Hugo hablaba con él en voz baja, señalando algo en el mapa.

Laura Escribano apoyaba la espalda contra la pared, con los brazos cruzados y cara de haber aceptado que aquel equipo podía arruinarle la tarde, pero no pensaba facilitarle el trabajo.

Nicolás llegó tarde sin llegar tarde, que era una especialidad suya; apareció con el pelo húmedo por la niebla, la corbata algo torcida y una sonrisa que parecía haber sido ensayada para no explicar nada.

Irene caminaba a mi lado con su mapa plastificado y los ojos grandes.

La prefecta asignada era Elvira Sanz.

Por supuesto.

Porque el universo, cuando se aburre, también hace casting.

—Equipo 3 —dijo Elvira, revisando la lista—.

Primera ruta de reconocimiento histórico.

Sector principal, galería oeste, patio de fundadores, escalera de servicio restaurada, sala exterior de faroles.

No se entra en sala de faroles. No se accede a zonas marcadas con cinta negra.

No se abandona el grupo. No se alteran objetos.

No se fuerzan puertas. No se publican imágenes sin autorización.

—Me alegra que hayas aclarado lo de forzar puertas —murmuré—. Justo iba a sacar la palanca del desayuno.

Elvira levantó la mirada.

—Alma.

—Perdón. Comentario interno que ha escapado.

—Procura reforzar las cerraduras.

Nora no estaba en el equipo, pero desde el grupo de al lado me hizo un gesto de bendición alimentaria.

Martina estaba con otro equipo, bastante lejos, y me observaba con preocupación.

Celia, junto a Atlas, llevaba una libreta tan apretada contra el pecho que parecía preparada para declarar en un juicio.

Amina no estaba visible, cosa que no significaba nada bueno ni malo; Amina visible y Amina invisible solían ser igual de peligrosas para quien quisiera ocultar barro.

—Antes de empezar —dijo Elvira—, credenciales.

Fuimos pasando las tarjetas por un lector portátil. Un pitido verde por persona. Hugo. Laura. Bruno. Irene. Nicolás. Yo. Cuando mi credencial tocó el lector, el aparato tardó medio segundo más. No mucho. Lo justo para que Bruno levantara la vista. El pitido sonó finalmente en verde.

—¿Algún problema? —pregunté.

Elvira miró la pantalla del dispositivo.

—Ninguno.

Bruno seguía mirando el lector.

—Ha tardado más.

—El sistema puede tardar según el volumen de accesos —dijo Elvira.

—No hay volumen. Somos seis.

—Ocho —corrigió Hugo.

—Qué gran aporte estadístico —dije.

Hugo me miró con resignación.

—Era un dato.

—Los datos también pueden ser pedantes si llevan bufanda cara.

—¿Vais a hacer esto toda la ruta? —preguntó Laura.

—Probablemente —dijo Nicolás—. Será una actividad de resistencia.

Irene nos miró a todos, y por un segundo pensé que iba a pedir cambio de equipo. Sensata.

La ruta comenzó por el vestíbulo principal.

Elvira caminaba delante con la tablet y la lista.

Detrás íbamos nosotros, demasiado agrupados para parecer tranquilos y demasiado separados para parecer amigos.

Hugo intentaba escuchar las explicaciones con una atención casi militante.

Laura miraba las paredes como si reconociera más cosas de las que quería admitir.

Nicolás caminaba con las manos en los bolsillos, observándolo todo sin fijar demasiado la mirada en nada.

Bruno iba a mi derecha, un paso atrás, lo cual me molestaba porque parecía escolta y me tranquilizaba porque parecía escolta.

Irene iba a mi izquierda, pegada al mapa como si el papel pudiera protegerla de la arquitectura.

Elvira empezó con una explicación sobre el patio de fundadores, los primeros edificios del Aurora, las ampliaciones por casas, la construcción de las galerías cubiertas y el origen de la Vigilia.

Hablaba bien. Demasiado bien. Ese era otro rasgo del colegio: hasta las prefectas tenían tono de audioguía con formación moral.

—La Vigilia de las Casas nació como una prueba de orientación, cooperación y memoria institucional —dijo—.

Antiguamente, los alumnos recorrían distintas zonas del instituto con faroles de casa, resolviendo enigmas vinculados a la historia del centro.

El objetivo no era competir, sino recordar que ninguna casa sostiene sola la luz del Aurora.

—Qué bonito —murmuré.

—Lo dices como si quisieras denunciarlo —dijo Nicolás.

—Es que la frase tiene antecedentes.

—Tú también.

Lo miré.

—¿Eso era un ataque?

—No. Una observación histórica.

—Ah, entonces gracias. Me encanta ser patrimonio.

Nicolás sonrió, pero no con tranquilidad. Desde que había aparecido Alonso Arriaga, algo en él estaba más cerrado. No podía culparlo. Compartir apellido con un adulto institucional del Aurora debía de ser una experiencia parecida a tener una cámara de vigilancia en el árbol genealógico.

Llegamos a la galería oeste.

La reconocí antes de que Elvira dijera el nombre.

No porque hubiera estado allí, que no había estado, al menos no según mi memoria y sí según mi credencial, detalle que me hacía muchísima gracia si una entendía por gracia una sensación de náusea administrativa.

