La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Y luego me odié un poco por entenderlo.

—Este año recuperamos una tradición histórica —anunció Falcón—: la Vigilia de las Casas.

En la pantalla aparecieron los símbolos de Bruma, Cumbre, Lumbre y Atlas, unidos por una línea de luz.

—Durante una semana, los alumnos participarán en pruebas académicas, artísticas, físicas y cooperativas diseñadas para reforzar vínculos entre casas. La culminación será la Noche de los Faroles, un recorrido nocturno supervisado por rutas antiguas del instituto.

Bruno se giró apenas. No hacia mí exactamente.

Hacia la pantalla. Pero vi el perfil de su cara y supe lo que estaba pensando porque yo estaba pensando lo mismo con menos conocimientos de puertas, cables y maneras prácticas de morir en un pasillo: rutas antiguas, noche, faroles, supervisión, alumnos repartidos por todo el colegio.

Un regalo. Una bandeja con lazo para cualquier persona con malas intenciones y acceso a una llave.

—Las rutas estarán estrictamente delimitadas —añadió Arriaga, como si delimitado fuera sinónimo de seguro y no de “sabremos por dónde ibas cuando pase algo”—. Cada grupo tendrá credenciales temporales, supervisión rotativa y puntos de control. Nadie circulará fuera de su tramo asignado.

Amina, detrás, murmuró algo que no entendí, pero sonó a insulto con fundamento.

En la pantalla apareció una foto de la sala de faroles: estanterías antiguas, cajas de madera, faroles de metal oscuro con cristales amarillentos, etiquetas por casas.

Algo me apretó el estómago. No por la belleza.

No solo. Por la nota. Los juegos siempre terminan con alguien fuera de la casa.

Quien la había escrito sabía que iban a presentar aquello.

Sabía lo suficiente para metérmela en el abrigo antes de que la Vigilia se anunciara formalmente.

O quizá todo el mundo lo sabía menos yo, que también podía ser.

En el Aurora, enterarse tarde era casi una tradición para las becadas.

—La Vigilia no es una competición de prestigio —dijo Falcón—. Es una oportunidad de reconstrucción.

Rodrigo Mencía, sentado varias filas delante, inclinó la cabeza hacia Darío y le dijo algo al oído. Darío no sonrió. Volví a fijarme en eso. Darío sin sonrisa era como un cuchillo guardado en un cajón: menos visible, más interesante.

Arriaga retomó el atril.

—También quiero dejar claro algo. El protocolo no nace para castigar la voz estudiantil. Nace para protegerla de su propio desgaste.

Me dio una risa interna tan amarga que casi me atraganto con ella.

—Sé que algunos alumnos pueden sentir que las nuevas normas limitan su libertad —continuó—. Pero la libertad sin responsabilidad no es valentía. Es exposición. Y después de los últimos años, este centro no puede permitirse más alumnos expuestos.

No dijo mi nombre.

No hacía falta.

Me noté mirada por media fila. Martina no me miró, lo cual agradecí.

Nora sí, pero Nora tenía licencia de amiga imprudente.

Celia seguro que estaría escribiendo algo como “frase dirigida a Alma, indirecta institucional”.

Amina miraría el suelo del auditorio si pudiera, buscando el lugar exacto donde acababa de caer la manipulación.

Irene, pobre Irene, estaría intentando entender si aquello era una protección real o una amenaza con powerpoint.

Y Bruno, por supuesto, seguía medio girado hacia la pantalla, pero con la mandíbula apretada.

El discurso terminó con aplausos. Educados, largos, suficientes.

En el Aurora los aplausos también sabían ocupar su sitio.

Luego nos hicieron quedarnos por grupos para recibir las rutas preliminares de la primera fase de los Juegos.

No la nocturna todavía, solo pruebas diurnas, equipos mixtos, horarios, normas.

Celia recuperó el papel de nuestra mesa como si fuera una prueba judicial.

Nora empezó a buscar dónde decía merienda.

Martina leyó en silencio. Yo busqué mi nombre.

Equipo 3. Bruma, Lumbre, Cumbre, Atlas.

Alma Vera García.

Bruno Sada.

Hugo Ferrán del Valle.

Irene Palomar.

Nicolás Arriaga de la Serna.

Laura Escribano.

Dos alumnos más de cursos superiores.

—Qué grupo tan terapéutico —dije.

Nora se asomó por encima de mi hombro.

—Madre mía. Eso no es un equipo, es una olla a presión con insignias.

—No digas madre mía, que luego pareces religiosa.

—Lo soy ante la desgracia.

Bruno se acercó desde el pasillo lateral con su propia hoja en la mano. Miró la mía, luego a mí, luego la ruta marcada en amarillo.

—Equipo 3 —dijo.

—Veo que también sabes leer. Este colegio está lleno de sorpresas.

—Nicolás, Hugo, Laura, tú, Irene y yo.

—Sí. Una selección hecha por alguien que odia la paz.

—O por alguien que quiere ver qué pasa.

