La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Lo dijo con cansancio, pero no con desprecio.

Eso era lo complicado con Hugo. Al principio una podía meterlo en el cajón de Cumbre insoportable y cerrar la tapa con alegría.

Luego el tío tenía momentos de razonable humanidad y te estropeaba el orden.

Desde el curso anterior, Hugo había dejado de ser solo el chico de la americana cara.

Había visto cosas. Había ayudado en momentos donde habría sido más fácil mirar hacia otro lado.

Pero eso no borraba su educación de origen ni su tendencia a creer que el mundo podía arreglarse si todos bajábamos el tono y usábamos servilletas limpias.

—Ya —dije—. Tampoco todo lo que parece cuidado lo es.

Rodrigo sonrió.

—Eso suena a experiencia.

—Esto es el Aurora. Aquí hasta las paredes tienen experiencia.

La conversación murió un poco, cosa que no lamenté.

Comimos bajo esa calma rara de los primeros días, cuando todo el mundo está midiendo alianzas, rencores y posiciones en la mesa.

La comida era mejor que en mi primer curso y peor que el discurso del folleto, justo en ese punto medio donde nadie podía quejarse sin parecer ingrato.

Nora logró hacerse con dos panes extra mediante una maniobra que involucró una servilleta, una pregunta a una chica de Atlas y lo que solo puedo definir como distracción gastronómica.

Martina fingió no verlo. Yo la quise un poco más por eso.

Durante el postre, entró en el comedor Alonso Arriaga.

Lo reconocí antes de que lo presentaran, no porque lo hubiera visto en persona, sino porque en el Aurora ciertos adultos venían precedidos por su propia temperatura.

El comedor bajó medio grado, o me lo pareció.

Era un hombre de unos cincuenta años, alto, delgado, con el pelo oscuro salpicado de gris y unas gafas de montura fina que le daban aspecto de haber leído todos los reglamentos y haber disfrutado con las notas al pie.

No llevaba traje negro ni cara de villano.

Qué va. Llevaba un traje azul, camisa clara, sin corbata, y una expresión razonable, casi amable, de esas que una editorial podría poner en la solapa de un libro sobre liderazgo responsable.

Arriaga. Otro Arriaga. Porque el Aurora jamás tiraba un apellido cuando podía reutilizarlo con membrete.

Nicolás, que estaba en otra mesa, levantó la vista en cuanto lo vio. No hizo ningún gesto evidente, pero algo se le cerró en la cara. Rodrigo Mencía también lo miró, aunque con menos inquietud y más cálculo. Darío dejó de hablar durante un segundo. Ese segundo me interesó muchísimo.

—¿Ese es Alonso Arriaga? —susurró Martina.

—El enviado de la Fundación —dijo Hugo.

—¿Lo conoces? —pregunté.

Hugo dudó.

—Mi padre sí.

Claro. La frase nacional de Cumbre: mi padre sí.

Alonso Arriaga no habló en el comedor. Solo atravesó la sala, saludó a Falcón y conversó con dos profesores junto a la mesa principal.

Pero no necesitó hablar. Bastaba con verlo allí, mirando alrededor no como quien busca una silla, sino como quien comprueba que todas las sillas estén donde deben estar.

Entonces sus ojos pasaron por mi mesa.

No se detuvieron mucho. No habría quedado elegante. Pero me vio. Me vio con ese tipo de mirada que no pregunta quién eres porque ya lo sabe, y precisamente por eso no necesita regalarte curiosidad.

—Qué ilusión —dije en voz baja—. Otro adulto que ya trae mi nombre subrayado.

Martina me miró.

—No empieces.

—Ni siquiera he calentado.

—Pues enfría.

La reunión general fue a las cuatro, en el auditorio principal.

Nos hicieron entrar por casas, cursos y sectores, una coreografía tan ordenada que parecía diseñada para que cualquier intento de espontaneidad muriera de vergüenza.

Las pantallas laterales proyectaban el nuevo lema del trimestre: RESPONSABILIDAD COMPARTIDA, FUTURO COMÚN.

Abajo, en una línea más pequeña, aparecía el logotipo del Instituto Aurora y el de la Fundación.

Otra vez esa torre, esa estrella, esa línea curva que cada vez me parecía menos camino y más soga.

Nos sentamos en el sector de Bruma. Irene estaba dos filas detrás, con Celia a un lado y Amina al otro.

Me giré para comprobarlo y ella me saludó con una mano pequeña, casi escondida.

No sabía si me tranquilizaba que estuviera lejos de mí o me inquietaba más.

Desde que Elvira la había convertido en mi “acompañada”, Irene venía con un cartel invisible que decía: no la rompas, Alma. Muy considerado por parte del universo.

Bruno apareció por el pasillo lateral y se sentó dos filas delante de nosotras, en el sector mixto de Lumbre. No se giró. No hacía falta. Ya me había colocado en su mapa interno, seguramente junto a las salidas, los extintores y las personas con demasiadas ganas de empujar.

—Está mirando otra vez —susurró Nora.

—No está mirando.

—No con los ojos. Con la nuca.

—Eso no existe.

—En Bruno sí.

Martina me dio un codazo suave.

—Dejad de hablar de su nuca, por favor.