La galería era larga, más estrecha que las principales, con ventanales altos a un lado y una pared de piedra al otro.

Olía a humedad, madera vieja y metal. Algunas lámparas habían sido sustituidas por focos discretos, pero quedaban soportes antiguos en las paredes, pequeñas argollas de hierro donde quizá antes colgaban faroles.

El suelo de piedra tenía zonas más gastadas, como si generaciones de alumnos hubieran pasado por allí siguiendo una ruta que luego alguien decidió borrar de los mapas.

Bruno miró inmediatamente los lectores de acceso de las puertas laterales.

—No toques nada —dijo Elvira sin girarse.

—Estoy mirando.

—Tú miras con intención de tocar.

—Eso es discriminación técnica.

Me reí. Bruno me oyó y no me miró, pero la comisura de su boca hizo algo. Pequeño. Casi nada. Suficiente para fastidiarme el equilibrio durante dos pasos.

—Esta galería estuvo cerrada durante años —dijo Hugo.

Elvira se detuvo.

—No cerrada. En uso restringido.

—Qué diferencia tan delgada y tan cara —dije.

Hugo siguió mirando los soportes de la pared.

—Maël decía que antes pasaba por aquí una prueba de la Vigilia.

—Antes pasaban muchas rutas por sectores que ahora no se usan —dijo Elvira—. El edificio cambia.

—El edificio o la versión —dijo Laura.

Todos la miramos. Laura no parecía arrepentida, solo molesta consigo misma por haber hablado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Elvira.

Laura se encogió de hombros.

—Nada. Que las tradiciones se editan. Como todo.

Elvira la observó un segundo más de lo cómodo. Luego siguió andando.

—La ruta actual se ha diseñado con criterios de seguridad.

Seguridad. Esa palabra empezaba a parecerme una puerta con demasiadas cerraduras por fuera.

Pasamos junto a una puerta de madera oscura con un lector de credenciales nuevo.

No tenía cartel. No hacía falta. Bruno se detuvo medio segundo.

Yo también. El lector estaba apagado, pero al acercarme noté que mi credencial, colgada al cuello, rozaba contra el jersey como si tuviera peso propio.

Tontería, claro. Una tarjeta de plástico no siente nada.

Una alumna paranoica, en cambio, siente hasta el plástico.

—Esa puerta lleva a la escalera secundaria —dijo Hugo—. La que conecta con la sala exterior de faroles.

—No está en uso —dijo Elvira.

—Pero mi credencial la abrió ayer —dije.

El silencio fue inmediato.

Mal. Muy mal. Martina me habría dado un codazo. Celia habría cerrado los ojos. Nora habría pedido pan para superar la tensión. Yo me di cuenta de que lo había dicho demasiado tarde, que era una especialidad mía.

Elvira se giró despacio.

—¿Perdón?

—Según el registro —dije, intentando sonar menos acusatoria y más alumna funcional—, mi credencial marcó acceso a la galería oeste ayer por la mañana. Yo no estaba aquí.

Hugo miró a Bruno. Bruno no dijo nada. Nicolás dejó de mirar la pared. Laura bajó los brazos. Irene se pegó un poco más a mí.

—¿Quién te informó de ese registro? —preguntó Elvira.

No preguntó si era cierto. Preguntó quién me lo había dicho. Interesante. Horrible, pero interesante.

—Eso no cambia el hecho —dije.

—Cambia el procedimiento.

—Claro. El procedimiento siempre llega justo cuando la verdad empieza a caminar sola.

Elvira apretó la tablet contra el pecho.

—Alma, cualquier anomalía en credenciales debe comunicarse por el canal correspondiente.

—¿Antes o después de que alguien use mi nombre para abrir puertas?

—Ahora mismo estás en una actividad supervisada.

—Qué alivio. Si me incriminan con supervisión, seguro que pesa menos.

—Alma —dijo Bruno.

No fue reproche. Fue advertencia. Me mordí la lengua. Otra vez. Iba a necesitar una lengua nueva antes de Navidad.

Elvira respiró hondo.

—Al finalizar la ruta, revisaremos esa incidencia. Mientras tanto, seguimos. Nadie se separa del grupo.

Siguió andando. Durante varios segundos nadie habló. Solo se oían nuestros pasos en la piedra y la lluvia fina golpeando los ventanales altos. Irene me rozó la manga.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Eso ha sonado como cuando yo digo que estoy bien.

—Entonces no me creas mucho.

Nicolás se colocó a mi lado, al otro lado de Irene. No miró a la prefecta. Miró la puerta que habíamos dejado atrás.

—No deberías haberlo dicho delante de Elvira.

—Qué generoso el club de personas que creen saber lo que no debería hacer.

—Lo digo porque ahora ya sabe que lo sabes.

—¿Y tú cómo sabes que eso importa?

Nicolás no contestó enseguida. Ese era su problema: sabía demasiado bien cuándo una frase necesitaba silencio, y eso lo hacía parecer más culpable incluso cuando quizá solo estaba asustado.

—Porque aquí todo importa cuando alguien sabe que lo has visto —dijo al final.