Capítulo 3
A la mañana siguiente descubrí que una podía dormir ocho horas y despertarse igual de cansada si antes de cerrar los ojos había tenido que procesar una amenaza anónima, un protocolo institucional, una credencial usada por alguien que no era ella y a Bruno Sada diciéndole cosas sensatas en una escalera con demasiada intensidad para ser legal antes de la cena.
No dormí ocho horas, por supuesto. Eso habría sido abusar de la fantasía.
Dormí a trozos, como si mi cabeza hubiera decidido organizar guardias nocturnas sin consultarme.
Me desperté a las dos, convencida de que había oído pasos en el pasillo.
A las tres y cuarto, porque Martina se giró en su cama y Jacinta —la planta de bienestar vegetal, que ya tenía más estabilidad emocional que varias alumnas— proyectó una sombra rarísima sobre la pared.
A las cinco, porque soñé que mi credencial abría puertas sola, una detrás de otra, y que al final de cada pasillo había un farol encendido con mi nombre escrito en el cristal.
Muy sutil todo. Mi subconsciente, cuando quería ponerse gótico, no escatimaba presupuesto.
A las seis y media, el altavoz de Bruma nos despertó con una campanilla amable y una voz todavía más amable, que informó de que la primera actividad de reconocimiento de rutas comenzaría a las cuatro de la tarde, que todos los equipos debían presentarse con credencial visible y que la puntualidad era una forma de respeto a la comunidad.
Me quedé mirando el techo, odiando la puntualidad, el respeto y la comunidad con una energía admirable para alguien que aún no había desayunado.
—No digas nada —murmuró Martina desde la otra cama.
—No he abierto la boca.
—Tu silencio está siendo sarcástico.
—Es un don.
Martina se incorporó con el pelo revuelto y la cara de persona que había dormido, lo cual me pareció ofensivo en el plano personal. Luego me miró mejor. Ahí se le borró la somnolencia.
—¿Has dormido?
—Sí.
—Alma.
—He cerrado los ojos en varias ocasiones.
—Eso no es dormir.
—Para los estándares del Aurora, seguro que es participación.
Martina suspiró y se sentó en el borde de la cama.
Durante un momento no dijo nada. La luz gris de la mañana entraba por la ventana, lavada por la niebla, y la habitación parecía más pequeña que el día anterior, como si el edificio hubiera respirado durante la noche y nosotras hubiéramos quedado un poco más dentro.
En la mesa, mi credencial estaba boca abajo, junto a los horarios, las normas de Bruma y la bolsita transparente donde Celia había guardado la nota.
No sé por qué la habíamos dejado allí. Quizá porque tenerla cerca era menos inquietante que imaginarla en otro sitio.
O quizá porque somos idiotas con método.
—Deberíamos contárselo a Salvat —dijo Martina.
—¿La nota o lo de la credencial?
—Las dos cosas.
—Salvat informaría a dirección.
—Quizá no enseguida.
—Martina.
—Ya, ya lo sé.
Se frotó la cara con las manos, gesto poco propio en ella y por eso más preocupante. Martina, incluso en pijama, solía tener una dignidad natural que me daban ganas de enmarcar o estropear, según el día. Verla cansada me golpeaba más que ver mi propia cara de cadáver educativo.
—No quiero que lo llevemos solas —dijo.
—No estamos solas.
—No me refiero a eso. Nora, Celia, Amina, Bruno, Hugo… sí, estamos con gente. Pero todos seguimos siendo alumnos. Si pasa algo de verdad…
—Ya ha pasado algo de verdad.
—Algo peor.
No contesté. La palabra peor tenía mucho espacio en el Aurora. Cabían habitaciones cerradas, expedientes, familias con abogados, alumnos desaparecidos de las fotos y, ahora, quizá, alguien usando mi nombre para abrir puertas donde yo no había estado.
—Lo sé —dije al final.
Martina me miró como la noche anterior: con esa mezcla de cariño y cansancio que a veces me hacía sentir más culpable que cualquier regaño. Se levantó, cruzó la habitación y cogió mi credencial de la mesa. La giró entre los dedos.
—Al menos prométeme que hoy no vas a separarte del equipo.
—Me ofende que dudes de mi instinto de conservación.
—Tu instinto de conservación es una nota al pie de tu curiosidad.
—Qué frase más cruel para estar despeinada.
—Promételo.
—Vale. No me separo del equipo.
—Ni aunque veas una puerta rara.
—Depende de cuánto de rara.
—Alma.
—Vale. Ni aunque vea una puerta rara. Si veo una puerta rara, aviso.
—¿A quién?
—A alguien con más músculo o más carpetas. Según la puerta.
Martina cerró los ojos, pero sonrió un poco. Eso era lo máximo que podía conseguir antes de ducharme.
El desayuno fue una especie de ensayo general del desastre con tostadas.
