Capítulo 1 #3
—¿Esta es Alma Vera? —preguntó, como si yo fuera una actividad optativa.
—Depende —dije—. Si viene con formulario, hoy no atiendo.
Darío no sonrió. El otro sí, pero tarde, como quien decide que una insolencia puede ser divertida porque todavía no le ha costado nada.
—Rodrigo Mencía —dijo.
No me ofreció la mano. Mejor. Yo tampoco tenía ganas de tocar una genealogía.
—Enhorabuena por volver —añadió.
—Gracias. A mí también me sorprendió que el edificio siguiera en pie.
—El Aurora resiste bastante.
—Sí. Eso es parte del problema.
El silencio que siguió no fue largo, pero tuvo bordes. Bruno, que estaba medio paso detrás de mí, se adelantó lo justo para quedar a mi lado. No hizo nada. No dijo nada. Fue irritantemente eficaz.
Rodrigo Mencía lo miró con interés.
—Bruno Sada, ¿no?
—Sí.
—También he oído hablar de ti.
—Qué curso tan ocupado vas a tener entonces —dijo Bruno.
A Nora se le escapó un ruido que intentó convertir en tos.
Martina bajó la mirada, pero vi que estaba sonriendo.
Amina directamente no se molestó en disimular.
Darío, en cambio, seguía serio. Eso me llamó la atención más que la frase de Rodrigo.
Darío disfrutaba de las provocaciones cuando creía tenerlas bajo control.
Allí parecía alguien escuchando una música que no quería bailar.
—Nos veremos en los Juegos —dijo Rodrigo.
—Qué amenaza tan deportiva —dije.
—Era una invitación.
—En este colegio la diferencia suele estar en el comité que lo redacta.
Rodrigo volvió a sonreír. Esta vez no llegó a los ojos. Luego siguió caminando con los demás, Darío incluido, y nos dejó en mitad del pasillo con esa sensación tan desagradable de haber tocado algo frío sin saber exactamente qué era.
—No me gusta —dijo Bruno.
—Ya lo has dicho.
—Ahora con más motivos.
—Has conocido a un Mencía durante quince segundos.
—Catorce.
—Perdón, no sabía que estabas haciendo cronometraje de antipatía.
—No era antipatía.
Lo miré.
—¿Y qué era?
Bruno tardó un poco en responder. Hugo lo observaba también, y había perdido parte de su color habitual. Eso me gustó menos.
—Estaba evaluando —dijo Bruno—. No hablando.
La respuesta me dejó con un pequeño peso debajo de las costillas.
Porque sabía a qué se refería. Había alumnos que insultaban para subir de sitio en la mesa, alumnos que intimidaban porque les habían enseñado que el mundo era más cómodo cuando otros se apartaban y alumnos que parecían estar siempre calculando qué parte de ti podía usarse después.
Rodrigo Mencía pertenecía a esa última categoría.
Y lo peor era que lo hacía con una educación impecable.
En el aula magna nos entregaron las credenciales nuevas.
Eran tarjetas blancas con el nombre, la casa, un código interno y una franja de color para los Juegos.
La mía decía ALMA VERA GARCÍA — MIST. Debajo, en letras pequeñas: Acceso condicionado según ruta asignada.
Me quedé mirando esa frase más tiempo del razonable.
—No la mires así —dijo Nora—. Si la tarjeta pudiera, ya habría levantado un parte.
—Acceso condicionado —murmuré—. Qué forma tan elegante de decir “sabremos dónde estás hasta cuando no estés donde queremos”.
—Bienvenida al futuro —dijo Amina—. Tiene membrete.
Guardé la tarjeta en el bolsillo interior del abrigo, pero algo raspó contra mis dedos.
Al principio pensé que era una costura suelta.
Luego noté papel. Saqué un trozo pequeño, doblado dos veces, metido allí con una precisión que me dejó la nuca fría.
No estaba en mi abrigo cuando salí de la habitación de casa esa mañana.
De eso estaba segura. Lo abrí despacio, intentando no llamar la atención, lo cual fue absurdo porque mi grupo entero ya me estaba mirando con la intensidad de cinco personas que habían sobrevivido a demasiadas notas misteriosas para fingir normalidad.
Dentro solo había una frase, escrita a mano con tinta negra.
Los juegos siempre terminan con alguien fuera de la casa.
No dije nada al principio. La voz se me quedó en algún sitio incómodo entre la garganta y el orgullo.
Martina fue la primera en acercarse. Nora dejó de masticar.
Celia miró alrededor, buscando ya no sé si testigos, sospechosos o una norma útil.
Amina apretó la mandíbula. Bruno me quitó el papel con cuidado, sin arrancármelo, pero sin preguntar demasiado tampoco. Lo leyó una vez.
Luego miró la sala.
No como miraba los carteles.
No como miraba las rutas.
Como se mira un lugar donde alguien acaba de demostrar que puede tocarte antes de que sepas que está cerca.
—Alma —dijo Martina, muy bajo—. ¿Estás bien?
Iba a decir que sí. Claro que iba a decir que sí.
Era lo que se decía en esos casos, sobre todo si una tenía miedo y demasiada gente alrededor y una reputación bastante trabajada de no derrumbarse delante de mobiliario institucional.
Pero en el bolsillo todavía sentía el hueco donde había estado el papel. Un hueco pequeño, ridículo, casi nada.
Suficiente.
—No —dije.
Y esa fue la primera cosa sensata que dije aquel curso.