La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Nora y Celia se encerraron con Amina en una sala de estudio para revisar la nota sin contaminarla más, aunque Nora insistía en que “contaminar” era una palabra muy ofensiva para un papel que ya venía moralmente podrido.

Martina tenía reunión con The Lookout. Yo acompañé a Irene hasta su habitación, tal como prometía mi flamante papel de referente.

No ocurrió nada siniestro. No hubo sombras, ni puertas que se cerraran, ni notas nuevas.

Solo una chica nerviosa enseñándome un horario lleno de colores y preguntando si era normal sentir que todos los pasillos se parecían.

—Sí —dije—. Y no. Los primeros días parecen iguales. Luego empiezas a odiarlos por motivos distintos.

Irene miró su mapa.

—¿Tú también te sentiste así al llegar?

La pregunta me agarró desprevenida, otra vez. Irene tenía talento para eso. Quizá porque preguntaba sin adornos.

—Sí —dije—. Pero yo lo disimulaba peor.

—No pareces alguien que disimule mal.

—Eso es porque ahora disimulo fatal con confianza.

Irene sonrió.

—A veces me da miedo que sepan que tengo miedo.

—Lo saben.

Me miró, alarmada.

—Perdón. Eso sonó horrible.

—Un poco.

—Quiero decir que todos tenemos miedo aquí al principio.

Los nuevos ricos también. Solo que a ellos les han enseñado a confundir miedo con exigencia, presión familiar o necesidad de ganar cosas absurdas.

Los becados, en cambio, solemos saber que es miedo porque no tenemos tantos nombres caros para taparlo.

Irene bajó la vista.

—Mi madre dice que no tengo que dar problemas.

Ah, esa frase. La conocía. Claro que la conocía. No exactamente con esas palabras, pero sí con esa forma. No des problemas. No llames la atención. Agradece. Aguanta. Demuestra. Sé excelente, pero no molesta. Brilla, pero no encandiles a nadie que pueda apagar la luz.

—Mi madre me dijo algo parecido —contesté—. Y también me dijo que no era menos que nadie. Las madres a veces sueltan instrucciones contradictorias porque el mundo les ha dado pocas opciones y demasiadas facturas.

Irene se rió bajito.

—¿Y qué hago?

—Primero, no creas a nadie que te diga que tener miedo es un defecto.

Segundo, aprende dónde está el comedor, qué profesoras escuchan de verdad y qué puertas no se abren aunque parezcan abiertas.

Tercero, si alguien te dice que no preguntes nada, pregunta por qué.

Pero quizá no en voz alta delante de Elvira, salvo que quieras empezar fuerte.

—¿Tú empezaste fuerte?

—Yo empecé corrigiendo mi nombre delante de medio colegio y acabé encontrando cosas que el Aurora prefería no airear. No soy un modelo homologado.

Irene me miró como si eso, precisamente, fuera lo que le interesaba.

—Me alegra que seas mi referente —dijo.

Eso me dio un miedo nuevo. Uno pequeño, limpio, terrible.

—No digas eso todavía —respondí—. Espera a ver si sobrevivo a la primera semana.

Cuando salí de su habitación, el pasillo de Bruma estaba más oscuro.

No por apagón, sino por la luz de tarde, esa hora en que la niebla se pegaba a los cristales y convertía cada ventana en una superficie lechosa.

Caminé hacia la escalera principal con la sensación de que alguien iba detrás de mí.

Me giré dos veces. Nada. Una chica de último entrando en su cuarto.

Una prefecta al fondo. El zumbido suave de la calefacción. Mis pasos.

Nada.

Esa era la palabra más peligrosa del Aurora.

Bajé un tramo de escalera y vi a Bruno esperando en el descansillo.

—No me digas que esto también es casualidad —dije.

—No.

—Ah. Qué refrescante.

—He revisado las credenciales del Equipo 3.

—¿Tú revisas credenciales ahora?

—Me pidieron ayudar con fallos de acceso.

—Y tú, como persona equilibrada, aceptaste trabajar gratis para la institución que te mira como si fueras a desmontar un techo.

—Me gusta saber qué puertas abre mi tarjeta.

Eso, por desgracia, tenía sentido.

—¿Y?

Bruno me tendió su hoja. Había marcado nombres, rutas y códigos de acceso. El mío tenía una anotación en lápiz.

—Tu credencial tiene un permiso temporal que no aparece en las otras.

—¿Qué permiso?

—Sala de faroles.

Sentí que la escalera se inclinaba un poco. No físicamente. No soy tan dramática. Bueno, sí, pero no con escaleras.

—¿No se supone que todavía no usamos esa sala?

—No hasta la semana que viene.

—¿Podría ser un error?

Bruno me miró.

—Podría.

—Qué convincente.

—El de Irene también tiene un permiso raro. No a la sala de faroles. A la galería oeste.

—¿Y eso qué significa?

—No lo sé.

—Odio cuando la gente útil no sabe cosas.

—Pero alguien configuró los accesos a mano. No parece automático.

Miré el papel. Mi nombre, mi código, una puerta que no debería abrirse todavía.

La nota en el bolsillo. Los juegos. Alguien fuera de la casa.

La sala de faroles. Irene con miedo a meterse donde no debía.

Yo como su referente. Bruno mirando puertas como si las puertas pudieran mentir, que en el Aurora seguramente podían.

—No se lo digas a nadie todavía —dije.

—Ya se lo he dicho a Hugo.

—¿A Hugo?

—Está en el equipo y conoce mejor las rutas antiguas.

—Bruno.

—No todo el mundo con apellido es el enemigo.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con bastante volumen.

Tenía razón. Qué pesadez.

—Vale —dije—. ¿Y qué dijo Hugo?

—Que la sala de faroles estuvo cerrada años. Que la recuperaron ahora por la Vigilia. Y que hay una ruta antigua que pasa por la galería oeste, pero no se usa desde antes de que él entrara.

—¿Por qué?

—Accidente.

La palabra cayó entre nosotros con un sonido sordo, aunque nadie la hubiera pronunciado demasiado alto.

Accidente. En el Aurora, accidente era una cesta donde cabían demasiadas cosas: una torpeza real, una negligencia tapada, una violencia bien vestida, una culpa desplazada, una historia a la que alguien le había quitado los dientes.

—¿Sabe algo más?

—Dice que no.

—¿Y le crees?

Bruno tardó en contestar.

—Creo que hay cosas que sabe sin saber que las sabe.