El comedor estaba lleno de alumnos hablando de la primera prueba de rutas como si fuera una excursión escolar, una competición familiar o una sentencia menor, dependiendo de la casa, la edad y la cantidad de trauma institucional acumulado.
Cumbre parecía excitado de esa manera insoportable de quienes creen que orientarse por un edificio antiguo confirma cualidades de liderazgo.
Lumbre discutía sobre sensores, mapas y la posibilidad de que las credenciales fallaran en zonas con muros gruesos.
Atlas comparaba normas. Bruma desayunaba con la expresión de quien sabe que la niebla no es decoración sino un estado de ánimo.
Nora había conseguido sentarse frente a una cesta de pan y la defendía con el cuerpo.
—No sé por qué os ponéis tan tensas —dijo, untando mantequilla con la seriedad de una cirujana—. Son rutas históricas. Lo peor que puede pasar es que nos hagan responder preguntas sobre fundadores con nombres de calle.
—Ayer alguien usó mi credencial en una galería cerrada —dije.
—Vale, lo segundo peor.
Amina dejó su taza.
—El sistema no registra solo acceso. Registra horario y punto de lectura. Si Bruno vio bien el dato, alguien pasó la tarjeta o una copia por un lector concreto.
—¿Puede falsificarse? —preguntó Martina.
—Todo puede falsificarse —dijo Nora—. Sobre todo la alegría en este comedor.
Celia, que llevaba diez minutos revisando la hoja de rutas con un lápiz y una concentración preocupante, intervino sin levantar la vista.
—Bruno tiene razón en una cosa. Si alguien quiere incriminar a Alma, no necesita que ella haga algo grave.
Necesita crear un historial. Acceso a una galería cerrada.
Presencia cerca de una sala restringida.
Conversaciones con alumnos vulnerables. Reacciones impulsivas.
Todo separado parece poco. Junto, parece un patrón.
—Me encanta empezar el día con un resumen de mi futuro expediente —dije.
—Lo digo para que no lo alimentes.
—Celia, intento no alimentar nada salvo mi cuerpo, y eso ya viene complicado.
Irene, sentada a mi lado, llevaba un panecillo abierto y no lo había tocado. Desde que había oído lo de la credencial, estaba pálida de una forma casi transparente.
—¿Y si se equivocaron? —preguntó—. A lo mejor el sistema confundió la tarjeta.
Nadie contestó enseguida, no porque fuera una mala pregunta, sino porque era la clase de esperanza pequeña que daba pena pisar. Martina fue la más amable.
—Podría ser.
Amina no dijo nada. Eso significaba que no le parecía lo más probable.
Irene asintió, aunque se notaba que no estaba convencida ni de su propio alivio.
Me dieron ganas de decirle que no pasaba nada, que la primera ruta sería una tontería, que el Aurora no iba a permitir que algo ocurriera delante de tantos alumnos y prefectas.
Pero ese era precisamente el tipo de frase que en este colegio envejecía fatal.
—Hoy vamos juntas —le dije—. Tú conmigo. Yo con el equipo. El equipo con la prefecta. Si alguien intenta convertirnos en una tragedia, que al menos tenga que pedir número.
Irene soltó una risa pequeña, casi sin aire.
—Vale.
—Y come algo. No podemos enfrentarnos a la excelencia con el estómago vacío.
Nora levantó un pan.
—Por fin una enseñanza útil.
Después del desayuno tuvimos clases normales, o lo que el Aurora entendía por normalidad: Literatura con Valdés, Ciencias con Montalvo, Ética con una profesora nueva que empezó la clase preguntando si una institución podía ser culpable, lo cual me pareció de un mal gusto exquisito para las diez de la mañana.
Valdés, por su parte, nos devolvió los textos breves sobre reglas no escritas.
El mío tenía una nota al margen: La ironía funciona mejor cuando no evita la herida, sino cuando la señala sin esconderla.
Me quedé mirando la frase más tiempo del recomendable.
Odiaba bastante que Valdés acertara cuando menos ganas tenía yo de ser entendida.
En Ciencias, Montalvo nos habló de sistemas cerrados, presión y puntos de ruptura.
Nora me pasó una nota que decía: el Aurora es una olla exprés con escudo.
Celia, por desgracia, la leyó y escribió debajo: Incorrecto: una olla exprés tiene válvula de seguridad.
Amina añadió: La válvula somos nosotras y quieren sellarla.
Martina miró las tres frases, suspiró y guardó el papel en su carpeta como quien conserva pruebas de que sus amigas no están bien.
A las cuatro menos diez, nos reunieron en el vestíbulo principal por equipos.
Las rutas estaban marcadas en paneles móviles, con colores, horarios y puntos de control.
Todo parecía impecable. Precisamente por eso me dio mala espina.
El Aurora era el único sitio que conocía capaz de hacer que un plano bien diseñado pareciera una coartada.