—Nadie está hablando de su nuca —dije.

—Yo sí —dijo Nora—. Pero con respeto.

Las luces bajaron un poco. En el escenario apareció Falcón primero, impecable, serena, con esa capacidad suya de parecer que venía a salvar a todo el mundo aunque en realidad viniera a presentar un plan de control con frases bonitas.

Detrás subió Alonso Arriaga. No sonrió de inmediato.

Esperó. Miró el auditorio. Dejó que el silencio se colocara.

Había que reconocerle oficio. Los adultos peligrosos no piden atención. La administran.

—Buenas tardes —dijo Falcón—. Hoy damos comienzo formal al nuevo programa de convivencia del Instituto Aurora, diseñado en colaboración con la Fundación Aurora y con la participación de equipos docentes, familias, antiguos alumnos y representantes externos.

Nora acercó la boca a mi oído.

—No ha dicho alumnado.

—Qué detalle que estés viva para notarlo.

—Estoy muy comprometida con mi odio.

Falcón siguió hablando. Dijo que después de los sucesos de los dos años anteriores el instituto no podía limitarse a “pasar página”.

Dijo que había que revisar, reparar y reconstruir confianza.

Dijo Lucía Mansilla. Dijo Mesa 7. Dijo “alumnos afectados”.

Dijo “comunidad herida”. Todo en voz alta, todo correcto, todo casi valiente.

Y esa era la trampa, claro. Si una parte del discurso era verdad, resultaba mucho más difícil descubrir dónde empezaba el cierre de puertas.

Luego presentó a Alonso Arriaga como director del nuevo Programa de Convivencia Institucional de la Fundación Aurora.

—No vengo a sustituir la vida del colegio —dijo él cuando tomó el atril—. Vengo a protegerla.

Qué frase. Qué redonda. Qué ganas de envolverla en plástico de burbujas y tirarla por una cuesta.

—El Instituto Aurora ha atravesado una etapa compleja —continuó—. Algunos de ustedes han sufrido. Algunos han hablado cuando era necesario hablar. Algunos han escuchado cosas que jamás deberían haberse ocultado. Eso merece respeto.

El auditorio permaneció callado. Falcón miraba desde un lado del escenario con las manos juntas.

Salvat estaba sentada en primera fila. Valdés, unas filas más atrás, tenía esa expresión suya de “me interesa y me molesta estar interesado”.

Darío escuchaba con el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, fingiendo aburrimiento.

Rodrigo Mencía no fingía nada: prestaba atención.

—Pero una comunidad no se repara sustituyendo un silencio por un ruido permanente —dijo Arriaga—. La verdad exige responsabilidad. La denuncia exige cuidado. La memoria exige forma. Y la convivencia exige límites.

Ahí estaba. La palabra que siempre llegaba. Límites. Bonita, necesaria, higiénica. Hasta que alguien la usaba para ponerte una valla en la boca.

—A partir de hoy —siguió—, todos los canales de comunicación estudiantil deberán ajustarse al nuevo protocolo de verificación, contraste y protección de alumnado vulnerable. The Lookout continuará existiendo, por supuesto.

Nora soltó aire por la nariz. Martina se tensó. Celia, dos filas atrás, seguro que ya estaba tomando notas con letra cada vez más pequeña, que era su forma de gestionar el horror.

—Pero no podrá publicar acusaciones directas, testimonios sensibles ni material documental no validado por el comité de convivencia.

—Por supuesto —murmuré—. The Lookout seguirá existiendo como flor seca.

—Alma —susurró Martina.

—Era muy bajo.

—Te he oído.

—Tú tienes entrenamiento.

Arriaga no se detuvo ahí. Presentó el sistema de credenciales con registro de acceso a zonas comunes, rutas autorizadas durante actividades nocturnas, control reforzado de presencia, revisión de objetos “potencialmente sensibles”, acompañamiento emocional para alumnos implicados en sucesos previos y un buzón de comunicación confidencial que, según dijo, garantizaría que cualquier estudiante pudiera hablar sin miedo.

Sin miedo.

Eso era muy ambicioso para un buzón.

—El miedo —dijo Arriaga, como si me hubiera leído la cara desde el escenario— no desaparece porque lo neguemos. Desaparece cuando se establecen cauces seguros.

A mi lado, Nora susurró:

—Cauce seguro: dícelo al río antes de que te ahogue.

Me mordí el labio para no reírme. Me dolió un poco. Bien. El dolor físico ayuda a mantener la dignidad en lugares donde la ironía puede provocar expedientes.

Después llegó la parte de los Juegos.

La pantalla cambió. Apareció una imagen antigua del Aurora iluminado de noche con faroles amarillos a lo largo de las galerías.

El auditorio reaccionó de inmediato. Los alumnos nuevos se inclinaron un poco hacia delante.

Incluso yo, que venía con el escepticismo bastante bien alimentado, sentí algo.

Porque era precioso. Maldita sea, era precioso.

El edificio parecía menos colegio y más leyenda, con la niebla alrededor, los caminos encendidos, las ventanas altas ardiendo en ámbar.

Una parte de mí pensó que entendería por qué alguien podía enamorarse de un sitio así antes de saber lo que hacía con la gente.