Capítulo 1 #2
Amina soltó una carcajada. Nora intentó chocar su galleta contra mi hombro a modo de brindis y Celia empezó a decir algo sobre prudencia, aunque se detuvo a medio camino porque las cinco vimos lo mismo al mismo tiempo: Bruno apoyado junto a la columna de la derecha, con Hugo a su lado, los dos mirando el cartel de los Juegos.
Bueno, Hugo miraba el cartel. Bruno miraba alrededor.
Eso era muy suyo. Mientras los demás veíamos anuncios, normas, horarios o posibles humillaciones públicas, Bruno veía puertas, ángulos muertos, manos demasiado quietas, alumnos que fingían no escuchar y prefectas que pasaban dos veces por el mismo punto.
Había gente que llamaba a eso desconfianza.
Yo, últimamente, empezaba a llamarlo una habilidad bastante irritante para seguir con vida.
Hugo levantó la mano al vernos y vino hacia el grupo con una sonrisa que parecía pedir disculpas por existir antes de haber hecho nada. Bruno lo siguió más despacio.
—Han recuperado los Juegos —dijo Hugo—. Mi casa está insoportable.
—¿Más que de costumbre? —preguntó Amina.
—Hay niveles. Cumbre acaba de descubrir que puede ganar algo delante de familias, así que ahora mismo están todos en modo linaje deportivo.
—Qué bonito —dije—. Chicos con futuro corriendo por pasillos antiguos para demostrar que también pueden ocupar el aire en movimiento.
Hugo sonrió, pero Bruno no. Él seguía mirando el cartel, o más bien lo que el cartel permitía: horarios nocturnos, desplazamientos, acceso a salas, grupos mezclados, adultos ocupados, alumnos sueltos por zonas que normalmente estarían cerradas.
—No me gusta —dijo.
—A ti no te gusta nada antes del desayuno —dije.
—Ya he desayunado.
—Entonces es personalidad.
Bruno me miró por fin. Tenía esa cara de estar decidiendo si contestarme o si guardarse la energía para una emergencia real, cosa que me resultó ofensiva porque yo podía ser perfectamente una emergencia real si me esforzaba.
—Hay demasiados movimientos —dijo—. Demasiadas rutas nuevas. Demasiadas excusas para que alguien esté donde no debería.
—Bruno, acabamos de llegar.
—Precisamente.
Nora levantó un dedo.
—Odio interrumpir una tensión que claramente tiene subtexto y problemas de comunicación, pero por una vez estoy con él.
—Gracias —dijo Bruno.
—No era un cumplido. Era un síntoma.
Hugo miró el cartel otra vez.
—Hay una prueba en la sala de faroles.
—¿La sala de qué? —pregunté.
—Faroles antiguos. Se usaban en los Juegos de antes. Los equipos tenían que recorrer partes del colegio con faroles de casa. Creo que dejaron de hacerlo hace años.
—¿Por qué? —preguntó Martina.
Hugo abrió la boca, la cerró y luego hizo una mueca.
—Nadie lo dice claro.
Ahí estaba. Esa frase. La frase favorita del Aurora después de “por tu propio bien” y “no difundamos rumores”.
Nadie lo dice claro. En otros colegios, quizá, habría significado que la tradición era antigua, aburrida o difícil de organizar.
En el Aurora significaba que algo había pasado y que alguien había decidido enterrarlo bajo una palabra elegante.
Incidente. Imprudencia. Malentendido. Crisis.
Reasignación. Habíamos aprendido demasiado vocabulario para seguir siendo inocentes.
—¿Cuántos años? —preguntó Celia.
—No lo sé. Antes de que entráramos nosotros. Uno de mis hermanos, Maël, dijo una vez que los suspendieron por un accidente, pero en Cumbre se llama accidente a cualquier cosa que no pueda presumirse en una comida.
—¿Un accidente con heridos? —pregunté.
Hugo se encogió de hombros.
—O con vergüenza. A veces aquí les duele más lo segundo.
Durante un momento nadie dijo nada. El vestíbulo seguía lleno de voces, ruedas de maletas, saludos, risas, órdenes suaves y despedidas familiares, pero alrededor de nuestro grupo pareció formarse una burbuja más fría.
Miré el cartel otra vez. Los faroles dibujados en el borde eran bonitos, de metal oscuro y cristal amarillo, como si prometieran una noche antigua, casi de cuento.
Una parte de mí, una parte estúpida pero viva, pensó que podía ser precioso ver el Aurora iluminado así, con luces pequeñas moviéndose entre galerías y jardines.
Otra parte, bastante más razonable y con mejor historial de supervivencia, pensó que cualquier tradición que necesitara oscuridad, rutas secretas y supervisión adulta merecía como mínimo una denuncia preventiva.
—No vamos a empezar el curso sospechando de una actividad antes de que pase nada —dijo Celia, aunque lo dijo con menos fuerza de la que habría usado dos años atrás.
Amina la miró.
—¿Quieres repetir eso mirando el cartel?
Celia lo miró.
—No.
—Progreso —dijo Nora.
El timbre sonó entonces, no el de clases, sino el aviso suave que usaban para ordenar entradas, desplazamientos y pequeñas obediencias colectivas.
En las pantallas del vestíbulo apareció un mensaje: ALUMNADO DE SEGUNDO CICLO: RECOGIDA DE CREDENCIALES EN AULA MAGNA.
Debajo, una línea añadida informaba de que todas las credenciales incluirían acceso temporal a los espacios asignados para los Juegos de las Casas.
Acceso temporal. Espacios asignados. El idioma del Aurora seguía pareciéndose muchísimo a una cerradura.
Nos movimos con el resto hacia el aula magna.
En el camino pasamos junto a los Mencía, o al menos junto a una parte de esa constelación de alumnos con el mismo aire de haber sido educados por muebles caros.
Darío estaba con ellos. No reía, no del todo, pero ocupaba su sitio como si el sitio lo hubiera estado esperando.
Al verme, inclinó apenas la cabeza. No fue saludo.
Tampoco amenaza. Fue algo más incómodo: reconocimiento.
—Vera —dijo.
—Darío.
—Otro curso.
—Qué observador.
Uno de los chicos a su lado sonrió sin ganas.
Alto, rubio oscuro, mandíbula firme, uniforme impecable incluso antes de que el día tuviera tiempo de arrugarlo.
No lo conocía, pero supe varias cosas de él en menos de dos segundos: que estaba acostumbrado a que lo miraran, que no pedía permiso para ocupar espacio y que si alguna vez había perdido algo importante probablemente alguien de su familia había llamado pérdida a otra cosa.