Eso me gustó menos porque era exactamente lo que yo estaba pensando. Hugo apareció detrás de Bruno con la misma hoja y cara de resignación cara.

—Espero que podamos comportarnos como personas civilizadas —dijo.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Alma.

—Necesito gestionar expectativas.

Laura Escribano llegó un segundo después.

No formaba parte de nuestro grupo íntimo, pero la habíamos orbitado lo suficiente en el curso anterior como para saber que su vida social era un pasillo con demasiadas puertas.

Elegante, lista, más observadora de lo que le convenía, Laura tenía ese aire de chica que había aprendido a callar en mesas donde hablar habría sido carísimo.

Me miró, miró a Bruno, luego a Hugo, y soltó una risa sin humor.

—Vaya. Nos han puesto en el equipo del equilibrio emocional.

—Tú también has notado el cariño del comité —dije.

Laura bajó la voz.

—El comité no elige al azar.

—¿Eso lo dices por experiencia o por ganas de asustar?

—En este sitio, ¿hay diferencia?

Antes de que pudiera contestar, Nicolás apareció con la hoja doblada en una mano. Todavía tenía esa forma suya de parecer recién salido de una discusión privada con el mundo. Al vernos a todos juntos, levantó las cejas.

—Equipo 3 —dijo—. Qué delicadeza.

—Podrías fingir entusiasmo —dijo Hugo.

—Podría, pero entonces Alma me acusaría de complicidad institucional.

—No antes de la merienda —dije—. Tengo prioridades.

Nicolás sonrió. No era la sonrisa de Rodrigo. La de Rodrigo calculaba. La de Nicolás escondía. Había una diferencia, aunque a veces las dos cosas se parecieran lo suficiente para complicarlo todo.

Irene llegó la última, con la hoja contra el pecho. Al vernos a todos, se quedó literalmente un paso atrás. La pobre debía de haber pensado que su equipo sería una oportunidad de integración y se encontró con un catálogo de tensiones no resueltas.

—Hola —dijo.

—Hola —respondimos varios a la vez.

Eso la asustó más, lo cual era justo.

—No te preocupes —le dije—. Parece peor de lo que es.

Bruno me miró.

—No le mientas el primer día.

—Vale. Parece exactamente como es, pero con menos fuego.

Irene no supo si reírse. Luego rió un poco. Bien. Punto para la supervivencia.

Nos explicaron que la primera prueba del Equipo 3 sería al día siguiente por la tarde: reconocimiento de rutas históricas, lectura de símbolos de casas y orientación por sectores antiguos del edificio, con acompañamiento de una prefecta.

Nada nocturno aún. Nada peligroso, en teoría.

Solo caminar, observar, responder preguntas y no asesinar verbalmente a un compañero de equipo, que en mi caso ya contaba como prueba física.

Al salir del auditorio, Martina me alcanzó por detrás.

—Alma.

—Sé lo que vas a decir.

—No, no lo sabes.

—Vas a decirme que no me pelee con Hugo, que no provoque a Nicolás, que no insulte a Mencía, que no convierta la prueba en una investigación no autorizada y que no olvide que Irene está conmigo.

Martina parpadeó.

—Vale. Sí lo sabías.

—Soy muy perceptiva cuando me regañan.

—No te estoy regañando.

—Me estás envolviendo en prudencia.

—Porque alguien te ha metido una amenaza en el bolsillo esta mañana.

La frase nos dejó quietas en medio del pasillo. Alumnos pasando a ambos lados, voces, hojas, risas, prefectas indicando direcciones. Todo siguió moviéndose. Nosotras no.

—Lo sé —dije.

Martina bajó la voz.

—¿Lo sabes de verdad?

No me gustó la pregunta. No porque fuera injusta, sino porque sabía exactamente dónde me golpeaba.

Yo sabía que la nota existía. Sabía que era grave.

Sabía que quizá significaba peligro. Pero una parte de mí ya estaba intentando colocarla en el mismo estante que las amenazas simbólicas, las frases raras, los documentos, los adultos con sonrisa de informe.

Porque si la colocaba en el estante de alguien puede tocarte, seguirte, encerrarte, empujarte, entonces todo cambiaba.

Y yo no quería que todo cambiara antes de haber aprendido siquiera las rutas de los Juegos.

—Sí —dije—. Lo sé.

Martina no pareció convencida, pero no insistió. A veces eso era la amistad: saber que tu amiga está mintiendo un poco y decidir no obligarla a hacerlo peor.

La tarde se deshizo en pequeños trámites.

Registro de objetos, revisión de credenciales, horarios de tutoría, autorización para actividades, normas específicas de rutas.

El Aurora nos mantenía ocupados de una forma casi militar.

Si había tiempo libre, aparecía alguien con una hoja.

Si había silencio, aparecía un altavoz. Si una tenía un pensamiento propio, una prefecta te recordaba que la reunión de casa era en quince minutos.

El control no siempre era una puerta cerrada. A veces era una agenda llena.