La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 2 #5
8%

Capítulo 2 #5

Eso era una frase muy de Bruno. Molesta. Precisa. Bastante buena.

En el pasillo de abajo sonaron pasos. Nos apartamos un poco, casi por instinto. Subía Rodrigo Mencía con una carpeta bajo el brazo. Al vernos en el descansillo, se detuvo. No parecía sorprendido. Eso fue lo primero que me molestó.

—Equipo 3 reuniéndose antes de tiempo —dijo—. Admirable.

—Nos gusta ensayar la convivencia en pequeñas dosis —contesté.

Sus ojos bajaron al papel que Bruno sostenía. No lo miró mucho. Lo justo.

—Cuidado con las rutas antiguas —dijo.

Bruno se enderezó.

—¿Por qué?

Rodrigo sonrió. Esta vez sí. Una sonrisa leve, impecable, de esas que no enseñan nada pero colocan todo en su sitio.

—Porque algunas se cerraron por una razón.

Pasó entre nosotros y siguió subiendo hacia el pasillo de casas sin mirar atrás. Su colonia quedó un segundo en el aire, limpia, cara, completamente fuera de lugar en una escalera que de pronto parecía más estrecha.

Yo miré a Bruno.

—Dime que eso también podría ser nada.

—Podría ser nada.

—Lo has dicho fatal.

—Porque no lo creo.

Abajo, el reloj del vestíbulo marcó las seis con una campanada suave. En alguna parte del edificio, una puerta se cerró. No fuerte. No como un portazo. Solo un clic limpio, definitivo, de esos que hacen las cerraduras buenas cuando alguien sabe usarlas.

Bruno dobló la hoja y me la devolvió.

—No vayas a la sala de faroles.

—No pienso ir a la sala de faroles.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Me miró.

—Alma.

—¿Qué?

—Te conozco poco, pero ya sé cuándo estás prometiendo algo que solo cumplirás si no se pone interesante.

Qué falta de respeto que alguien aprendiera tan rápido.

—No voy a ir sola —dije.

No era lo mismo. Los dos lo sabíamos.

Bruno respiró hondo, como si estuviera decidiendo entre discutir conmigo o empotrar la cabeza contra la pared. Eligió una tercera vía: se acercó un poco, lo justo para que yo tuviera que levantar la barbilla y odiar la diferencia de altura.

—Si alguien te ha abierto una puerta que no debería abrirse, no es una invitación. Es una trampa.

—O una pista.

—Las trampas también son pistas. Por eso funcionan.

Me quedé callada. No porque no tuviera respuesta. Tenía tres, quizá cuatro, todas bastante decentes. Pero ninguna cambiaba lo esencial: Bruno tenía razón. Y lo peor de que Bruno tuviera razón era que no parecía disfrutarlo.

—Vale —dije.

—¿Vale de verdad?

—Vale de no voy a ir esta noche a una sala llena de faroles antiguos, asesinos metafóricos y permisos informáticos raros.

—Has añadido “esta noche”.

—Estoy trabajando mi sinceridad por etapas.

Bruno soltó una risa breve. No fue mucho. Apenas una grieta. Pero me pilló más de lo que habría querido.

—Eres imposible —dijo.

—Eso dicen. Normalmente personas que tampoco me han ofrecido alternativas viables.

El altavoz del pasillo anunció reunión de casas en diez minutos. La voz institucional sonó tan perfecta que casi me dio ternura. Casi. Bruno bajó un escalón y luego se detuvo.

—Ah, una cosa más.

—Qué frase tan tranquilizadora.

—Tu credencial registró un acceso esta mañana a las 10:14.

—¿A dónde?

—A la galería oeste.

Sentí que el aire se me quedaba un poco corto.

—Yo estaba en el aula magna a esa hora.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Porque estabas corrigiendo a una funcionaria delante de medio mundo.

—No era una funcionaria.

—Alma.

—Vale. Estaba allí.

Bruno asintió.

—Entonces alguien usó tu credencial. O una copia de tu credencial. O el sistema dice que lo hiciste tú aunque no lo hicieras.

Me apoyé en la barandilla. La madera estaba fría bajo la mano. Muy pulida. Muy bonita. Muy Aurora.

—Quieren ponerme en una ruta —dije.

No fue una pregunta.

Bruno tampoco respondió como si lo fuera.

—Sí.

Durante un segundo pensé en la nota, en Rodrigo, en los faroles, en Arriaga hablando de libertad y límites, en el protocolo nuevo registrándolo todo menos la verdad.

Pensé en mi madre diciéndome que no me metiera en líos.

Pensé en Dani, en su dibujo antiguo, en aquella frase de volver de nosotros, no de ellos.

Pensé en Irene diciéndome que le alegraba que yo fuera su referente.

Y entonces entendí algo que me dio más miedo que la nota.

El Aurora no estaba solo vigilándome.

Alguien estaba empezando a escribir mis movimientos antes de que yo los hiciera.

—Bruno —dije, muy bajo.

—¿Sí?

Miré hacia el pasillo por donde Rodrigo había desaparecido, hacia las lámparas suaves, hacia la luz amarilla que hacía que todo pareciera seguro si una no sabía leer sombras.

—Creo que este año no quieren que encuentre algo.

Bruno guardó las manos en los bolsillos. Su cara se cerró, pero no del todo. Había rabia ahí. Y miedo. Y algo que no quise mirar demasiado.

—No —dijo—. Este año creo que quieren que parezca que lo encontraste tú primero.

La campana volvió a sonar.

Diez minutos para la reunión de casas.

Siete días para la Vigilia.

Una credencial usada en una galería donde yo no había estado.

Y una puerta que, según el sistema, ya había empezado a abrirse con mi nombre.

Qué ilusión.

La convivencia prometía muchísimo.