Capítulo 2
La primera norma razonable ante una amenaza anónima metida en el bolsillo de tu abrigo sería enseñársela a un adulto.
La segunda sería no volver a usar ese abrigo.
La tercera, quizá la más importante, sería preguntarte por qué demonios sigues estudiando en un internado donde las amenazas aparecen dobladas con más precisión que algunos comunicados oficiales.
Naturalmente, yo no cumplí ninguna de las tres.
No por valentía, que es una palabra muy bonita y muy usada por gente que no suele tener que medir las consecuencias con beca, expediente y madre trabajando a ochenta kilómetros de distancia.
No se lo enseñé a un adulto porque en el Aurora los adultos tenían una habilidad legendaria para convertir cualquier cosa en un proceso.
Tú llegabas con una nota que decía Los juegos siempre terminan con alguien fuera de la casa, y ellos te devolvían tres entrevistas, una hoja de seguimiento emocional, una recomendación de descanso y, si te descuidabas, un parte por “gestión inadecuada de material sensible”.
No tiré el abrigo porque era el bueno. Y no me pregunté demasiado por qué seguía allí porque la respuesta, siendo sinceros, era un desastre precioso: porque no sabía irme, porque quedarme había empezado como una necesidad y se había convertido en una especie de cabezonería moral, y porque el Aurora tenía la pésima costumbre de esconder cosas justo delante de mí, como si me estuviera pidiendo que fuera una persona sensata y mirara hacia otro lado.
Spoiler: yo no era esa persona.
Nos quedamos en un lateral del aula magna, junto a una columna, con la nota abierta sobre la carpeta de Celia como si fuera un insecto raro que nadie quería tocar demasiado.
Nora había dejado de comer, lo cual ya daba una idea de la gravedad del asunto.
Amina miraba el papel con esa atención suya de quien no busca significado, sino método.
Martina alternaba entre mirarme a mí y mirar alrededor, y Bruno, que seguía a medio paso del grupo sin haber sido invitado formalmente a ningún círculo emocional, observaba la sala como si acabara de decidir que todos los alumnos presentes eran sospechosos, lo cual, para qué mentir, no era un mal punto de partida.
—¿Estaba en tu bolsillo? —preguntó Celia.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que alguien lo puso ahí con la intención de amargarme el día.
—Alma.
—No lo sé, Celia. Antes de recoger la credencial no estaba. O al menos no lo noté.
—¿Has dejado el abrigo en algún sitio?
Intenté repasar la mañana. La entrada. El vestíbulo.
El tablón. El pasillo donde habíamos hablado con Rodrigo Mencía.
La cola para las credenciales. El momento exacto en que metí la mano en el bolsillo y encontré el papel.
Demasiada gente, demasiados saludos, demasiadas cámaras, demasiadas manos pasando cerca sin que una pudiera notar nada porque una no va por la vida defendiendo el bolsillo como si llevara dentro las joyas de la corona.
Bueno, quizá ahora sí. Otra habilidad social que añadir al currículum.
—Lo he llevado puesto casi todo el rato —dije—. Pero hubo empujones al entrar. Y en la cola.
—Eso reduce la lista a medio colegio —dijo Nora—. Fantástico. Me encanta cuando los misterios vienen con aforo completo.
Amina no se rio. Levantó el papel con dos dedos por una esquina.
—Está doblado dos veces. Muy limpio. Sin prisa.
—Qué detallista el psicópata —dije.
—No digas psicópata —murmuró Martina.
—Perdón. Persona con problemas de comunicación escrita.
—Tampoco ayuda.
Celia sacó una bolsita transparente de su carpeta.
Todas la miramos.
—¿Por qué tienes eso? —pregunté.
—Para conservar material sin contaminar.
—Celia, acabamos de empezar el curso.
—Precisamente. Había que venir preparada.
Nora se llevó una mano al pecho.
—No puedo creer que esté enamorada de una carpeta.
Celia guardó la nota dentro de la bolsita con cuidado, sin tocar más de lo imprescindible. No sé si eso era útil o ridículo. Probablemente ambas cosas, que era el estado natural de nuestro grupo cuando intentábamos hacer algo sensato en un sitio absurdo.
—Hay que decidir si lo comunicamos —dijo Martina.
—No —dije demasiado rápido.
Martina me miró. No enfadada. Peor: preocupada.
—Alma.
—Si lo comunicamos, Arriaga o quien sea lo convierte en un informe sobre mi estado de ansiedad antes de que termine el día.
—Pero si no lo comunicamos y pasa algo…
—Si lo comunicamos y pasa algo, también pasará algo. Solo que con cita previa.
Bruno se cruzó de brazos.
—No deberías ir sola a ninguna parte.
Lo dijo como quien anunciaba que el fuego quemaba, el agua mojaba y Alma Vera García tenía un historial discutible de supervivencia. Me giré hacia él despacio.
—Gracias, agente de seguridad emocional. ¿Te han dado placa o vienes de serie?
—Vengo con ojos.
—Qué suerte. Yo debo de estar investigando con las orejas.
—No he dicho que no veas. He dicho que a lo mejor alguien te está viendo a ti antes.
Eso me calló. Qué manía tenía Bruno con decir cosas incómodas justo cuando una ya había preparado una réplica.
Miré hacia la sala. Alumnos recogiendo carpetas, prefectas ordenando filas, profesores saludando a familias que todavía no se habían ido, Mencía hablando con Darío junto a una de las puertas laterales, Hugo mirando la pantalla donde se anunciaba la reunión general de la tarde.
Todo normal. Todo visible. Todo tan limpio que daba ganas de meter la mano debajo de una mesa para comprobar si había barro.
—No voy a ir sola —dije.
—Acabas de decidir eso hace tres segundos.
—Y qué rapidez de madurez.
—No es broma.
—Ya lo sé.
Lo dije más bajo. Bruno me sostuvo la mirada un momento más, y ahí apareció otra vez ese problema tan desagradable que estaba teniendo con él: no me hablaba como si yo fuera frágil.
Me hablaba como si alguien estuviera intentando hacerme daño y le fastidiara muchísimo no poder partirle la cara a una hipótesis.
Eso era distinto. Más peligroso, en realidad, porque era mucho más difícil odiarlo.
Martina guardó la bolsita con la nota dentro de su carpeta.
—La conservamos. No la publicamos. No la enseñamos todavía. Y, por favor, Alma, no la conviertas en combustible para hacer una barbaridad antes de comer.
—Qué poca fe.
—Te conozco.
—Eso no es una prueba.
—Es continuidad.
Nora levantó la mano.
—Propongo desayunar algo extra antes de la reunión general. Las amenazas se procesan peor con el estómago vacío.
—La reunión es después de comer —dijo Celia.
—Entonces propongo comer algo extra antes de comer. No nos atasquemos en tecnicismos.
Seguimos al resto hacia la salida del aula magna.
Yo intenté caminar normal, pero era bastante difícil caminar normal cuando acababas de descubrir que alguien había tocado tu abrigo sin que lo notaras.
Sentía el bolsillo como una herida pequeña, aunque ya no hubiera nada dentro.
Me descubrí mirando manos. Las de los alumnos que pasaban junto a mí, las de las prefectas, las de Rodrigo Mencía cuando se ajustó la manga de la americana, las de Darío cuando se metió una en el bolsillo con demasiada calma.
Manos limpias, manos con anillos, manos con bolígrafos, manos con llaves, manos que podían haber doblado un papel y dejado una frase dentro de mi ropa mientras yo hacía chistes sobre formularios.
Qué maravilla empezar el curso sintiéndote paranoica y tener, además, bastantes razones.
El comedor había cambiado, por supuesto.
En el Aurora todo cambiaba cuando alguien necesitaba demostrar que nada seguía igual.
Habían reorganizado algunas mesas para “favorecer la integración entre casas”, frase que significaba que una podía acabar comiendo frente a alguien que la despreciaba con cubiertos impecables y supervisión pedagógica.
También habían colocado tarjetas con nombres, porque el azar, al parecer, era demasiado plebeyo.
Me tocó una mesa mixta con Martina, Nora, Hugo, dos chicas de Atlas, un chico de Lumbre que no conocía y Rodrigo Mencía, que ocupó su asiento como si alguien hubiese reservado la silla para su dinastía antes de que inventaran la madera.
Bruno no estaba en mi mesa, pero sí cerca.
Muy cerca. No de forma evidente. Claro. Bruno no hacía las cosas de forma evidente cuando podía hacerlas de forma molesta.
Se sentó con Hugo y el chico de Lumbre al otro lado del pasillo, con ángulo suficiente para ver mi mesa y la entrada del comedor.
Si aquello era casualidad, yo era la reina de Dinamarca.
Rodrigo Mencía desplegó la servilleta sobre las piernas con una educación tan perfecta que me dieron ganas de cometer una falta menor solo para equilibrar el universo.
—Alma Vera García —dijo—. No sabía que nos sentarían juntos tan pronto.
—La convivencia siempre golpea donde más duele.
Nora, a mi lado, se atragantó con agua. Martina me rozó la rodilla por debajo de la mesa, aviso preventivo número uno. Hugo, enfrente, bajó la mirada al plato, pero vi que sonreía un poco. Eso me incomodó por razones distintas.
—¿Siempre recibes las actividades nuevas con tanto entusiasmo? —preguntó Rodrigo.
—Solo cuando vienen envueltas en vigilancia y latín moral.
—La Vigilia de las Casas no es nueva.
—Para mí sí.
—Claro.
Ahí estaba. El claro. Una palabra diminuta con una finca alrededor.
—Rodrigo —intervino Martina, con una suavidad que no era debilidad sino bisturí—, no todos hemos crecido oyendo hablar de tradiciones del Aurora en cenas familiares.
Rodrigo la miró. A Martina la miraba de otra manera. No con respeto exactamente, pero sí con reconocimiento social. Ella pertenecía a un idioma que él entendía, aunque eligiera usarlo contra él. Eso me fascinaba y me fastidiaba a partes iguales.
—No pretendía sonar excluyente —dijo Rodrigo.
—Qué suerte —dije—. A veces la gente consigue cosas preciosas sin pretenderlas.
Hugo levantó la vista.
—¿Vas a estar así todo el curso?
—¿Consciente?
—A la defensiva.
—Depende de cuánto ataquen.
—No todo es un ataque, Alma.